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Quien iba a decir que ganar un Mundial era esto. Pasarse dos horas maldiciendo frente al televisor para después salir a la calle con una sonrisa de idiota dibujada en la boca que ya no se borrará en un par de días. Quien iba a decir que la partitura de la final de una Copa del Mundo sería escrita por un guionista moña de Hollywood de manera que el héroe acabaría besando a la guapa frente a unos espectadores con la lágrima a flor de piel. Porque muchos, tras ver al Gran Capitán, al Santo Azul, al Ángel Azul que ayer vistió de hierba, lanzarse sobre los labios de su amada, sólo puedieron debatirse entre el suspiro romántico y el tan español (quizá ya menos), ole tus cojones, Iker. Iker sigue siendo aquel chaval de 18 años al que la gloria le llegó dentro de una botella de colonia. Aquel que no importa lo que haga, ni cuantas leyes fisicas desafíe, siempre se tiene que encontrar con un analfabeto integral que ponga en duda, no ya su condición como mejor arquero del mundo, sino como titular en un equipo en el que ejerce de pater responsable. Por eso Iker es sólo la punta de lanza de una selección diferente a todas las demás, en donde el milagro del juego, convertir una jugada de más de cuatro pases al pie en un sonteto renacentista, es sólo la manifestación más evidente de una manera de entender la vida. De una manera de, si se quiere, entender el ser de esta malnación llamada España. Mucho ruido y pocas nueces, cuando, al final, de lo que se trata es de que Iker levante una Budweiser. Como tú y como yo, como él y como ella, cuando un inglés con una esposa visionaria pitó el final del partido. El arbitraje de Howard Webb sólo sirvió para dejar en evidencia a la FIFA, un organismo con menor credibilidad e inteligencia emocional que la propia ONU. Webb, como había dictado el guionista moña de la final, ejerció al pie de la letra su papel. El de tonto útil, ese tipo que ves aparecer en pantalla y que a los tres segundos no sólo te cae mal, sino que le deseas la muerte. Por eso, cuando cae a manos del villano respiras en un morboso sentimiento de alivio. Por lo demás, como en las buenas epopeyas, todo estaba escrito. Y el bien se impuso a un mal enfundado en una casaca naranja cuyas armas eran Van Bommel y De Jong y la lengua viperina de un Robben incapaz de superar el vuelo del Ángel Azul. Sólo quedaba el broche. El último disparo, el yippie kay ei motherfucker de un Iniesta, al que todos llaman Andrés, Andresito, como si fuera el hermano pequeño de tu mejor amigo, al que has visto crecer desde que andaba con pololos y dijo que su padre era albañil. Esto es fútbol. La vida. Y la felicidad debe ser algo muy parecido.

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