La primera vez que jugué al fútbol en EEUU pensé que me estaban puteando, acostumbrado como estaba a las pistas de cemento armado y los campos de tierra. Primero fue el escenario. Un complejo tan grande como la nave de Amio escondía siete canchas de fútbol de hierba artificial. Fútbol Indoor, que le llamaron los alemanes, o también Snowbol porque es el resultado, más que nada, de la adaptación al medio ambiente. Fuera hace un frío de cojones gran parte del año, con lo que hay que jugar dentro. Y puesto que nuestras dimensiones son las que son y no somos un dechado de técnica, no nos vamos a andar con la mariconada esa que llaman fútbol sala, en la que siempre ganan brasileiros o españoles, y que consiste en bailar alrededor de un una pelota pequeña y que no bota. Por eso el fútbol indoor –con liga ya hasta en España–, una especie de petanca para ex futbolistas, es cosa de alemanes, yankees y canadienses. Optimización de recursos. Lo segundo fue la realidad. Los yankees son como Van Gaal, siempre positivos, con lo que superan sus limitaciones técnicas con grandes dosis de optimismo y buen rollo. Al final, el fútbol indoor acaba siendo una mezcla de fútbol y, en el caso de EEUU, hockey sobre hielo. Tanto que un español que llega de improviso entiende de un golpe eso de que en el país de los ciegos el tuerto es el rey. Unos cuantos partidos y unas cuantas hostias (de ahí el paralelismo con el hockey) después son tus pulmones los que te devuelven a tu espacio natural que toda la vida ha sido debajo de los tres palos. Entonces ya sólo queda disfrutar. Es un no parar, un bombardeo continuo ya que, por no haber, no hay ni fueras de banda. Sí hay un árbitro al que se le tiene un respeto religioso. Siempre buenas maneras, te meto una hostia, pero con respeto y después te pido perdón, al fin y al cabo, es sólo deporte. Pese a que para los americanos nunca es sólo deporte. Después está la novedad. Cinco contra cinco más porteros. En una proporción de tres tíos por cada dos tías. Porque la mayor parte de las ligas amateurs que se juegan son de equipos mixtos. Porque sí, hay que decirlo, la mayoría de los americanos creen que el fútbol -soccer para ellos que tienen un fútbol que no se juega con el pie-, es un deporte de niñas. O, en su caso, de blancos, niños de buenas familias y, por tanto, blandengues para jugar el verdadero fútbol. La razón verdadera no es esta. Según ellos, el fútbol, el nuestro, es demasiado aburrido ya que nunca pasa nada y además corres el riesgo de estar 90 minutos para acabar cero a cero. Muy lejos por supuesto del fútbol, el suyo, como sabemos, un deporte emocionante donde un partido puede durar horas. Que de juego real no haya más de 15 minutos, con suerte, es secundario cuando cuatro segundos son una vida y la nevera está rebosante de cervezas. Después están las animadoras. Estas razones, entre otras, han provocado que en una muestra de diez humanos sobre el campo haya un sólo jugador de fútbol. La posibilidad de que sea macho o hembra es del 50%, con una ligera ventaja hacia la segunda opción. Los equipos más potentes suelen tener tres tíos fornidos, dos que defienden, y uno que hace algo parecido a repartir juego. Arriba colocan a dos chicas. Si son buenas, y suele pasar, al menos iguales o mejores que sus compañeros varones, tienes muchas papeletas para hacer una buena temporada. Por lógica y porque, en un decisión que para mi contraviene todo el pretendido igualitarismo del que hacen gala, un gol de una tía vale dos puntos. Dos puntos, dos goles. La influencia de sus deportes es grande y muchos todavía siguen contando el partido por puntos. Afortunadamente cada vez menos. El otro día viendo a EEUU empatar con Inglaterra me acordé de todo esto. Y me acordé especialmente de Pat un compañero de piso con el que viví un año, profesor de química, amante hasta el infinito del fútbol y que se agarraba unas borracheras que ríete tú de las noches de Ronaldo por Madrid. Pat era, además, un excelente jugador de fútbol. Uno de los mejores que he visto en mi vida, con una técnica y una visión del juego exquisitos. Y en esto incluyo a los que he visto en España. Habría vendido su alma al diablo por haber sido profesional pero en un país donde el físico lo es casi todo, su escaso 1, 63 de estatura le cerró las puertas de la Major Soccer League y del equipo nacional. Luego, los años y las cervezas hicieron el resto. Veía cualquier deporte en televisión y sabía todo sobre el fútbol europeo. Ahora estará enganchado al Mundial y alucinado con una selección de USA que no desentona y en donde el orden y la voluntad suple a todas las carencias, que son muchas. También me acorde de Tad. Uno de los tipos más curiosos e inteligentes que he conocido en mi vida. Un genio que un día se conformó con ser camionero mientras se dedica a almacenar datos sobre cualquier disciplina, al tiempo que ve fútbol (inglés) en Up and Under. Y de Micah, jugador de Hockey sobre la cancha de indoor. A EEUU podrán ganarle en calidad pero nunca en carácter, afán de superación y optimismo. Quizá, demasiado de esto último. Sobre todo entre los medios de comunicación, que no están muy acostumbrados a intoducir fútbol en sus páginas. Le pasó al sensacionalista New York Post, que, como sus hermanos británicos, siempre va más allá. El año pasado estaba en EEUU cuando ocurrió lo que parecía imposible. Nadie le prestó atención y los medios españoles se preguntaban cómo había sido recogido el milagro. Ni rastro. Eso sí, a mi me putearon al día siguiente.

Anuncios