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Llegué de rebote tras concluir un periodo de prácticas veraniegas en La Voz de Galicia. Corría octubre de 2009 y la excusa fue una Feuga, unas becas que como todas lo mismo valían para un roto que para un descosido. Lo importante era un trabajador con todas las de la ley a menos de la mitad del precio de uno real. En teoría, becario; en la práctica, uno más. Sobre todo para comerse los marrones. Así me presenté un día en la redacción de La Opinión de A Coruña. Me llevaron al despacho de Orsini, por aquel entonces director, y la verdad es que no recuerdo muy bien en qué consistió nuestra conversación. Supongo que lo típico en esos trances. Que si qué me gustaba hacer, que si tenía ganas, etc. A lo que yo, pipiolo con ganas (de aquella) contestaba afirmativamente. Me cayó bien Orsini. Lo cierto es que era un tipo afable, con sentido del humor, fino. En cierto modo, Orsini me recuerda a Buenafuente. Me llamó la atención la austeridad de su despacho. Amplio, con un escritorio y una mesa para reuniones. Con las paredes vacías exceptuando una caricatura de sí mismo enmarcada y firmada por Santy.

Tras nuestra charla me dejó en lo que durante un año sería mi puesto de trabajo como redactor de una sección que comprendía Galicia-Nacional-Internacional. Lo típico en un pequeño diario local con todo lo que ello implica. El equipo lo dirigía FV, hoy en Público previo paso por El País. FV tiene dos cualidades. Es un periodista con todas sus lecturas. Las virtudes y los vicios de la profesión. Como jefe, FV tenía una cualidad principal: no te daba el coñazo sobremanera. Lo cual es bueno y malo al mismo tiempo, depende lo que uno prefiera. De aquel año en la calle Real de A Coruña no guardo lo que se dice buenos recuerdos. Pasó, tenía que pasar y me alegré de que pasara. Fragüé amistad con Camilo al que hoy le he perdido la pista, aunque creo que trabaja para el BNG en Lugo. Dicen que Rosa sigue allí. Bárbara lo dejó y supongo que ahora vive mucho mejor como profesora de danza o ballet, no recuerdo muy bien cuál era su especialidad. Y luego estaba Mártires de Paola. Hoy en El País. La suerte es fundamental en este oficio, pero más lo son los contactos.

Aquel fue un año extraño que dejó en mi una desconfianza hacia la propia ciudad. Una incomodidad que me pica nada más cruzar el puente de Pasajes y que no supero hasta volver a dejar la Torre de Hércules a mis espaldas. Pueden ser prejuicios. Pueden ser. Mártires de Paola fue la única persona que mandé literalmente a tomar por el culo, a voz en grito, en mitad de una redacción. Vete a tomar por culo. No me vuelvas a dirigir la palabra en tu puta vida. Fueron literalmente mis palabras. Mártires de Paola ejercía de jefa sin galones cuando FV no estaba. Ella ejercía, nosotros la sufríamos. De ahí el nombre con el que bauticé a mi equipo de futbolín en los largos torneos echados de madrugada en un piso del Orzán, en un futbolín de plástico que nos regalaron en el Telepizza. Ese verano aquel chisme dio mucho juego y probablemente nos salvó de más de una mala resaca a media semana.

La Opinión era un periódico extraño, del tipo de los que no sabes, no puedes explicar cómo es capaz de salir todos los días a la calle dadas las faltas que hay en su funcionamiento. El otro día me desayuné con la noticia de que había nuevo jefe en la oficina. Carmen Merelas es la nueva directora en substitución de Orsini que pasa a mejor vida en Canarias. Un retiro dorado, dirán algunos. No conozco (casi nada) a Carmen Merelas. Supongo que es una excelente profesional si la han nombrado directora de un medio, aún a juicio de pecar de inocente. Todos conocemos casos de personas que ejercen la dirección de un medio sin explicación racional alguna. Pero la racionalidad nunca fue una característica de este oficio. Vi a Carmen Merelas, redactora jefa por aquel entonces, en dos o tres ocasiones. Dos de ellas pasaba por allí, como quien dice. La tercera me echó la bronca a más mala hostia y más hiriente que me han echado en mi puta vida como gacetillero de tres al cuarto. Lo único que le faltó fue decirme que si no fuera porque tenía una Feuga ella misma me pondría en la puta calle, porque no tenía puta idea de periodismo. Y todo de carrerilla. La razón es que no le gustó el reportaje sobre clases de religión, o religión en las aulas, algo así, que me habían encargado para que fuera el tema central del cuadernillo del domingo. La bronca fue un jueves por la tarde.

