Los entendidos le llaman Ciclogénesis explosiva. Como mínimo acojona, pero más que nada por el eco que en el subconsciente producen las palabrejas rimbombantes, véase Armagedón. Un pifostio que te cagas, vamos, con razón al final la palmaba Bruce Willis. Wolfgang Petersen llamó hace unos años a George Clooney y liaron la Tormenta Perfecta, que siempre queda bien en un titular, de esos que tanto gustan en el Preguntoiro para acojonar al personal aunque sea repetido. Lo cierto es que en aquel pifostio, Clooney no me hizo ni puta gracia, lo cual como mínimo ya es una novedad para el único hombre que, mi padre a parte, le ha provocado un suspiro almodovariano a mi madre. Esto es, literalmente, “pues sí que es guapo… sí…”, de espaldas al fregadero, con las manos enguantadas de amarillo y, entre ellas, un plato enjabonado. Fui yo quien tuvo que pasar la fregona para que la buena mujer no acabara resbalando.

Nos han avisado de que el sin dios llega esta noche. Que mañana nadie salga de casa, que no se hagan desplazamientos en coche si no son estríctamente necesarios y ni se lesocurra sacar al perro a mear al parque. Te jodes y pillas la fregona como yo. Más vale curarse en salud que después siempre está la oposición para, en caso de ausencia de perfección, montarle una tormenta al gobierno de turno. Poca precaución es poca con tal de esmerar las medidas de seguridad sobre una sociedad sobreportegida. Por esta vez, como mínimo, en la Xunta han respirado. Es sábado y no tendrán que hacer de nuevo dejación de funciones a la hora de decidir si suspender o no las clases, que para eso están los directores. El calendario ha decidido por ellos. A otra cosa mariposa. Qué es lo siguiente que debemos delegar… el modelo educativo. Vamos allá.

Desconfío de las tormentas perfectas. Vale que tienen un nombre chulo, Ciclogénesis explosiva, pero es difícil de memorizar. No es plan de acodarte en la barra del bar caña en ristre y soltarle a tu compañero de fatigas mirando para la ventana, joder con la ciclogénesis explosiva. No es plan. En el tiempo que lleva pronunciarla allá va la fuerza de la caña a tomar por el culo. Por eso lo de tormenta perfecta. Un nombre redondo, sí, pero para una película, o una novela, lo que le hace perder fuerza en la vida real. Si de verdad quieren acojonar al personal hay que bautizar a las cosas como dios manda. Un Klaus, una Katrina, una Erika o un simple El Niño, que sólo de escucharlo con voz engolada acojona. Que viene El Niño decían todos los años cuando era crío. Hace tiempo que dejó de venir. O simplemente el niño se hizo mayor, vete tú a saber. Ya nadie se acuerda pero la escena de bar era, joder con el puto Niño la que está liando. El Niño no es el único que ha dejado de venir. Que le pregunten a los de Valencia que hace tiempo ya que no tienen gota fría después del verano. Sigue habiendo inundaciones, como todos los años, y granizadas con granizo como pelotas de golf que destrozan las cosechas (todos los años, que no sé ni como seguimos teniendo naranjas, melocotones, aceitunas y demás, un puto milagro), pero ya no son causa de la Gota fría. Van los de España Directo y sacan a la maruja de turno con la declaración estelar de “jesús, jesús, en cincuenta años que llevo aquí nunca ha llovido como ahora”, a lo que el reportero estrella contesta con eso de “claro es el cambio climático del que hablan los científicos”. Porque el cambio climático lo ha jodido todo. No como la gripe A que pasó y ya nadie se acuerda de ella. Sólo las farmaceuticas que mira tú por dónde ha sido la única gran industra que ha sorteado la crisis. Coincidencias.

El caso sigue siendo acojonar al personal. Sólo hice tres cursos de la EGB en Galicia. Fue en Pontevedra y para uno que venía de Andalucía los inviernos de estas latitudes eran un puto infierno en el que nunca paraba de llover. Y lo pero era aguantar a tu madre que no estaba acostumbrada a criar un hijo con lluvía durante tres meses. Tres meses siendo el único que no iba a entrenar por que llovía. Y al día siguiente, los colegas descojonándose de tí. Recuerdo una vez que vinieron a sacarnos del Atlántico los de la Cruz Roja porque el agua llegaba hasta las rodillas de los profesores. Pero a nadie se le ocurría entonces suspender las clases. Con lo de las tormentas perfetas pasa un poco como con lo de los columpios. Hoy día tienen que estar homologados y con techo acolchado para que no se maten los críos. Porque como sabemos los de mi generación, perdimos muchos amigos por haberse dejado las rodillas en los suelos de cemento armado. Aquello sí fue un infierno, y pocos los que sobrevivimos para contarlo. Y ni que decir tiene si hablamos de las sillitas para bebé. El puto carro de alambres y tela azul marino que sólo de verlos daba miedo. No eran ergonomicos, ni homologados, ni pollas y aquí estamos. Y lo más difícil todavía, después de viajar más de tres horas en coche sentados en el colo de nuestras madres en el asiento de delante sin parar, sin aire acondicionado y, lo que es peor, sin dvd.

Lo mejor de que ahora se hable de cortar las clases a la mínima es la reacción. No de los críos, sino de las madres. Y ahora dónde coño dejo al crío toda la mañana?, se preguntan desconsoladas. Las mismas que ponen el grito en el cielo porque la cantidad de libros que sus niños llevan a clase en mochilas con ruedas amenaza con dejarlos jorobados de por vida.

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