No tengo nada en contra del sistema funcionarial. Considero de mala educación criticar a alguien que ha conseguido el pan para sus hijos o la coca para su tabique después de años de meterse en vena cientos de páginas con normativas legales varias de riguroso complimiento sobre el papel y dudosa utilidad en la vida real. Los admiro. Reconozco que yo, incostante y desordenado como soy en mis lecturas, sería incapaz de pasarme meses memorizando el contenido de unas hojas recogidas en espiral. Toda una metáfora de la vida del opositor.

Sí lo tengo contra algunos funcionarios -más de los necesarios- que, una vez consiguen su plaza en la sacrosanta Administración, cuyo funcionamiento sigue siendo uno de los misterios mejor guardados a costa de despilfarrar parte de los impuestos de todos (que conste que no estoy en contra de pagar impuestos, pagamos pocos y así nos va), olvidan para qué se han pasado años estudiando.

Sobre todo, tengo prejuicios contra aquellos ventanilleros que sin haber leído a Larra hacen del vuelva usted mañana una guía vital. Que hasta parecen decir, tras el mostrador y con mirada desafiante, haber hecho una oposición, no te jode. También me revientan, por ejemplo, los profesores que se quejan. Una falta de respeto quejarse cuando se tienen alrededor de tres meses de vacaciones al año más fines de semana, puentes y fiestas de guardar. Creo que, en su caso, el lamento debería de ser motivo de inmediata expulsión en busca de los restos de Napoleón a Santa Helena. Me refiero a quejas del tipo tú no sabes lo que es lidiar con 25 pequeños hijos de puta todos los días, un estrés, que no pueo más, vamos, es que ahora a los críos no hay quien los aguante, son animales. No son animales. sí, son inaguantables. Pero por eso son críos. Así fuimos y así serán y al que no le guste, haber estudiado una oposición para ventanillero, no para educador. En cuanto al estrés por aguantar a 25 pequeños hijos de puta, qué quieren que le diga. Siendo periodista he tenido que aguantar a más número de hijos de puta, día a día, alguno de ellos, incluso, todas las mañanas, y no me he quejado al sindicato ni le he echado el estrés encima de la caña a los colegas en el bar. En todos lados hay hijos de puta y hay estrés. Claro que los hijos de puta y el estrés son siempre mejores de llevar con 1.700 netos (mínimos) al mes, más tres meses de vacaciones más fines de semana, puentes y fiestas de guardar.

Hay un tercer tipo de funcionario al que, en el fondo, le tengo compasión. Es aquel a quien te dirijes con una pregunta y se te queda mirando con cara de padecer una tara mental grave para acabar contestando, pues la verdad es que no lo sé. Coño tu trabajo es saberlo y si no, decirme donde puedo encontrar la respuesta. Pero eso es demasiado pedir. Más si la hora del café está cerca. En ese caso a la cara de padecer una tara mental grave le acompaña un evidente nerviosismo a la par que enfado mientras se pregunta, por qué a mi, al ver como sus compañeros abandonan sus puestos camino ya de la sala del café.

Finalmente está el funcionario contradictorio. El que dice una cosa que será rebatida inmediatamente por su compañero en la siguiente ventanilla con lo que uno acaba por pensar si se ha colado en el castillo de Kafka o sigue en la misma ciudad en la que se levantó esa mañana. Me pasó en el INEM, lugar donde últimamente y sin que yo lo pretenda ocurren innumerables aventuras.

Hace una semana fui a preguntar por las opciones que tengo para fichar el paro.
Me aventuré a decirle que iba a salir de viaje el 27 de marzo y no pensaba vuelver hasta el día 1, con lo que no podía fichar en l día señalado.
La alegre ventanillera respondió con un largo uffffff, para después preguntar. Estas cobrando?
Si.
Nuevo ufff. Pues tienes que avisar eh?
Como?
Sí, Sí, claro es que estás obrando y te pueden llamar y tienes que venir desde donde estés.
Coño, dije, sabía que estaba en el paro pero no en libertad condicional.
La algre ventanillera esbozó una sonrisa. Es que estás cobrando.
Si, dije, mi dinero.

