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Diego E. Barros

Ivonne Cuesta tenía entonces sólo siete años. Sus recuerdos no discurren de manera lineal, sino en una sucesión de escenas que con la ayuda de sus familiares, ha sabido reconstruir para concebir la historia de su propia vida. La de su salida de Cuba como una más de las decenas de miles de exiliados que abandonaron la isla en dirección a EEUU entre abril y octubre de 1980, en un fenómeno migratorio que recibió el nombre de éxodo del Mariel y del que  ahora se celebra en Miami el 30º aniversario. Su huida cambió la existencia de aquella niña asustada, pero también la de una ciudad entera que nunca volvió a ser la misma.

Algunos parientes de Ivonne Cuesta ya habían salido de Cuba en las décadas de los sesenta y setenta, a cuenta gotas, pero ella y su madre tuvieron que esperar al 3 de junio de 1980. Ivonne Cuesta es hoy una atractiva mujer de 37 años, de tez blanquísima, ojos rasgados y pelo negro azabache. Me recibe en su despacho, en la planta 24 del edificio Lawson Thomas, uno de los inmuebles que conforman el distrito judicial número 11 del Estado de Florida, en el centro de Miami, donde ejerce como supervisora del cuerpo de abogados criminalistas de oficio. “Recuerdo que mi madre me decía todos los días que nos íbamos a ir del país pero que no podía contárselo a nadie, que era un secreto entre nosotras”. Un juego infantil detrás del que se escondía el miedo a que seguidores del régimen se plantaran delante de su puerta, “una casa colonial con las paredes muy blancas y los techos muy altos” y les organizaran un acto de repudio. Acciones de este tipo, consistentes en que un grupo de personas gritan consignas y lanzan insultos contra los considerados traidores a la patria y la Revolución de los Castro, son habituales, aunque cada vez menos, en las calles de La Habana. “Durante semanas, mi madre llenaba una pequeña maleta con ropa y nos íbamos a pasar la noche a casa de mi abuela. Yo no entendía por qué, pero una noche la Policía tocó a la puerta y dijo que nuestra hora había llegado”. Era el 29 de junio.

Junto a su madre, sus dos abuelas y unos tíos fue trasladada a la playa habanera de Abreu Fontán donde se reunió con otros familiares. Sobre la arena y sin más cobijo que las estrellas esperaron un par de días la llegada del The Mahogony Manor, un viejo velero de recreo que unos parientes residentes en Puerto Rico habían contratado para traerlos a EEUU en busca de la ansiada libertad. “Recuerdo que era un barco precioso, de madera con tres palos”, dice Ivonne con una leve sonrisa dibujada en el rostro. “Tras el viaje quedó destrozado”.

Las autoridades cubanas permitieron la salida del barco el día 2, pero una fuerte tormenta le obligó a regresar al puerto de Mariel. Allí, desde abril, miles de cubanos aguardaban, impacientes, a subir a bordo de otros buques que los llevasen también hacia las tierras de la Florida en una sangría controlada que duraría hasta mediados de octubre. La ocasión definitiva para Ivonne y los suyos llegó al día siguiente. La travesía hacia Cayo Hueso (Key West en inglés, aunque los hispanos mantienen el nombre que le dieron los primeros conquistadores españoles debido a la cantidad de osamentas encontradas en sus playas), el punto de los EEUU más cercano a la isla, duró todo un día que se hizo interminable a causa de una nueva tormenta que dejó al barco al antojo del oleaje. Tras lanzar un aviso de socorro, helicópteros de los Guardacostas estadounidenses hallaron la embarcación a la deriva y evacuaron a todos sus ocupantes.

“De aquel viaje tengo tres cosas grabadas”. La abogada habla casi sin tiempo para respirar. Mueve sus manos constantemente. Se coloca el pelo revoltoso tras las orejas. Detrás de tanta actividad se adivina un intento de contener sus emociones ante la reconstrucción de su vida. “Nunca olvidaré el olor a vómitos, porque todos se mareaban y vomitaban y eso pese a que hacía horas que no comíamos nada. Me acuerdo de que el agua inundaba los camarotes donde nos encontrábamos, a los adultos le llegaba a las rodillas. Pero sobre todo, recuerdo el miedo dibujado en sus rostros”. Casi de noche llegaron a un portaaviones estadounidense y en “una sala enorme con cientos de sillas colocadas en fila”, aguardaron junto a otros compatriotas a que un oficial les diese la bienvenida a suelo norteamericano y, como no, “a la libertad”.

“Nos dieron mantas, una lata de Coca Cola y una manzana roja a cada uno. Yo en mi vida había visto una manzana roja. Me acuerdo que mi madre me miró con lágrimas en los ojos y me dijo: ‘sobrevivimos y somos libres”. Acostumbrada a lidiar con la rama más dura del férreo sistema judicial estadounidense, a Cuesta se le quiebra la voz.

En EEUU las esperaban sus familiares y con ellos se trasladaron a Miami. Tras los primeros días “en los que todo era fiesta y celebración” comenzó una nueva realidad que, por momentos se antojó incluso más dura que la dejada atrás en la isla caribeña. En el país de la libertad y las oportunidades nadie regalaba nada y el propio exilio que había ayudado al éxodo del Mariel descubrió que soltar a miles de personas en una comunidad con demasiados problemas no iba sino a incrementarlos.

El éxodo del Mariel tiene su inicio un 5 de abril de 1980 cuando unos diez mil cubanos ocuparon la embajada de Perú en La Habana solicitando asilo diplomático, con el objetivo de abandonar el país previo salvoconducto emitido por el régimen castrista. Reacio en un principio, Fidel Castro aceptó después la salida de miles de cubanos a condición de que fueran sus familiares los encargados de recogerlos en el Puerto de Mariel, al noroeste de la isla. Más de 125.000 personas abandonarían la isla hasta octubre, cifra que superaba los 30.000 ciudadanos que habían salido en 1965 en otro éxodo masivo, en aquella ocasión desde el puerto de Camarioca.

