Como soy hombre de costumbres procuro repetir supermercados para proceder a mi avituallamiento. Soy fanático del Eroski. Le juré fidelidad eterna antes incluso de covertirse en lo primero que veía a la salida de la casa de mis padres. Supongo que algo tiene que ver con que una vez cometí el error de hablar de política con una persona-periodista cuyo mayor logro en la vida ha sido aprender a leer. Según ella, con una neurona más que las vacas para no hacer lo que estas hacen por la calle, el Eroski no era de fiar. Era una empresa vasca y punto, lo que la convertía no sólo en filo etarra, sino directamente en percutora de gatillos y tiro en la nuca porque me toca. El Etarras, le llamaba. Eran otros tiempos y en Madrid, donde gobernaba con mano de hierro y apuntando ya flequillo al horizonte el último caudillo de occidente acompañado por sus fieles escuderos, Tristón, Crispín Clander y Tío Gilito. La cosa saltaba a la vista, una K, etiquetaje en las lenguas del Estado, no hacía falta ser un juez de la Audiencia Nacional.

Después de Eroski siento predilección por el Día. Una especie de Save a lot a la española, esto es sin monumentales señoras negras empujando carritos repletos de zancos de pollo transgénico a dólar los dos kilos. En el Día son mayoría jubilados y estudiantes. He salvado muchas borracheras que pudieron haber sido mucho peor base de pizza congelada. Del Día, me alucina la estética de los uniformes y la fijación a la hora de seleccionar cajeras en permanente estado de alerta por si a Bigas Luna se le da por castigarnos con una secuela de Yo soy la Juani, esta vez con un cásting poligonero como dios manda.

A la puerta de mis dos supermercados favoritos, a estas alturas, ya como una parte más del mobiliario está el señor con cartel de parado a la caza de la moneda suelta. Son dos diferentes pero hasta hoy parecían el mismo. Hoy he alucinado. Por contradictorio que parezca, considero que en el acto de pedir limosna hay un punto de dignidad. Otra cosa es que unos lo lleven mejor que otros. Es como la chica que todos conocemos en santiago que primero vende unos kleenez y luego pregunta por si te sobran unas monedillas sueltas. En no pocas noches le he soltado algunas. Sobre todo desde que una vez la vi cargando con un crío y empujando un carrito en donde iba otro. Hasta creo que me cae bien. Sin embargo ha perdido toda la dignidad que para mi tuvo hace tiempo. Una noche en el Atlántico se acercó como siempre, enseñó una tarjeta gráfica de ordenador en su envase original -la vendo, está nueva, dijo- y se llevó una moneda. Todo bien, todo como siempre, nada nuevo bajo el sol. En problema fue cuando pronunció las palabras enterrar al perro. Que tenía que enterrar al perro al día siguiente y por eso andaba a la busca de los 70 pavos que costaba, dijo. Bueno. Nadie dijo nada, lo hicieron el cruce de miradas. Nada ha sido igual desde entonces.

A las puertas del día de Concheiros hace meses que hay un tipo. Bajito, con bigote y barba de barios días. Repeinado hacia atrás. A su lado una cartera rosa de las que usan las niñas para llevar los libros al colegio. Con ruedas. El tipo canta mientras la gente le suelta monedas, parte del cambio que le acaba de devolver la cajera que sueña con ser la niña de Bigas Luna. El tipo siempre dice muchas gracias y buenos días, tardes y noches. El tipo lleva un cartel en el que se lee: “Qué puedo hacer por usted?” y algo que no recuerdo, probablemente que está en el paro, que busca trabajo, acepta comida. Pero casi todo el mundo le da monetas. Siempre me he preguntado qué lugares son más rentables. Las puertas de los supermercados en barrios humildes como el de Concheiros, la puerta de la Catedral de la que todo dios sale con sus pecados perdonados a excepción de la curia eclesiástica -me gustaría pensar-, o en una calle del barrio de Salamanca.

El tipo del que hablo, hace meses, escogió el Día de Concheiros en donde exhibía cierta dignidad a la hora de pedir limosna. Una lástima que hoy haya cometido una torpeza que, como mínimo, se la resta. Hay algo que no cuadra en quien pide limosna con el auricular inalámbrico del móvil colgado de la oreja.

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