Venga, por si fuera poco la que está cayendo, vamos a fustigarnos un poco. Hoy han comenzado a emerger a la superficie los primeros de los 33 mineros que llevan atrapados desde hace 68 días en un pozo de la mina chilena San José. Desde aquel 5 de agosto en el que el la tierra volvió a su sitio sepultando a esos treinta y tres trabajadores hemos visto ya de todo. Hasta a una corresponsal de Al Jazeera hacer una conexión en directo desde el interior del supositorio que está sirviendo para rescatar a unas víctimas que son definidas como héroes, pese a que lo único que han hecho hasta el momento ha sido lo que se espera de cualquier organismo en peligro: sobrevivir. Resulta que todo el operativo se ha convertido, dicen, en un espectáculo. Arrecian las críticas hacia los medios de comunicación por la cobertura que están haciendo en el mundo entero de un suceso al que se han desplazado la friolera de 1.500 periodistas.
Sí, es un espectáculo. Y lo es porque la televisión es espectáculo. La televisión hace tiempo que dejó de ser periodismo, justo en el momento en que comenzó a preocuparse más por los índices de audiencia que por la audiencia misma. No se equivoquen, la audiencia es solo un medio para llegar a un fin, los anunciantes. Dejó de ser periodismo en el momento en que consagramos la figura del reportero estrella, ya fuera cámara en mano o 21 días a base de porros para demostrarnos que fumar cannabis coloca. Dejó de ser periodismo en el momento en que nos cuenta el qué pero no da ni rastro del por qué.
Que el rescate de San José haya puesto de manifiesto, una vez más, las miserias de un oficio en extinción, no es nada nuevo. Ya se han hecho películas sobre el tema. Hasta en blanco y negro. En 1951 Billy Wilder hizo de Kirk Douglas el protagonista de El gran carnaval (Ace in the hole) en una suerte de adelanto de lo que hoy es San José. El periodista Douglas enviado a un desastre minero acaba por acordar los tiempos del rescate con el sheriff local. El periodista Douglas ya se olía el filón que hace que, desde hace horas, medio mundo esté pendiente de los 33 de San José.
Preguntarse si es o no un espectáculo es una pérdida de tiempo. Lo es. De hecho, espero, no sé, a Ana Rosa (con las gafas puestas, como demostrando su inteligencia) haciendo un programa en direco desde tierras chilenas, tal y como Piqueras se desplazó a Haití detrás de la noticia. Preguntarse también si los políticos van a aprovecharse del rescate apareciendo delante de las cámaras dando la impresión de que, desde el día del derrumbe, no han pensado en otra cosa más que en los mineros, es inutil. Son políticos y de rentabilizar cualquier cosa es de lo que viven aunque para ello tengan que apagar incendios como quien riega las macetas.
Ahora bien, no me importa que sea espectáculo. Me importa que, por ejemplo, Mario Sepúlveda, el segundo de los mineros en salir del supositorio pueda enfrentarse a la cámara espectáculo para decir: “lo único que les pido es que no me traten como artista ni como periodista, quiero seguir siendo el de siempre”, aunque el de siempre se haya hecho ya un hueco en los medios como el tipo simpático ante la adversidad. Y quizás, para esto, ha sido necesario el espectáculo. Qué no darían todos los mineros (ponga aquí la profesión maltratada y olvidada que prefiera) del mundo por tener esos 68 días de espectáculo si con ellos consiguiera que se hablase, aunque solo sea un poco de sus penas.
La pregunta es qué sería de los mineros de San José si no fuera por el espectáculo. La pregunta es si las familias del submarino Kursk no habrían deseado un circo semejante que, en su día, obligara a los políticos a poner toda la carne en el asador para salvar unas vidas humanas que, como todas para el poder, son reemplazables. Puede que si los medios decidieran obviar el espectáculo, entonces los políticos prefirieran dar carpetazo al asunto hace 68 días y ahorrarse un operativo más costoso, si cabe, en tiempos de una crisis absoluta y que probablemente ha supuesto una cantidad infinitamente superior a cualquier plan de seguridad llevado a cabo jamás en el sector. Por desgracia, en países como China o Irán no hay el espectáculo que hoy criticamos en Chile. En demasiadas ocasiones, sus autoridades se ocupan de ahorrarnoslo.
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