El 21 de abril de 1980, dos barcos camaroneros llamados Dos Hermanos y Blanchie III arribaron, con unos 55 refugiados cubanos a bordo, a Cayo Hueso a 165 kilómetros del puerto de Mariel, convirtiendo a la localidad costera en el centro de operaciones. Durante los cinco meses siguientes, el exilio cubano puso en marcha su maquinaria fletando cientos de barcos para recoger a parientes y amigos al otro lado del estrecho de la Florida. La huida del régimen castrista se convirtió en una oportunidad para hacer dinero fácil por parte de los propietarios de los barcos que llegaron a cobrar hasta 4.000 dólares por pasaje. La oportunidad inicial también se tornó en ruina para otros ya que hubo barcos que quedaron inservibles, como el de Ivonne.

Aparentemente el exilio de Miami había conseguido infligir una derrota a su odiado comandante cubano. Sin embargo, la marcha de los acontecimientos tornó la euforia inicial por preocupación. “Fidel Castro utilizó el Mariel como un arma en su guerra contra EEUU y la dirigencia del exilio”. César Odio era en 1980 subadministrador de la ciudad de Miami, uno de los pocos cubanos que trabajaban en la administración capitalina por lo que desde el primer momento fue llamado a ponerse al frente del equipo de recepción que se organizó.

A medida que los barcos llegaban a Cayo Hueso, Castro decidió usar su as en la manga. Entre los miles de ciudadanos que buscaban la libertad, el régimen obligó a trasladar también a unos 8.000 convictos y delincuentes de la isla, además de a cientos de personas que estaban internadas en instituciones mentales. “Fue un regalo envenenado, ante la generosidad inocente del presidente Jimmy Carter, pero en los primeros momentos a nadie le importó, nadie se dio cuenta, en realidad”, sostiene Odio. En el barco en el que viajaba la familia de Ivonne Cuesta, unas veinte personas, iban otras tantas completamente desconocidas. “Muchos se negaron a llevarse con ellos a extraños, pero mi familia aceptó. Lo único importante para nosotros era salir de Cuba”, añade.

Cesar Odio está hoy jubilado pero en conversación telefónica desde su domicilio en Key Biscayne recuerda el caos de los primeros días. “Pronto fuimos conscientes de que los espacios que habíamos habilitado se quedaban pequeños en horas”. En un principio, la reacción de la ciudad fue de euforia, “el problema fue cuando se corrió la voz de que el castrismo había decidido enviar delincuentes”. Pero ya era demasiado tarde para parar la marea humana.

No todos los recién llegados tenían a alguien esperándolos. Muchos llegaron con lo puesto y, una vez registrados por las autoridades estadounidenses, carecían de un lugar a dónde dirigirse. “Me di cuenta de su situación —relata Odio—, y se me ocurrió pedirle al dueño de una fábrica azucarera que nos dejase instalarlos temporalmente en los barracones de los trabajadores. Era cubano y accedió. Al día siguiente de estar allí, la mayoría volvió a Miami ya que se corrió el rumor de que los iban a poner a cortar caña. No se daban cuenta de que ya no estaban en Cuba”. Durante aquellos meses se abrieron campamentos en Cayo Hueso, en el antiguo estadio del equipo de fútbol de Miami, los Dolphins, y en bases militares en varios estados sureños, como la de Pensacola, en el norte de la Florida, o Little Rock en Arkansas. Incluso se instalaron carpas debajo de los puentes de las autopistas que rodean a la ciudad. César Odio los recorrió todos.

Los supuestos criminales y enfermos fueron el primer gran quebradero de cabeza para el Gobierno norteamericano y las autoridades locales. Entre los oficiales incluso se llegaron a repartir guías donde se especificaban los tatuajes más usuales entre los presos cubanos. Pero separar delincuentes de ciudadanos corrientes no fue la única urgencia. El Gobierno sospechaba de la llegada de desertores de alto nivel y también espías castristas entre los ciudadanos. Agentes del FBI se trasladaron a los distintos campamentos para llevar a cabo una especie de caza de brujas. “El tema de los espías fue algo que se sacó de quicio”, relata Odio. Tan sólo un año antes, ante las Naciones Unidas, Castro se había jactado de disponer de más de 300 informantes en la Florida. “Castro no era tan estúpido como para mandar espías de forma gratuita”, mantiene Odio. Sin embargo, según datos del Gobierno de EEUU, entre veinte y treinta personas fueron identificadas como posibles agentes castristas. “Es cierto que había agentes del FBI, pero la búsqueda de espías no era una prioridad”, concede. “La prioridad era ayudar a las personas”.

Refugiados del Mariel

Pasados los años sólo le quedan buenos recuerdos de aquel momento y un enorme número de anécdotas. Una de ellas tuvo lugar en el interior de un autobús de traslado donde iba acompañado por varios policías. “De repente uno de ellos dio un grito, ‘aquí está mi abuela, yo no sabía que venía’. De aquel instante hay una fotografía que fue portada de la prensa del agente saliendo del autobús con su abuela en brazos”. Está orgulloso de cómo reaccionó la ciudad. “Es cierto que después hubo problemas y a los refugiados, recibidos como héroes, se les dio la connotación negativa de marielitos. Pasados treinta años y salvo esa minoría de indeseables, los marielitos de ayer son hombres de negocios hoy, personas que han triunfado en nuestra sociedad”.

Ivonne Cuesta es sólo un ejemplo de esos marielitos. “Me costó mucho asumir mi condición, durante años la oculté porque sabía de las dificultades que había tenido que superar mi propia madre”, recuerda. El simple hecho de alquilar una vivienda se convirtió para muchos recién llegados en una odisea en una ciudad donde carteles de “No se admiten perros, niños, ni marielitos” eran comunes. Si toda discriminación es condenable, más hiriente resultó la ejercida por algunos de sus propios compatriotas. Los mismos que habían fletados los barcos para sacarlos de Cuba los despreciaron después.