En ese momento, un compañero de ventanilla tuvo su momento de esplendor diario y terció en la conversación sin que nadie le diera vela en el entierro.
Tú, se dirigió a mi en marcado tono de suficiencia con el que recalcaba cada palabra que salía por su boca. Cuando estás en una empresa te marchas dos meses sin decir nada?
Ahí comencé a alucinar. Reconozco que me pongo borde en lo que Alonso adelanta a Massa en la primera curva y, sin pensar, me salió eso de perdona pero no estaba hablando contigo. Además, creo que el paro no es una empresa.
Sí, si lo es, ahora es tu empresa, dijo el tipo. Es la que te paga.
No, no es una empresa y además el dinero que cobro es mío, creo reordar, dije. Además… lo que quieras, no estaba hablando contigo, insistí, mientras pensaba vete a tomar por el culo gilipollas y volvía a mi ventanillera original.
Esta, que se mantuvo en silencio mientras duró nuestro lance, comenzó a hablar de nuevo. Haber, en teoría hay tres. La primera es que vengas aquí en el día señalado.
Y si no puedo?
Tienes que venir, dijo ella, sin derecho a réplica. La segunda es que te hagamos la huella digital y puedes ir a tu Concello a pasar revista. Pero es un poco lioso y tienes que coger número.
Ya. Pero si tengo que ir al Concello lo mismo me da venir aquí.
Y la tercera es por Internet. Pero claro, a veces no funciona, ya sabes, dijo. No, no lo sé o funciona o no, en esas cosas no hay término medio. A ver dime tu DNI y tu email, añadió la alegre ventanillera. Y que tengas suerte.
Me fui.

Volví al paro esta mañana. Como si nada hubiera pasado. La misma alegre ventanillera.
Perdona, tengo que fichar el lunes que viene pero no va a poder ser porque esteré de viaje y no vuelvo hasta el jueves.
A ver, déjame tu DNI porque igual podemos hacerlo ahora y ya está.
Cómo, pensé, ahora, antes de la fecha señalada? Callé, no fuera a joderla.
La alegre ventanillera tecleó, metió el DNI y dijo: Ya está. El sistema te lo ha aceptado, y puso el matasellos en el papelito que marca las fechas en las que tengo que fichar. Hecho, hasta dentro de tres meses. De todas maneras, añadió, si estás cobrando y vas a viajar tienes que avisar. Oye es una recomendación yo lo haría, por si te llaman, no vaya a ser, tú haz lo que quieras.
Bueno, contesté, para eso estoy aquí, para avisar. Donde aviso, dije sonriendo.
Coge número.
El subnormal de la semana pasada estaba en el mismo sitio. Pero en esta ocasión, supo mantener la boca cerrada. Estaba haciendo unas fotocopias. Hay gente a la que le cuesta hacer más de una cosa a la vez.

Cogí número y esperé. Llegó mi turno y me senté en la mesa indicada.
Hola, dije, es que voy a viajar unos días y me dijeron que tenía que avisar.
La funcionaria de mesa se tocó el cabello. Bueno…y? pregunto, qué más?
No sé, contesté, su compañera suya me dijo que había que avisar, y cito palabras textuales. Yo sabía que estaba en el paro, no en libertad provisional, acabé. No suelo ser ingenioso por lo que cuando me sale una frase decente tiendo a repetirla. Todos tenemos nuestras limitaciones.
La mujer se rió. No, hombre, no. Eso es para cuando te vas una temporada larga al extranjero, no para unos días fuera de la ciudad. Además, no creo que te lleguen muchas ofertas en semana santa.
Y yo, con cara de tonto, no supe qué decir más que bueno, pues entonces me voy y buenos días.

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