Cuando ya nadie se acuerde

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ETA-muro

Los autodenominados “artesanos de la paz” acaban de escenificar en el País Vasco francés la entrega de los arsenales que permanecían en posesión de la banda terrorista ETA. En realidad, lo que han entregado a miembros de las Fuerzas de Seguridad del país vecino ―otrora país seguro, país (ene)amigo, país refugio― han sido los geolocalizadores de los zulos. Determinar cuántas y qué armas será labor de la Policía y, sobre todo, de la Guardia Civil. Si les dejan y, llegado el caso, si (nos) lo creemos.

He ahí parte del problema. Que esto se ha convertido no ya en cuestión de fe sino de ideología.

Hasta ahí la noticia (casi un breve, en la sombra de lo que fue el Telediario de referencia). Y hasta ahí el simbolismo, tendente a cero. Como era de esperar al ir encabezado por un sintagma tan hortera como “artesanos de la paz”, a la altura de aquellos “soldados del amor” con los que Marta Sánchez amenizó la Nochebuena de 1990 a las tropas españolas estacionadas en la fragata Numancia en la primera Guerra del Golfo.

Un colega de departamento me ha preguntado por la indiferencia con la que se sigue al sur de la frontera lo que también se ha llamado “el final del proceso” (el vasco, sobre la versión catalana del mismo, no me ha preguntado, it is very difficult, me ha dicho).

Le he respondido que es doloroso y que tenemos todavía la memoria a flor de piel. Y ahí reside la otra parte del problema. He mentido. O no le he dicho toda la verdad. Creo, en primer lugar, que esa indiferencia es lógica. Objetiva: no ha existido tal proceso, más allá de varios intentos fracasados en el pasado llevados a cabo por todos y cada uno de los gobiernos de la democracia. ETA entrega ahora las armas unilateralmente porque ya no le sirven, porque le son un problema. Igual que el 20 de noviembre de 2011 tres tipos encapuchados y con txapela nos dijeron a todos los ciudadanos que podíamos salir tranquilos a las calles. No le sirven porque ha perdido. Ha sido derrotada. Por todos, escojan ustedes: la Policía, la Guardia Civil, las víctimas (propias y ajenas) y hasta por esa cursilada que tanto repiten los políticos, la democracia. En fin, por la sociedad en general y la vasca en particular. El mismo pueblo cuya nuca colocó frente al cañón de una Browning o sobre veinte kilos de amonal con el pretexto de salvarlo. De liberarlo.

Si algo nos enseña la historia es que en nombre de la civilización y el amor al prójimo se cometen las peores atrocidades. (…)

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