La olla a presión terminó por estallar

La sucesión de acontecimientos de 1980 convirtió a Miami en una olla a presión poniendo en aprietos a buena parte del sur de la Florida hasta el punto de cambiar para siempre a una ciudad conocida ya como la Puerta a las Américas. El Mariel fue un elemento a añadir a los disturbios raciales de Liberty City (barrio de mayoría afroamericana) o a los polémicos referendos sobre el bilingüismo que inflamaron pasiones y enfrentaron a unos vecinos contra otros, con el color de la piel como principal argumento y cuyo resultado fue una fuga blanca hacia el norte de la península.

Raúl Martínez

“El año 1980 marcó el nacimiento del Miami que conocemos hoy día” sostiene Raúl Martínez. Él estaba allí y fue protagonista de lo bueno y de lo malo que sucedió en aquel entonces. Es un hombre de imponente estatura. Muy moreno después de pasar unas vacaciones en las Bahamas, me abrió las puertas de su casa situada en un barrio obrero de Hialeah —la suya sobresale de las demás viviendas por su tamaño y cuidado—, para hablar del pasado. En 1981 se convirtió en el primer alcalde hispano de Hialeah, principal suburbio industrial de Miami, destronando a Dale Bennett y derrotando al veterano concejal Jack Weaver en unas reñidas elecciones en las que pesaron los sucesos del año anterior y las divisiones sobre inmigración y bilingüismo. De filiación demócrata, Raúl Martínez abandonó la alcaldía de la ciudad en 2005 y desde entonces se dedica a los negocios.

“Mucha culpa de lo que sucedió con el Mariel, y es algo que no se suele decir, la tienen las emisoras de radio”, sostiene Martínez. “Había una especie de competencia entre unos y otros, no sólo para ver quien insuflaba más a los cubanos para que fletaran barcos, sino también por ver quién era el más patriota. Lo único que importaba era traer refugiados, cuantos más mejor”. Martínez compara aquella situación con la fiebre vivida en EEUU tras los atentados del 11-S. “Todo se había disparado y nadie tuvo la suficiente valentía para dar marcha atrás, nadie quería ser tildado de anticubano o, lo que era peor, procastrista de alguna manera. No había forma de que pararan”, sentencia el ex político.

Desde finales de los años setenta el ambiente en las principales ciudades del sur de Florida estaba enrarecido. La vida cambiaba a tanta velocidad como los latinos, cubanos en su mayoría pero también los primeros haitianos, iban superando en número a los blancos y afroamericanos, estadounidenses nativos, que vieron peligrar en aquel proceso demográfico imparable su modo de vida. Para colmo, los primeros cubano-americanos comenzaban a dar el salto a los puestos de poder, como era el caso de Martínez que había sido elegido concejal en 1977.

Martínez había llegado a EEUU en 1960 con once años. Veinte años después, durante la carrera electoral que lo convertiría en alcalde de Hialeah, sus enemigos llegaron a decir que quería obligar a todos los empleados municipales a vestir guayabera en el trabajo y declarar el español idioma oficial. EEUU es un país mayoritariamente angloparlante pero carece de idioma oficial así marcado en su Constitución. Pese a los esfuerzos por dotar de esa condición al inglés por parte del ala más conservadora del Partido Republicano, nada ha cambiado desde que los llamados Padres Fundadores estamparan su firma en el documento original, un 17 de septiembre de 1787. Algo semejante a la lengua ocurre con la religión. Sin embargo, como se puede ver con acontecimientos actuales, son temas periódicamente usados como arma arrojadiza entre los dos partidos estadounidenses.

Los acontecimientos se precipitaron tras la toma de posesión de la alcaldía de Hialeah por parte de Martínez y muchos blancos escogieron la vía de la fuga en otro fenómeno migratorio, éste muy distinto al del Mariel. Miles de ellos marcharon hacia el norte de la península, Orlando y Jacksonville, capital del estado, fundamentalmente. Como si de una plaga se tratase, en los vecindarios de Hialeah y otras ciudades del sur, así como en los coches de sus habitantes se habían extendido ya pegatinas con un lema inquietante. Will the Last American to Leave Hialeah Please Bring the Flag (Que el último americano en salir de Hialeah por favor traiga la bandera). Una frase que sólo presagiaba un futuro apocalíptico y, al mismo tiempo, jugaba con uno de los fantasmas de la iconografía estadounidense: la caída de Saigón, cuando Vietnam ya no era más que una guerra, la primera, perdida por un país que hasta entonces se tenía por invencible.

“Era algo que me molestaba mucho, me enfadaba, por eso hacía hincapié todos los días, en todos los discursos que daba, en que no era el alcalde cubano de Hialeah, sino el alcalde de Hialeah de origen cubano”, resalta. Con 14 años comenzó a trabajar en un taller de coches a cambio, únicamente, de las propinas. En 1969, con veinte, sacó a la calle el primer periódico en castellano de la ciudad. En aquel momento la población hispana no era tan grande pero estaba en constante crecimiento ya que Hialeah tenía una gran bolsa de trabajo en el sector de la manufactura. “Trabajé desde el primer día en este país, conseguí la ciudadanía y sigo pagando mis impuestos. Soy tan americano como el que más”, recalca Martínez con vehemencia al tiempo que recuerda que la Florida tiene más historia hispana que estadounidense. Una circunstancia de la que da buena fe su esposa Ángela, una mujer rubia y esbelta que durante unos segundos interrumpe nuestra charla para darle un recado a su marido. El tatarabuelo de Ángela Martínez fue el coronel José María Callava, último gobernador español de la Florida Occidental. En 1821, fue el encargado de entregarle aquel territorio al general Andrew Jackson, quien luego se convertiría en el séptimo presidente de EEUU.