Ahora va así porque no me puedo sacar otro reportaje de la nada, dijo, o mejor gritó, pero esto una mierda, una vergüenza.

No seré yo quien desmienta la opinión de una redactora jefa. Hoy casi ni me acuerdo del reportaje en cuestión. Probablemente era una mierda, qué coño. En mi descarga sólo puedo decir dos cosas. Era un becario. Se supone que estaba para aprender. Pero todos sabemos que en eso consiste la gran falacia de las becas periodísticas. Y segundo, y dejando a un lado el hecho de que le encargues a un becario un reportaje central para el domingo, si era una mierda no haberlo publicado. Más que nada para no joder la imagen de tu propio periódico, a no ser que pensaras que qué más da, total, la gente es idiota y tanto le da ocho que ochenta.

Después de aquella bronca nunca más hablé con Carmen Merelas. Ella sí. Meses después me soltó un mira que eres tonto como contestación a un comentario mío que pilló al vuelo en una conversación con Camilo. Pasaba por allí y no se pudo reprimir. Supongo que tuve mala suerte con Carmen y la pillé justo en sus dos peores días. No soy rencoroso. Su santo, también en La Opinión, las metía bien gordas y causaba los mismos cabreos día sí y otro también.

Ambrosius, que junto con Hans Granda (a quien todavía le entran sudores fríos al pensar en Mártires de Paola) pasó conmigo aquel verano en que vivimos peligrosamente, lo sabe ya que fue testigo de las broncas, de las cuales daba cumplido detalle en las interminables noches del Jazz Filloa donde, siguiendo la ley suprema de Granda, nunca había término medio: o una o diecisiete cervezas.

Escribí dos o tres reportajes dominicales después de aquello, antes de abandonar la calle Real de A Coruña. No recuerdo qué día fue pero sí que fue uno de los más esperados en mi efímera carrera como juntapalabras. A medida que se acercaba el día de autos, nadie, ningún jefe, hizo comentario alguno sobre una hipotética continuidad. Yo, íntimamente, esperaba que nadie lo hiciera. El día de autos, Orsini me llamó a su despacho.

Hoy acabas, dijo, sí, contesté.

Lo siento pero las cosas, ya sabes… la empresa… contratar a alguien…

Parece mentira pero de aquella, cuando se suponía que no había crisis, las excusas eran las mismas que ahora.

Y yo: no pasa nada… ya me imagino… otra vez será, mientras pensaba en si despedirme dándole un abrazo o un beso en los morros por no haberme puesto en la tesitura de tener que pensar quedarme en aquel periódico.

No lo hizo y es algo que siempre le agradeceré. Poco después, sonó el teléfono de mi escritorio. Al otro lado, la chica de recursos humanos me decía que mi beca se acababa aquel día.

Sí, ya lo sé, contesté.

Bueno es que hay una posibilidad de renovación… si te interesa…

Por cortesía, pregunté: ¿cuál?

Bueno podemos hacerte una beca por la Universidad de La Coruña (sic) bla, bla, bla.

Después de una beca de un año otra, a cuatrocientos cincuenta euros mes. Con dos cojones.

Mira, contesté sin ocultar cierto tono burlón, lo siento pero no, la verdad es que no sé ni donde queda la Universidad de La Coruña. Fin.

Sentí alivio. Salí quemado después de aquel año y ya digo que puede que en parte fuera culpa mía. Ya he dicho que no guardo rencor a Merelas por aquella bronca. A decir verdad fue una especie de revulsivo. Tras dejar La Opinión vagué unos meses de negro para La Voz y finalmente me fui a EEUU. De hecho la bronca de Merelas fue el detonante que me hizo iniciar los trámites para poner tierra de por medio.

Volví a escribir para La Opinión desde EEUU. Crónicas semanales. FV me las encargo un día a iniciativa personal. Se lo agradeceré siempre. Orsini las leía con interés, él mismo me lo dijo e una ocasión.

Lo mejor era el salario. Veinticinco flamantes euros cada cuatro crónicas de entre 600 y 800 caracteres. No me digáis que el periodismo no es maravilloso.

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