Tampoco es que lo haya leído todo. Aún soy joven y el tiempo vuela, sobre todo, cuando no tienes mucho que hacer, como es mi caso. Pero por una vez estoy con los suecos y estoy con Varguitas, un tipo de derechas como dios manda, excelente escritor y mejor playboy. Ello no quiere decir que los vecinos del norte hayan sido siempre infalibles y prueba de ello es echar un vistazo a la lista de los Nobel de Literatura. De Echegaray se acuerdan los que viven en su calle en Pontevedra, más que nada porque quieren seguir recibiendo cartas. Reto a cualquiera a que me diga quien era o que citen una obra del susodicho. Una pena que no quede nadie vivo de la Generación del 98, le podríamos preguntar qué opinaban de este gran ingeniero de puertos, caminos y canales. Luego llegó Jacinto Benavente que vete tú a saber si tenía o no intereses creados. Hubo que esperar a 1956 para que la cosa fuera en serio y la academia sueca reparó en Juan Ramón Jiménez. Mejor hubiera sido que pasaran de largo porque dos dias después murió su mujer y, dos años después, él mismo, dicen que de pena, dado que se trataba de un poeta me parece una muerte de lo más adecuado. En 1977 la lotería le tocó a Vicente Aleixandre, otro poeta que a mi, negado para el ripio, ni me va ni me viene. Este también llegó demasiado pronto, aun me faltarian años para leer. Hoy que los tengo tampoco es que Aleixendre ocupe un lugar destacado en mi estantería. Un año antes del Mundial de Italia 90, en el que la volvimos a cagar pese a que Michel empezó haciéndole tres a Corea para recorrer la banda al grito de ¡¡¡¡Me lo merezco, me lo merezco!!!!! y acabó pagando la eliminación, en octavos y contra Yugoslavia, cuando se aparto para evitar el balón en la falta que nos envió a casa, Cela consiguió lo que llevaba buscando desde que ejercía de censor del Franquismo. El autor del Pascual Duarte venía avisando con insistencia mucho tiempo atrás cada vez que tenía un micrófono delante o algún plumilla le echaba huevos a hacerle una entrevista a don Camilo. Un par (tres o cuatro) de novelas escandalosas en el buen sentido y dos hechos incontestables hacían presagiar que la medalla sueca era su destino: Escribía con la punta del capullo y era el único tipo sobre la faz de la tierra capaz de absover un litro de agua con el culo. Cualquiera de los dos méritos son merecedores del Nobel. Cela, que jamás escribió en gallego pero será siempre -mucho me temo- el Nobel de Galicia, ha sido el último de la lista de escritores nados en la Piel de toro. Por qué incluyo a Varguitas en esta lista. Puede que tenga que ver con que llevo todo el día escuchando en los medios españoles que se trata del escritor hispanoperuano, así que se me debe haber quedado. Antonio hubiera visto fantasmas coloniales en esto, coincidiendo además con el 200 aniversario de la Independencia, pero yo tampoco quiero ir más allá aunque dudo que en el Perú se acuerden de que el padre de Pantaleón mantiene una doble nacionalidad por obra y gracia de los acuerdos bilaterales.

En todo caso, la lista de escritores en la lengua de Cervantes galardonados por los suecos la completan el guatemalteco Miguel Ángel Asturias (1967), los chilenos Gabriela Mistral (1945) y Pablo Neruda (1971), el colombiano Gabriel García Márquez (1982) y el mexicano Octavio Paz (1990). Desconozco el estado de sus pasaportes. Me alegro de que Varguitas se haya llevado el Nobel. En primer lugar porque es un (gran) escritor legible. Nunca agradeceré suficiente a los suecos que miraran para otro lado el día que pasó por allí un tal Borges. Antes de que comiencen a gritar, sí, no me gusta Borges. Y sí, es culpa mía, nadie es perfecto, no me gusta porque no lo entiendo, me parece un coñazo (esto no es una cualidad que te invalide para el Nobel, van la lista) y además tengo la manía de desconfiar de la gente que, a las primeras de cambio, va y suelta: mi escritor preferido es Borges. ¿Acaso te conozco de algo, guapa? Me alegro porque La ciudad y los perros, La guerra del fin del mundo y La fiesta del chivo son para que los demás dejemos de probar a juntar palabras. Y me alegro a pesar de Conversación en la catedral. No puedo evitar mi fijación con los coñazos. Pero sobre todo, Varguitas, me alegro porque por fin, de una santa vez, podrá sacudirse ese complejo de inferioridad que lleva arrastrando desde que Gabo le recomendó a su (segunda) santa esposa que mejor lo dejara. Un hecho que se saldó como se saldan las buenas afrentas de honor: con una buena hostia.

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