“Los nervios estaban a flor de piel, muchos saltaban con insultos hacia todos los que no fueran blancos, del tipo ‘aprendan inglés’, aunque lo hablásemos, o ‘cubanos estúpidos, regresen a su país’”. Raúl Martínez todavía recuerda, divertido, que su mujer solía contestar desafiante: “yo estaba aquí antes que ustedes”.

Si gran parte de los blancos escogieron la vía de la fuga, los afroamericanos se quedaron. No podían hacer otra cosa ya que la crisis económica de los ochenta había dejado a muchos sin recursos. A la mala economía había que sumar la corrupción política y la violencia imperante en las calles. Eran los años de la explosión de los Cocain Cowboys, de la expansión de los cárteles colombianos de las drogas con Pablo Escobar a la cabeza que hicieron de Miami la puerta de entrada de su mercancía a EEUU. A ellos hubo que añadir tipos del pelaje de Tony Montana, el inolvidable protagonista de la genial Scarface, dirigida por Brian de Palma en 1983 y que terminó de encumbrar a Al Pacino como perfecto gangster en el imaginario colectivo de toda una generación. Montana era precisamente uno de aquellos marielitos, ex presidiarios, delincuentes de poca monta que habían llegado a Miami en el éxodo de 1980.

Montana era un personaje de ficción pero hubo muchos como él, muy reales, que trajeron a las calles de Miami sus negocios ilegales, trapicheos y viejas vendettas, convirtiendo la ciudad en el escenario de una guerra de baja intensidad. “Entre aquellos 125.000 cubanos que llegaron había siete, ocho mil indeseables. Imagine si sueltan en la mitad de Madrid una cantidad semejante de delincuentes. Era como una guerrilla urbana hasta el punto de que en mi primer año en la alcaldía los homicidios pasaron de una media anual de 11 o 12 a casi 40”.

En Miami, la situación era similar. “Tengo compañeros que trabajaban en la oficina en los meses siguientes al Mariel y me cuentan que era normal la entrada de hasta cuatro asesinatos diarios”, ratifica Ivonne Cuesta. “La ciudad se desbordó por completo”. En mayo de 1980, un mes después de que comenzase el desembarco de cubanos, un jurado compuesto únicamente de blancos exoneró a cuatro policías ―también blancos―, acusados de matar a golpes a Arthur McDuffy, un afroamericano de 33 años al que habían detenido mientras conducía su moto por las calles de Miami. Los cuatro agentes hicieron pasar su muerte por un simple accidente. La tarde en la que el tribunal debía comunicar su sentencia, unas 5.000 personas se concentraron frente al edificio. Alrededor de las seis de aquel 8 de mayo, la protesta se convirtió en disturbios violentos como reacción ante un veredicto sentido como una afrenta contra su comunidad. El saldo de tres días de enfrentamientos entre ciudadanos, policía y los tres mil soldados de la Guardia Nacional enviados por el gobernador del Estado fue de 18 muertos, cientos de heridos, negocios saqueados y una comunidad agitada por la indignación y el dolor con ganas de venganza contra todo y contra todos. Especialmente los nuevos parias llegados por mar que, a su entender, venían a ocupar su ya de por sí débil lugar en la pirámide social.

La lengua sobre el campo de batalla

El tiempo cura todas las heridas. Incluso las más profundas y las que afectan a la identidad de una comunidad. Fue el caso de la lengua. La primera vez que visité Miami hace unos años fue haciendo una escala en un vuelo procedente de Puerto Rico. Me sorprendió que en San José se dirigieran a mí en inglés antes de saber que era español. En Miami, por el contrario, la lengua de Cervantes fue la primera opción. Luego me di cuenta que Miami y sus alrededores es sólo una isla dentro del estado. Basta con alejarse hasta Pompano Beach, a escasas treinta millas hacia el norte por la Interestatal 95, para que el español se haga más difuso, aunque sigua estando presente en muchos de sus ciudadanos.

“Hoy día, cualquiera que quiera triunfar en Miami debe hablar las dos lenguas, español e inglés”. Ivonne Cuesta rememora las dificultades a las que tuvo que hacer frente los meses siguientes a su llegada a la ciudad. “Yo no conocía el idioma, ir a la escuela era un verdadero suplicio. Me acuerdo de que las maestras me regañaban ‘aquí no se habla español, hable ingles, o guarde silencio’, me decían y ni siquiera sabía cómo pedir permiso para ir al servicio”. Para su madre la situación era mucho más frustrante. Peluquera de profesión, tenía terminantemente prohibido hablar español en público, incluso si ambos interlocutores eran de origen hispano. Se trataba de un idioma para la intimidad del hogar. “Hoy algunas de sus clientas más antiguas son las que le piden que les hable en español porque quieren practicarlo”. Ivonne Cuesta tiene una niña de dos años cuyo padre es de Barcelona. “Mi hija será bilingüe y si Dios quiere también hablará catalán”, asume con una sonrisa.

La batalla del idioma en el Miami de los años ochenta parece hoy superada. No fue fácil. Tras varios intentos anteriores fallidos, en marzo de 1980, Andrés Meijides, un concejal latino de Hialeah presentó una iniciativa local para que el Ayuntamiento ofreciera a sus ciudadanos licencias, permisos y formularos de solicitud bilingües. Tras un nuevo e intenso debate, la reforma lingüística fue rechazada. Pero la mecha estaba prendida y ya no había marcha atrás. Cada vez más cubanos se registraban para votar. Los recién llegados se unieron a los veteranos en EEUU y, junto a la comunidad portorriqueña,  llevaron a Raúl Martínez a la alcaldía al año siguiente.

