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Yo una vez vi al Papa. A este no, al otro. No es coña. Y no fue por televisión, que por la tele lo tengo visto más de una vez, a este y al otro. La que recuerdo con mayor cariño fue cuando yo estaba en Ámsterdam y él (éste) en Madrid, creo. Ahora que lo pienso puede que ni estuviera Madrid ni fuera por televisión. Uno no va a Ámsterdam precisamente a ver al Papa por televisión aunque sí, allí estaba yo, con Peter y ya se pueden imaginar quién más al otro lado del sofá. Y en la tele, el Papa. También vi hordas de jóvenes en blanco impoluto saludando al Santo Padre bajo un sol que más que de justicia parecía de castigo divino. Los jóvenes de blanco impoluto portaban pancartas que a mí me parecían más propias de una concentración a favor del amor libre en toda su plenitud que de la concordia beata cristiana. Pueden decir que era un efecto de la marihuana, versión Santa María. En serio. Pero allí estaba él y yo en un cochambroso sofá en el barrio turco de Ámsterdam con Pete discutiendo sobre las posibilidades de pillar en una concentración de niñas monas y buena familia. Un campo de minas lleno de morbo.

El caso es que la vez que vi al Papa, a este no, al otro, fue el 14 de junio de 1993 cuando se le dio por visitar Huelva y los lugares desde donde partió Colón para descubrir América. Es probable que incluso no lo viera más que de refilón o que sólo viera la silueta del Papamóvil porque la verdad es que ese día llevávamos un poco de prisa y no había mucho tiempo para paradas y besamanos. Nosotros vivíamos en Mazagón, al lado de la playa y a unos veinte kilómetros de la capital de la provincia. En pleno triángulo Palos de la Frontera, Moguer, Huelva, que era el foco de la visita papal. Mi hermano Sergio, que siempre tuvo el don de la oportunidad para enfermar en el momento más inoportuno y que cuando era crío era casi siempre, no tuvo mejor ocurrencia que darle su particular bienvenida al Páter con cuarenta de fiebre. Y no veas cómo se puso. Mi madre, no mi hermano, que estaba tirado en la cama con temblores. Ella que se pone hecha un basilisco aún hoy cuando nos oye estornudar, imagínense cunado el entonces niño de la casa se levanta con cuarenta de fiebre, sudores fríos y las sábanas empapadas.

«Vístete que nos vamos al hospital con el niño», me dijo. A medida que me ponía los pantalones escuchaba a mi madre hablar con la vecina y que esta le decía «Mari que va a estar todo cortado, no ves que está el Papa».

―Ni Papa, ni la Virgen María en persona, le contestó mi madre a la vecina, fiel devota de la virgen del Rocío como toda onubense de ley. Y yo comprendí que se mascaba la tragedia. Pues buena es mi madre cuando se pone tal que así.

En aquel tiempo no había móviles. Cuando escribo en aquel tiempo no había móviles parece que hablo así como del Paleolítico pero es cierto. Hubo un tiempo no muy lejano en el que no teníamos móviles. De hecho, creo que en la casa de alquiler donde vivíamos no había ni línea fija. Solíamos hablar desde la oficina de la empresa. Eso vino después cuando los abuelos empezaron a enfermar con cierta asiduidad.

Y así como quien no quiere la cosa allí estaba yo en el asiento de atrás del 405 de mi padre camino del hospital, con mi madre conduciendo a toda hostia adelantando las carrozas de fieles que se dirigían a ver al representante del Jefe en la Tierra. Y mi madre preguntándome «¿cómo está el niño?», y yo «bien, bien»; a lo que ella contestaba, no sé muy bien si a mi hermano o a mí «ya llegamos, ya llegamos, cariño».

Y en esto, el Alto, la Guardia Civil.

Mi madre frena frena en seco. Baja la ventanilla y el picoleto tras el saludo rutinario suelta, inconsciente, porque no conoce a mi madre con uno de sus críos enfermo:

―Señora, no puede continuar que está a punto de pasar la comitiva papal.

Para acabar de rematar la jugada el agente dice, como cargándose de razón: «¿Es que no ha visto las noticias?»

De lo que pasó después recuerdo dos cosas. Al guardia recogiendo el tricornio del suelo (de aquella todavía llevaban tricornio como Dios manda), no porque mi madre se hubiera puesto violenta, sino porque sus gritos tomaron la forma de una de esas fuerzas centrífugas que hoy utilizan los ingenieros en los túneles del viento para perfilar los F-1.

―Por mí como si viene en procesión el Santoral entero, el presidente del Gobierno y María Santísima montada en burra. Por mis narices que paso; ¿o no ve usted como está el niño con cuarenta de fiebre? ¿O es que nos hemos vuelto todos locos?

Y bla, bla, bla durante unos cinco minutos.

La escena pasó ante mis ojos con una rapidez extrema que solo pude desentrañar horas después ya de vuelta en casa mientras mi madre, con el crío en brazos, miraba en la tele las noticias de la visita del Papa a Huelva y, por lo bajo, repetía en soniquete «el Papa, el Papa…»

Fue después del bla, bla, bla cuando vi al Papa. O quizá sólo vi una esquina del Papamóvil. Frente a nuestro coche se colocaron dos motos de la Guardia Civil con las sirenas puestas para abrirnos paso. Desde el asiento de atrás donde iba sentado, con mi hermano de lado en estado catatónico, pude ver a toda la peña concentrada en los laterales de la carretera agitando banderitas españolas, otras amarillas y pancartas de amor y gloria un tanto estúpidas. A los pocos minutos, en uno de los desvíos que desembocaban en la carretera por la que íbamos vi más motos detenidas, un par de coches negros y, detrás, la nevera blanca en la que meten al Papa cuando lo sacan de paseo por el Reino de Dios en la Tierra.

Aquel día aprendí dos cosas. La primera es a intentar de no coincidir con el Papa en la misma ciudad. La segunda, que el Papa le va a tocar los cojones a mi madre…

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