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Una de las cosas más interesantes de este Mundial es que coincida con una selección española en estado de gracia y el efecto que esto puede tener en la tortuosa relación que mitad del país ha mantenido con ella. Después de un periodo de hambruna que ha tenido mucho de maldición bíblica, los malos tiempos acabaron un 30 de junio de un 30 de junio de 2008. De esa Eurocopa guardaré siempre, más allá de la mítica final, los cuartos ante Italia. Y, sobre todo, los buenos ratos regados con abundante cerveza viendo el fútbol por la tele. Y las risas y los nervios y los abrazos. Fútbol y sólo fútbol.

El problema es que no lo es. Nada es nunca gratis. Cada vez que llega una competición internacional los fantasmas no tardan en salir del armario. Medio en broma pero en serio siempre he mantenido que todo sería mucho más fácil si en vez de ser de Galicia, Euskadi o Cataluña, nos hubiese tocado nacer, digamos, en Murcia (¿qué coño hay en Murcia además de pimientos y campos de golf?). Lo malo de ser una de las llamadas comunidades históricas –una de las etiquetas más vacías que ha dado de sí la sacrosanta Transición española–, es que el problema (esto es, cualquier cosa) se multiplica por infinito. Si todo es política, aquí la política es infinitas veces asquerosa. Más allá de escoger entre derecha e izquierda, uno debe hacerlo entre nacionalismo y no nacionalismo más los grises que le queramos poner, aparte. En lo que atañe a la selección, la Roja –eufemismo que ha triunfado contra todo pronóstico y que resulta menos incómodo que la siempre incómoda palabra España–, ahora, es una gran bendita jodienda.

Todo era mucho más sencillo hace años. Primero, cuando había motivos importantes para ello. Rafael Alberti, futbolero como toda persona de bien, siempre quería que perdiera España. “Por facha”, decía. El suyo era un argumento de peso, teniendo en cuenta lo que cargaban sobre las espaldas el poeta y los de su generación. Cuenta Benjamín Prado que un día, viendo un partido con Ángel González, otro poeta (no sé si tiene algo que ver), este asturiano, le dijo: “Oye, eres un tío muy raro, te encanta el fútbol, ves un partido detrás de otro en televisión y, sin embargo, no eres de ningún equipo”. El poeta, sin pensarlo y lleno de razón, le contestó: “Te equivocas, claro que tengo un equipo, yo soy del que juegue contra España”. La misma losa del pasado pesaba sobre alguien que, sin embargo, carecía de problemática identitaria. Y eso a pesar de que todos en Asturias entonan un patria querida como si la vida les fuese en ello. Entonces España era cañí (más) y olía a rancia (más), a ajo y agua y a cura y sotana. Dios, toros y fútbol, la puta santísima trinidad que tras varias generaciones aún paga la mía.

Por pura cuestión identitaria, lo de contra España mejor era fácil cuando la pelotita no entraba. Recuerdo escoger equipo antes de que comenzara la competición de turno. Portugal, por cercanía y por joder –más por lo segundo, Portugal siempre fue garantía de bien poco–, y Argentina eran las soluciones más requeridas. Estaba Brasil. Pero yo siempre he considerado que, dejando a un lado la Casa Blanca, apostar a caballo ganador, además de cobarde, denota una falta de elegancia sin igual. En mi caso, siempre preferí el romanticismo holandés y la fantasía kafkiana de Chequia. Por pura estética. Después, en el fragor de la batalla, era lo mismo de siempre y la televisión a duras penas conseguía salvar la vida encima de la nevera en el piso de San Pedro de Mezonzo. Sobre todo cuando Alfonso marcaba en el último suspiro. Ante la hombrada cañí, aún a sabiendas de que el destino estaba escrito, nadie podía resistirse. Siempre habría tiempo para el que se joda. Por España. Uno considera todo patriotismo de mal gusto aunque no sea de cuartel. De entre las estupideces de nuestro género creo que morir por una patria que no moriría por mí es de las mayores. Sin embargo pronto hice mía la frase de Albert Camus: “Patria es la selección nacional de fútbol”. Por el momento nadie ha conseguido ponerle remedio a lo que es un hecho.

Todo cambió hace dos años. No sólo porque la pelotita de los cojones entró, sino por cómo rodó antes de acabar en las redes. Fútbol, puro fútbol. Sin más argumentos que el fútbol. Y sin otro significado que el que cada uno quiera darle. Albiol vino a demostrarlo, cuando se puso a buscar canguros en Austria. Por eso desengañado y aburrido como estoy, cuando veo fútbol, he escogido no ver más que once contra once donde ya no siempre gana Alemania. Y las risas y las cañas y los abrazos. Puede ser cinismo, no lo niego. Pero soy mucho más feliz desde que leo el periódico hacia atrás y lo tiro cuando llegan las páginas de Política. Y sobre todo desde que no los hago. También creo que los cuatro que hoy se disputan la presidencia del Barça, además de cobardes, son mucho más cínicos que yo.

El pasado viernes a alguien de mis amigos se le ocurrió hacer la gran pregunta.

-Con quen vades no Mundial?

Primero silencio, después risa burlona y luego sinceridad. Cada uno según sus circunstancias y todos a cantar goles como posesos a medida de que se vayan ganando los partidos. “Pero na casa”, certificó Arizado. “Con disimulo”, reconoció Paulo. Sin salir del armario, en definitiva. Eso, ahora. Si llegara el 11 de julio con huevos y mucha cerveza, como hace dos años. De momento, prudencia es lo que manda.

Yo de aquí al final del Mundial sólo voy a escribir de fútbol, advertí. A Moncho le resultó extraño. Yo me conformaría con escribir siempre de fútbol si fuera capaz de hacerlo como Enric González. Así que dibuje, maestro.

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