En noviembre de 1981 una ciudadana blanca promovió un referendo en el condado de Dade (al que pertenecen Miami y Hialeah) con el propósito de prohibir el uso de fondos públicos para traducir documentos oficiales a otra lengua que no fuera el inglés. La campaña dividió aún más a las comunidades que sólo hablaban inglés y las que eran bilingües o sólo hispanohablantes. La ordenanza anti bilingüe fue aprobada por abrumadora mayoría. Tan sólo el 41% de la población del condado era hispana en 1981 y menos de un 25% estaba inscrita como votante. La prohibición de traducir al español cualquier papel informativo oficial, guía o formulario de un hospital duró los siguientes trece años. Para entonces, los líderes de las tres comunidades ―blanca, negra e hispana― fueron capaces de superar diferencias y viejos rencores para convivir en paz. Nada pudo evitar ya el peso de la demografía y tras la turbulenta década de los ochenta, los habitantes del sur de la Florida se acostumbraron a la nueva realidad de una región multicultural y plurilingüe.

Viejos fantasmas en el Miami de hoy

Si en los años ochenta Miami comenzaba a despuntar como destino turístico estacional, especialmente en invierno, cuando las temperaturas del norte de EEUU bajan muy por debajo de cero grados, hoy lo es durante todo el año convirtiéndose, además, en un centro de negocios internacional. “El cubano fue el que tuvo que tragar sangre, sudor y lágrimas, por eso hoy es la comunidad más pujante, un lobby a nivel nacional”, sostiene Martínez. “Con lo bueno y también lo malo que ello conlleva”.

Treinta años después, el país vive una situación de crisis económica semejante y la inmigración ha vuelto a abrir una brecha en la actualidad de EEUU. La punta del iceberg es la polémica ley antiinmigración de Arizona que convierte en delito estatal permanecer en ese estado indocumentado y exige que los inmigrantes legales lleven consigo sus documentos para probar su estatus en todo momento ya que pueden ser requeridos en plena calle por un agente de policía.

Raúl Martínez se muestra implacable en este asunto. “Cuando hay problemas económicos en este país, el político, mejor dicho, el politiquero, tiene la tendencia de buscar un culpable, una vía de escape. Y qué mejor vía de escape que quien no puede votar, como es el caso del inmigrante”. Pese a que la ley de Arizona se encuentra actualmente suspendida a causa de una decisión judicial, legislaciones semejantes amenazan con extenderse por otros estados, Florida entre ellos.

Bill McCullum, fiscal general de Florida, se presentó a las primarias republicanas para ser designado candidato por este partido a las legislativas del próximo noviembre. Entre sus propuestas, una que iba incluso más allá de la polémica legislación de Arziona, contra la que la Administración Obama ha presentado un recurso de inconstitucionalidad. McCullum fue derrotado por su compañero Rick Scott, pero la amenaza sigue en el aire. “Se trata de capturar el voto de la extrema derecha, ese voto que se fue del sur de la Florida hace años, hacia el norte, y ahora hay quien ha visto una oportunidad de recuperar lo perdido, pero eso no sucederá”, asume Martínez. “Es la política del miedo, en el fondo es lo más viejo del mundo”.

Guardando las distancias, la situación económica ha vuelto a enrarecer el ambiente de una ciudad de postal, hasta el punto de resucitar viejos fantasmas. El nuevo alcalde de Miami, Tomás Regalado, que lleva un año en el cargo, se ha propuesto junto al departamento de Policía atajar la ola de inseguridad creciente que sufre la ciudad. El lema es Retomemos las calles y luce en la mayor parte de los periódicos desde hace unas semanas. En el punto de mira del despliegue están las bandas de delincuentes y traficantes de drogas que se han ido imponiendo en algunas de las zonas más deprimidas de la urbe, de nuevo Liberty City a la cabeza, pero que también han extendido sus tentáculos hacia la luminosa Miami Beach. Los tiempos de Corrupción en Miami parecen haber vuelto sólo que en los Ferraris que circulan por Ocean Drive no viaja Don Johnson en el papel de Sonny Crockett. Lo más alarmante es que mucha de la creciente criminalidad tiene como objetivo el maná del turismo, lo que embarra la imagen de una ciudad que se tiene por mágica. En lo que va de año hasta un centenar de extranjeros han fallecido a causa de los disparos de las armas de fuego. Armas en poder de pandilleros que prefieren los AK-47 de procedencia ex soviética vía Latinoamérica a las pistolas tradicionales.

Todas las estrategias son válidas para tratar de frenar la inseguridad y apartar de las calles a los supuestos más débiles de la pirámide social. Desde el pasado 1 de mayo impera en la ciudad un toque de queda juvenil. Conforme a una ley en vigor desde 1994 pero que nunca se había puesto en práctica hasta la fecha, los menores de 17 años no pueden transitar solos por las calles a partir de las once de la noche de domingo a jueves. El veto se extiende hasta la medianoche los viernes y sábados. Sí pueden hacerlo acompañados de mayores de edad (en EEUU la mayoría de edad legal está fijada a los 21) o si tienen una justificación, que va desde el deporte a motivos de trabajo.

Al lado de la inseguridad ciudadana, la crisis ha descubierto los abusos económicos del periodo de bonanza dejado atrás. Sueldos inflados en empleados públicos y representantes políticos y obras cuyo presupuesto se ha disparado son sólo los escándalos más evidentes. Al poco de tomar posesión el nuevo alcalde en noviembre de 2009 dos concejales tuvieron que dimitir por gastos injustificados. Pero la guinda del pastel se la llevó el que ya se conoce como el jefe del Lexus gratis. Este era el viejo jefe de policía de Miami, un irlandés que llegó a EEUU con 13 años. Tras cambiarse su Sean natal por el impetuoso nombre americano de John, hizo carrera en los cuerpos de Policía de Nueva York y Filadelfia antes de ser contratado como responsable policial de la ciudad en 2003. El mismo día de la toma de posesión del nuevo alcalde dimitió. Era famoso por pasearse por las calles de la ciudad en un lujoso Lexus último modelo, cortesía de un concesionario de automóviles que mantiene relaciones comerciales con el Ayuntamiento. John devolvió el coche pero se negó a rendir cuentas ante nadie. Al menos, los que recuerden la mítica Corrupción de Miami sabrán que el Ferrari de Crockett era una pantalla lujosa puesta por el Departamento de Policía de la ciudad para que el detective de antivicio se codeara con los mafiosos del lugar sin desentonar en sus ambientes de lujo.

