La situación ha llegado a tal punto que me he descubierto levantándome por la mañana con la necesidad imperiosa de abrir el Facebook para ver si algún otro de mis amigos o conocidos se le ha dado por unirse al grupo de contribuyentes para las pensiones del futuro. Es como una plaga y lo peor es que no tiene nada que ver con zombies, vampiros o magos con cara de empollón pajillero.

Últimamente hay dos cosas que se repiten como un bucle temporal interminable. Las resacas y los amigos embarazados. Pensé que se trataría de algo transitorio. Al fin y al cabo todo dios pasa por fases. Las resacas, ya se sabe, sólo hay una manera de combatirlas, una vez que al final acabas por descubrir que eso de salir sin beber queda muy bien en los telediarios y las campañas gubernamentales, pero como decía Portu, es cierto que se puede salir sin beber pero, claro, no no me divierto tanto. El problema es cuando te das cuenta de que los dos gin tonics de la noche anterior rebotan en tu cabeza cuando sales de la cama al día siguiente. Con lo de los críos pasa un poco lo mismo. El primero es divertido. Una anécdota con la que echar unas risas alrededor de unas cervezas. Las risas incluyen descojonarse del nuevo papá que, si está en la conversación, no puede evitar sonreir con cara de gilipollas mientras piensa lo que se le viene encima con lo que decide pasarse los nueve meses siguientes, como si de una cuenta antes de apretar el botón rojo hacia la extinción total de su vida social se tartara. Sabe que pasarán años antes de que vuelva a salir por las noches a darlo todo como si jugara la final de la Champions. Luego, cuando le toca y consigue deshacerse del crío y se encuentra en un garito con mayoría femenina entre el aforo se comporta como un guepardo en la sabana africana acechando, sin llegar a decidirse jamás, a hipotéticas víctimas. Ahora, su partido se juega en casa y ya nunca será tan emocionante.

Entonces llega el segundo de tud amigos embarazado y no queda otra que tomarlo como una seria advertencia de lo que está por llegar. El descojone general se ve ya postergado a que cuatro o cinco cervezas hagan su trabajo en el torrente sanguineo. Las coñas ya no son tan hirientes y la verdad es que la mayoría de ellos se guardan lo que piensan hasta la mañana siguiente. Es entonces, mientras las cervecas de la noche anterior no dejan de petar en la cabeza cuando, frente al espejo, se dan cuenta de que, al final, va a ser cierto eso de que se están haciendo viejos.

Me pasó ayer. Con la resaca y con los críos. Afortunadamente, de mis amigos, con lo que por el momento y toquemos amdera durante, espero, mucho tiempo, sigo mirando los toros desde la barrera. Ya no me llegan los dedos de una mano para contar sobrinos, como dijo Sevi ayer cuando lo llamé. Me cogió el teléfono desde el Hospital donde su novia acababa de parir a Daniel Garcia No sé qué. El No sé qué es fruto de años encadenando resacas. Los apellidos extranjeros tampoco contribuyen mucho a mantener la memoria. Después de las preguntas de rigor probé con esa de si es cierto lo que dicen, que cuando tienes un crío que no deja de llorar entre los brazos y sabes que es tuyo, ves la ida de otra forma. Lo de Sevi ha sido reciente y por eso no lo ha asimilado. Embravecido por el calor del instante sí acertó a decir: Joder, esto no es tan difícil. Todo se reduce a llorar, comer y cagar. El Sevi siempre fue un tipo bastante nihilista en el buen sentido de la palabra. Hay cosas peores. Malo será. Es posible que después de cuatro meses de lloros, biberones y cagadas vea la vida de otra forma. En cualquier caso ya no hay vuelta atrás. Y él es feliz, lo cual es, al menos, una esperanza.

