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Porfirio Díaz siempre lamentó la mala suerte de México. Tan lejos de dios, decía, y tan cerca de Estados Unidos. Una maldición que volvió a sentir en carne propia ayer un prometedor Chicharito Hernández que, justo antes de que Rosetti pitara el inicio del choque ante Argentina, se arrodillaba en el centro del campo dirigiendo sus plegarias al cielo. Plegarias desatendidas como el joven delantero pudo comprobar después. El Argentina-México de ayer tuvo mucho de lucha divina que, como todas, fue resuelta por un error humano. México imploró al altísimo mientras que Argentina lo trae puesto en el banquillo. Un combate desigual de antemano. Maradona, frente al civilizado Aguirre, es la quintaesencia de la barbarie latinoamericana pero se sabe ungido de un poder que no es de este mundo. Maradona, grande como siempre, se ha dejado una barba Sierra Maestra que le queda bien, muy lejos del traje en el que se ciñe durante noventa minutos. Como todo dios, busca sucesor en un Messi que no marca, no explota, pero está en cada jugada albiceleste. El día que explote definitivamente será por medio de tres zarpazos. Sólo resta saber cuál será la víctima de la cólera divina. Espera Alemania primero, después puede ser España y, si todo sale a pedir de boca del Pelusa, Brasil. El Mundial está cada vez más cerca de Argentina. Para desgracia de Pelé, Blatter y Platiní a quienes no quedará otra que claudicar ante la incontinencia verbal del Diego. Y para desgracia de nosotros, simples mortales, sufridores de los argentinos. Como Heinze, un acto de mal gusto que no debería haber sido jugador de fútbol, sino navajero en un barrio bajo de Buenos Aires. A veces se puede engañar al destino. A la canarinha sólo un milagro puede apearla. El Chile de Bielsa, oficioso como pocos, está condenado. No es lo mismo una clasificación que un Mundial. En estas citas, los galones marcan distancias en condiciones normales. España, protagonista aunque sólo fuera por una vez, vino a demostrar que en el fútbol como en las carreras, la potencia sin control no sirve de nada. Otra cosa son Francia e Italia, metáforas de la descomposición de la vieja Europa. A la Chile de Bielsa sólo le queda apelar al milagro que en un caso dado tendrá mucho de circunstancial y humano y poco de divino. Pero ahora nada sería más grande que ver a los brasileiros fuera. Como castigo al advenedizo Dunga. Otro tipo insufrible, basta ver el juego de su selección.
México sufrió en carne propia la contradicción del fútbol moderno. Cómo es posible que el deporte más importante del mundo pueda seguir dependiendo del juicio falible de un sólo hombre. El mismo hombre capaz de llevar un Iphone en el bolsillo con el que apagar las luces encendidas olvidadas de su casa e incapaz de corregir un error fatal vía repetición de las imágenes. Se llama pervertir la competición, pero los viejos en esto de los Mundiales saben que estos son perversos. Que se lo digan a Argentina en el 78. Los argentinos, tipos insufribles a excepción de para otros argentinos, son muy parecidos a los israelíes. Se ven a sí mismos como el pueblo elegido, no se sabe por quién ni para qué, pero elegido al fin y al cabo. Puede ser para ganar un Mundial, o dos o para sufrir el corralito por el puro gusto de rasgarse las vestiduras. El caso es ser irresponsable. El caso es apelar al destino divino. De ahí que proliferen en sus tierras los salones de psicoanálisis. De ahí que sean propensos a la épica. Una de las anécdotas más felices cuenta que Menotti, contrapunto de Maradona en el Mundial del 78, les dijo a sus jugadores, antes de encontrarse en la final con Alemania, que salieran a la cancha a jugar por el pueblo y no por los cabrones del palco de autoridades. Bonito pero todo apunta a que falso, como casi todo en aquel Mundial que dio amparo a una de las dictaduras más sanguinarias del orbe conocido. La FIFA en Argentina, como el COI en la Alemania Nazi y la China postcomunista, empeñada como siempre en hacer amigos.
El caso de Inglaterra es parecido al de México, pero en sentido contrario. Inglaterra en este Mundial ha sido el fiel reflejo del país. Un país en vertical decadencia incapaz de dar un paso adelante sin depender de las batallas y las guerras pasadas. Dicen que el fútbol es justo. Lo que no dicen es que la justicia del fútbol es casi o más rezagada que la humana. Ayer, Alemania obtuvo justicia después de cuarenta y cuatro años. Llegó, como no podía ser de otra forma, de la mano del fallo humano. Una nueva perversión que recuerda que el hombre es la criatura más imperfecta de la creación. Inglaterra demostró una vez más eso de dime de lo que presumes y te diré de lo que careces. Basta con darse una vuelta por la Costa del Sol, Levante y Mallorca para comprobar la falacia de la elegancia británica. Basta con observar una selección en donde la mitad de sus jugadores pasarían inadvertidos en cualquier terraza de verano de Mahón. Rojos como cangrejos y borrachos como lo que son, británicos de veaneo. Siempre estarán sus rotativos para dar lecciones de urbanidad al resto del Mundo.
La Federación Inglesa trató de evitar lo inevitable contratando al más pintado. Fabio Capello, antesala del resultadismo y supuesta definición del sargento de hierro en un banquillo, contribuyó no sólo a hacer más visibles las vergüenzas británicas sino que certificó la suya propia. El resultadismo siempre tiene fecha de caducidad. Pese a ser uno de los tipos más insufribles del fótbol moderno cuenta con múltiples palmeros. Su comportamiento con el desgraciado Green lo ha dejado en evidencia. A él y a sus cortesanos. Carece de personalidad y, además es un mal tipo. Cargar las culpas en el eslabón más débil es de cobardes. Sobre todo cuando sustituyes ese eslabón por otro que ayer demostó dos cosas. Ser un bocazas y dar la razón (el tercero no tiene precio) a quienes le llaman Calamity James. Al final, lo bueno de los Mundiales, es que acaba convirtiendo a los dioses en hombres y a los hombres e dioses.

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