Por no hablar de los multimillonarios ingresos inmobiliarios a lo largo de toda la costa oriental y que el crack de la construcción ha dejado heridos de muerte, cuando no certificado su defunción. Un ejemplo de los excesos injustificados es la nueva terminal del Aeropuerto Internacional de Miami. Un moderno edificio abierto en noviembre de 2009 pero que no estará operativo hasta 2011. La obra ya acumula un sobrecoste de más de 2.000 millones de dólares. Y nadie parece saber a dónde han ido a parar. La palma se la lleva el nuevo estadio de los Marlins, el equipo local de baseball que actualmente está realizando una de las peores campañas de su historia. Sólo el coste del aparcamiento del nuevo coliseo pasó de 94 a 135 millones de dólares. Y los trabajos aún ni habían comenzado. Gran parte del presupuesto de las obras salió de los fondos públicos. Ahora con la marcha del equipo y pese al gran tirón de este deporte entre los latinos, sus gradas permanecen casi vacías encuentro tras encuentro, lo que no hace más que echar gasolina al fuego.

La esperanza —o la vía de escape—, está puesta ahora en el baloncesto. Por la autopista 95 en dirección a Miami se pueden ver carteles en los que el Condado de Dade “da la bienvenida” a los nuevos héroes locales: LeBron James (el jugador de la NBA mejor pagado, 110,1 millones de dólares por seis años) y Chris Bosch. Ambos han cambiado el frío de Cleveland y Toronto respectivamente para, junto a Dwyane Wade, tratar de romper la hegemonía de los Lakers de Kobe Bryant y Pau Gasol. Pese a la expectación, las críticas por lo exagerado de las cifras de la operación se han sucedido.

Entre tanto, la tasa de desempleo estatal está, junto a la de Michigan, entre las más altas del país y cada vez más gente abandona Miami en busca de lugares de residencia menos costosos en una nueva ola que puede dejar el centro de la ciudad a la altura de otras urbes que han tenido peor suerte, léase de Detroit.

Martínez es muy claro a la hora de hablar de la situación. “El hombre tiene poca memoria. Y el votante menos todavía. Ahora todos le echan la culpa al Gobierno de Obama”, señala este demócrata que en las primarias se alineó con la senadora Clinton, hoy secretaria de Estado. “Pero nadie se da cuenta de que todos hemos sido los responsables, inflando una burbuja que ha terminado por explotarnos entre las manos”.

Cuba en la retina

La calle ocho (SW 8th Street) es una interminable avenida que recorre la piel de Miami de este a oeste. Uno de sus tramos se conoce como la Pequeña Habana por razones más que evidentes. Pasear por sus calles es una suerte de inmersión en una Cuba que permanece estancada en el tiempo. Concretamente en un 1 de enero de 1959. A lo largo de la avenida proliferan las tiendas de tabaco tradicional cubano, la mayor parte manufacturado en fábricas de la propia ciudad aunque es posible encontrar tabacos puros de Cuba, que llegan vía República Dominicana burlando el bloqueo impuesto a la isla por el gobierno de EEUU en 1960. En la esquina de la 8 con la 15 decenas de viejos y no tan viejos exiliados cubanos se reúnen diariamente, después de las doce del mediodía, para jugar al dominó y a las cartas en una pequeña plaza cubierta, construida ad hoc para que el sofocante calor veraniego no arruine el juego.

El lugar es un paso obligado para el turismo que recorre la calle mientras los jugadores, indiferentes a los flashes, continúan con el movimiento de las fichas y con su tertulia diaria. Caminando hacia el este se llega al gran mural que abre la calle 14. Es una pintura de unos 25 metros de largo sobre una pared color beige. En ella están representados un sin fin de personajes históricos en una sucesión espacial sin aparente sentido, más allá de  la fórmula libertador de las Américas, artista latino. Abraham Lincoln junto a José Martí y éste junto a Simón Bolívar. A poca distancia están los rostros de Celia Cruz, Tito Puente, Selena o Carlos Gardel, entre otros. A la izquierda de Celia, un águila de cabeza blanca y la Estatua de la Libertad, símbolos de EEUU. De la Revolución ni rastro. Ni rastro de Fidel Castro ni de sus barbudos. Ni rastro del Che, el mismo cuyo rostro con la mirada perdida en el infinito lucen orgullosos los jóvenes de medio mundo en sus camisetas.

En Little Havana (en inglés) la política lo llena todo pero su representación solemne se hace esperar hasta el Cuban Memorial Plaza, en la intersección con la calle 13. Allí, la historia se ha dado la vuelta y los malogrados “invasores imperialistas de Playa Girón” (para los castristas) se convierten en los “héroes de Bahía de Cochinos”. Un monolito de unos dos metros de alto en mármol negro recuerda a los mártires de la brigada de asalto que, entrenados y dirigidos por la CIA, intentaron invadir la isla el 17 de abril de 1961. La operación, una de las peor organizadas de la historia militar fracasó en menos de 72 horas. Las causas de aquel fiasco están todavía hoy rodeadas de sombras pero éste fue el inicio de una brecha entre el exilio cubano y el Partido Demócrata que todavía hoy sigue sin cerrarse. Por no abonarnos a las teorías conspiratorias que ven en aquel incidente, interpretado como una afrenta por ciertos sectores, el inicio del dramático final del presidente John Fitzgerald Kennedy, un 22 de noviembre de 1963 en una calle del centro de Dallas.