Me gustan los niños. Siempre que después de un par de horas se vayan a casa con sus padres. Ley de vida, le llaman los veteranos con un par de ellos ya en edad de independizarse. Mi padre, acostumbrado a buscarse la vida desde muy crío, es un pragmático. Criados sus hijos no parece tener muchas ganas de nietos. Mi madre, como todas las madres, juega a verse como abuela. A porta gayola saca la conversación, medio en broma, medio en serio, algún que otro domingo. Más que nada porque sabe que me pongo nervioso. Mi viejo se las arregla para desaparecer sin decir ni mu y yo me las apaño para seguir el rastro de las miguitas de pan que deja detrás de sí, haciéndome más tonto de lo que ya soy en realidad. Y él, como quien no quiere la cosa , me suelta un tú verás lo que haces que suena más a advertencia que a otra cosa. Siempre ha sido un poco tremendista, la verdad.

No querrás ser abuelo en vez de padre, me soltó una vez una tía mía. Tía, tía, quiero decir, de esas a las que ves una vez al año y, tras plantarte un beso en cada una de las mejillas, se cree con autoridad para decirte carallo que gordo estás. Luego, tú te preguntas si en casa de la tía no hay espejos, pero tampoco es cuestión de hacer sangre. Me conformaría con no tener la resaca que aguanto hoy, le dije, antes de enfilar hacia la mesa de los Martinis. E vas por máis, preguntó intencinadamente. Es duro mantenerse así para que cada vez que nos vemos sea igual que la anterior, tía. Suerte que ella ya se había puesto a decirle a mi hermano lo gordo que estaba desde la última vez que lo había visto.

Hay cosas que no cambian, como mi tía, y hay cosas que son indicios de un cambio impostergable. Las resacas insoportablemente repetitivas y la proliferación de críos a tu alrededor. La primera vez que tuve conciencia de estar haciéndome viejo fue cuando la palmó Benedetti. Y eso que el uruguayo distaba mucho de ser uno de mis escritores de cabecera. Pues verás cuando la palme García Márquez, me dijo Pepe, mientras leía el obituario en el periódico el día después de la muerte del autor de Primavera con una esquina rota.

Recuerdo especialmente dos muertes célebres. Tampoco sé muy bien por qué. El cinco de abril de 1994, Kurt Kobain decidió meterse la escopeta en la boca y apretar el gatillo para dejar la habitación de su casa de Seattle echa lo que se dice un asco. El grunge se acaba de ir a la mierda pero, fíjate tú la de pasta que iban a ganar los que se quedaban. Por lo demás me descojoné al ver a algunas de las tías de clase llorar en el recreo al día siguiente. Yo es que soy lo que se dice muy poco mitómano. Un año después, Antonio Flores, el hijo de la Lola, decidió cortar por la tangente y serguir a la madre a la tumba por medio de un último chute de heroína. Para que luego digan que los hombres tienen dependencia de sus madres. Años tratando de refutar a Freud y llegó perdona mi vida para darle la razón al psicoanalista austríaco. Traquila joder, le dijo Antonio mientras se descojonaba de la risa a Uxía que se lo había tomado a la tremenda y sólo repetía, entre sollozos lo guapo y lo bien que cantaba. y lo cabrones que éramos por estar haciendo bromas de un muerto. Por lo menos se ha ido contento, le soltó Antionio. Creo que aquel día batimos el récord de chistes macabros. Después vendrían muchos otros pero como que los he ido olvidando.

Sí que no me olvido de los críos que van naciendo. Una ex mía ya tiene dos. Me enteré el otro día del segundo y me entró un escalofrío y un gran sentimiento de alivio. Que una ex novia tuya se haya pasado ya al bando de las madres es una señal suficientemente seria como para evitar toda resaca innecesaria. Los críos son el último aviso de que algo ya no volverá a ser como antes. El definitivo lo dio Pete al salir la otra noche de casa de Paulo: Lo peor no es que comiencen a aparecer críos en tu círculo de amigos, sino darte cuenta de que te empiezan a hacer gracia. Y, joder, la verdad es que la Frida es de concurso.

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