Cincuenta y un años después del triunfo de la Revolución de Fidel, el régimen cubano ha ido perdiendo adhesiones y el eterno comandante ha sido obligado por la enfermedad a ceder el timón a su hermano Raúl, de 79 años. Con ochenta y cuatro años recién cumplidos el pasado 13 de agosto, Fidel parece haberse rendido a la naturaleza después de haber sorteado los envites de EEUU y el exilio cubano durante décadas. A excepción de contadas ocasiones, la última un discurso pronunciado en la escalinata de la Universidad de La Habana el pasado 9 de septiembre, el hombre que ha dirigido los destinos de la isla durante 47 años ha cambiado el uniforme verde oliva por el chándal Adidas con los colores de la enseña cubana.

Retirado de la dirección administrativa activa, un hecho que reconocen hasta los dirigentes del exilio de Miami, el comandante se dedica ahora a la reflexión política. Si en plenas condiciones físicas asombraba por su capacidad oratoria, capaz de pronunciar discursos de hasta ocho horas sin desfallecer, ahora lo hace por su capacidad literaria, mientras que el gobierno de la isla es ejercido ahora por su hermano Raúl. Prolífico articulista y ensayista en la prensa (oficial) cubana tiene su mirada puesta en los peligros que acechan a la paz mundial. Especialmente lo que él llama nueva escalada atómica protagonizada por EEUU en su enfrentamiento con el régimen de Irán. En sus últimas intervenciones ha criticado al presidente iraní, Mahmoud Ahmadinejad, a quien ha recriminado su negativa a reconocer al Estado de Israel o la existencia del Holocausto judío. También ha tenido tiempo para cierta autocrítica, como lamentar el trato del régimen hacia los homosexuales o, la última, reconocer en una entrevista que “el modelo cubano ya no funciona, ni siquiera para nosotros”. Aunque esta última frase es susceptible de múltiples interpretaciones.

“El interés de Fidel se centra ahora en la política exterior y el manejo interno lo ejerce Raúl, después de años a la sombra de su hermano”. El análisis corresponde a Jaime Suchlicki, director del Instituto de Estudios Cubanos y Cubano-americanos de la Universidad de Miami, uno de los principales think tank del exilio. Suchlicki, cubano nacionalizado americano, me recibe en su despacho enfundado en una elegante guayabera negra. Las paredes de la habitación están cubiertas de estanterías repletas de libros y los pocos huecos están ocupados por escasas fotografías, una de ellas de José Martí. La bandera de EEUU comparte protagonismo con la enseña cubana. Desde hace meses se habla de los gestos de aperturismo llevados a cabo por el régimen como la liberación de casi medio centenar de ex presos políticos con la mediación del Gobierno español y la Iglesia católica. El destino de estos ha sido España aunque la secretaria de Estado de EEUU, Hillary Clinton ha anunciado recientemente que su país también acogerá disidentes.

Suchlicki desconfía del supuesto aperturismo. “No hay un cambio sustancial real. Son gestos calculados que responden al interés de Raúl Castro por influenciar a EEUU”, insiste. En su opinión la estrategia de los nuevos dirigentes cubanos está clara. En primer lugar, Raúl pretende conservar el poder, que no haya una explosión social dada la precaria situación de la isla. En segundo lugar, tratar de que EEUU termine de levantar lo que queda del embargo. Por eso, indica que “la comunidad cubana es muy crítica tanto con el papel que está llevando a cabo el Vaticano como el Ejecutivo español”. Para el exilio, ambos mediadores sólo le están haciendo el juego a Raúl por sus propios objetivos, proselitismo en el caso de la Iglesia e intereses comerciales en el caso de España.

Pero, qué lugar ocupa en el proceso EEUU. “Para la Administración Obama, Cuba no es una prioridad”, señala rotundo Suchlicki. El Ejecutivo estadounidense permite ya a los cubano americanos volar regularmente a la isla desde Miami, además del envío de remesas, hoy una de las fuentes de ayuda más importantes que reciben los cubanos. “Mientras el Gobierno cubano no ofrezca concesiones serias, me refiero al aperturismo político y económico, la Administración Obama no llevará a cabo cambios sustanciales”. A la pregunta de si para que eso ocurra es condición indispensable la desaparición de Fidel y Raúl, el académico se muestra contundente. “Raúl teme que las aperturas puedan desestabilizar las elites dirigentes, por lo tanto por qué cambiar”. No obstante, no espera una contestación social, ya que los cubanos “están acostumbrados a la situación”.

Recorrer la Pequeña Habana y hablar con miembros del exilio hace que surjan preguntas en torno a por qué el régimen comunista cubano concita todos los odios y críticas de occidente, mientras ese mismo occidente no tiene ningún complejo en sentarse a la mesa con los dirigentes chinos, artífices de un sistema perfecto que combina el capitalismo de estado con el gobierno de partido único. Jaime Suchlicki sonríe y respira hondo. “El régimen cubano es la última dictadura que queda en América Latina, pese a la deriva de Chávez en Venezuela, y es una obligación moral ponerle punto final. Después está la propia naturaleza de la Revolución, una idea romántica que fue apoyada masivamente pero que después se traicionó a sí misma desengañando a muchas personas. Esas pueden ser las razones del enconamiento”. De China, nada.

Pronuncia la palabra enconamiento y precisamente eso es lo que el paseante ocasional puede observar si echa un vistazo a los medios de comunicación del exilio o si habla con sus gentes en las calles de la Pequeña Habana. Una negativa absoluta a cualquier tipo de diálogo con las autoridades de la isla, la otra cara de una misma moneda condenada a convivir con su reverso pero nunca a encontrarse. “El exilio ha cambiado mucho y está muy diversificado”, sostiene Suchlicki. Las nuevas generaciones han perdido la beligerancia de sus padres y abuelos y en los últimos diez años han llegado a EEUU miles de cubanos a raíz de los acuerdos migratorios entre ambos países (20.000 al año). “Hay cientos de miles de cubanos a los que ya no les interesa la política ni derrocar a Castro, lo único que quieren es viajar a Cuba y ayudar a sus familiares”. El problema, como en otras latitudes puede ser que hay árboles aún demasiado altos que impiden ver el bosque. Suchlicki se incorpora y se acerca a la mesa que nos separa. “Hay un viejo chiste que dice que los exiliados cubanos no tienen dedo índice”. Muestra su mano derecha con el índice encogido al lado de los demás dedos extendidos. “Es porque llevan décadas golpeando con él en la mesa mientras dicen ‘el año que viene en Cuba”. Así durante cincuenta y un años.

En ese tiempo hay una cosa que se ha mantenido, como el régimen, indemne. Es el embargo comercial, económico y financiero en contra de la isla impuesto inicialmente en 1960 y endurecido paulatinamente en forma de leyes en la década de los noventa. Según algunas estimaciones, como consecuencia del bloqueo, Cuba ha dejado de percibir ingresos sólo en exportaciones y servicios por valor de 40.000 millones de dólares. Desde la otra orilla, la Comisión de Comercio Internacional de EEUU estima que las pérdidas en exportaciones estadounidenses suponen unos 1.200 millones de dólares anuales. Nadie parece haber ganado, pero la posibilidad de retirarlo es un tabú entre la dirigencia del exilio, mayoritariamente de filiación republicana, pese a que fuera de foco son muchos los que reconocen su ineficacia.

El demócrata Raúl Martínez siempre estuvo a favor del embargo. Hasta hace unos diez años. Le llevó tiempo, pero ahora es un firme opositor al bloqueo hasta el punto de que esta postura fue una de las que precipitó el final de su carrera política. “Fue el momento en que se comienza a hacer negocios con los chinos y, fundamentalmente, el caso de Elián [el niño balsero que fue devuelto a Cuba hace diez años y que se convirtió en un nuevo motivo de enfrentamiento entre el régimen y el exilio desembocando en una victoria internacional para Fidel Castro] lo que me abrió los ojos”. “Antes de que se restablecieran los vuelos con la Habana, mucha gente viajaba a Cuba pero lo escondía hipócritamente ya que lo hacía desde México, Panamá o Canadá”, dice. En su opinión, la razón por la que aún esta vigente está clara: “Es la única victoria del exilio frente al régimen de Castro. Si después de 51 años la única victoria es machacar al pueblo, valiente victoria”, asume. De sus palabras se desprende la misma alusión al enconamiento persistente entre los agentes de las dos orillas. Sin embargo, su postura, hasta cierto punto racional, contrasta con aquellas más viscerales. “Es muy difícil, casi imposible tratar nada con los asesinos”, sostiene Ivonne Cuesta a este respecto.

Independientemente de los movimientos que se puedan producir en los próximos meses (o años), Miami mantiene a la isla en su retina y una posible transición está en boca de todos. A la vez, concita nuevas preguntas.

La Universidad de Miami lleva años trabajando en los posibles escenarios que se pueden dar en la isla una vez llegado el colapso definitivo del régimen. De esos, el más lógico mira a la Unión Soviética y sus demás repúblicas satélites. “La historia nos ha enseñado que los regímenes comunistas no evolucionan, sino que colapsan y nuevas personas son las que activan los cambios. Han de desaparecer los principales dirigentes, comenzando por Fidel y Raúl. Después, las Fuerzas Armadas deben permitir el cambio político manteniendo ciertos privilegios”, cree Jaime Suchlicki. Pero esto es algo que, según él, tardará tiempo, puede que años, mientras que cualquier otra posibilidad —asesinato de los líderes, invasión o revuelta social—, es “muy improbable”.

Con el régimen todavía indemne hay quien se apresura a pedir elecciones libres como paso previo a iniciar contactos de cara a una democratización de la isla. Un error, piensa Raúl Martínez. “Es sencillo, si mañana ponemos elecciones libres la gente va a votar por los mismos que queremos que desaparezcan por la sencilla razón de que son los únicos que conocen”.

Otra cuestión es cómo reaccionará la población de ambas orillas ante un nuevo espacio político en la isla. “La pregunta no es cuantos se van de aquí para allá si no cuántos van a venir de allá para aquí”, sostiene el director del think tank cubano-americano en Miami. Descontada una vuelta de exiliados a Cuba —“la Cuba que vivimos ya no existe y es inútil pensar en volver más que de visita”, insiste Jaime Suchlicki, responsable de varios estudios al respecto—, cuando se cumple el trigésimo aniversario del Mariel hay quien se pregunta si sería posible un nuevo éxodo masivo. “No podría haber otro Mariel porque no estamos en la época de Carter, la economía no está para nuevas olas migratorias y EEUU no lo permitiría”.

Actualmente, la política de pies secos, pies mojados (si el cubano alcanza la costa de Florida puede quedarse en territorio estadounidense, mientras que si es detenido en el mar será devuelto a la isla), que EEUU mantiene para con los refugiados que llegan por mar puede dejar un resquicio para un nuevo éxodo masivo. Al menos, así lo ve el ex alcalde de Hialeah. “Dejemos a un lado la posibilidad de que el Gobierno de EEUU lo permitiera, cosa que no creo. Todo depend

e de si los exiliados quieren coger sus barcos para ir a recoger cubanos por la presión de sus familias, sólo hay que mirar al Mariel. Cuba no va a mandar barcos, más que nada, porque no los tiene”.

Ivonne Cuesta, experta en huídas en barco es la única que no tiene dudas. “Si hay posibilidad claro que habrá una nueva salida masiva”, manifiesta. “Sólo hay que ir a Cuba, ver como viven los cubanos que no pertenecen al régimen para darse cuenta de ello”.

Por el momento, todo son hipótesis y en lo que respecta a Cuba, como siempre, habrá que esperar.

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