Hubo un tiempo en que la cantinela de los niños disparando cifras y regalando pasta a diestra y siniestra suponía la banda sonora de mi infancia. El día anterior las clases había hecho una pausa para que los profesores se comieran el turrón y los niños saquearan los bolsillos de sus viejos bajo la excusa de que era lo que debía de ser. Primero fueron tres reyes que, llegando a principios de enero, conseguían aliviar las maltrechas nóminas de los progenitores que a duras penas habían sobrevivido al estipendio culinario de diciembre. Luego llegó un gordo barrigudo por obra y gracia de El Corte Inglés y la Coca-Cola y lo jodió todo. Con razón sea hoy misión imposible recuperar en Galicia la figura de O Apalpador. No quedan días libres en el calendario ni pasta en los bolsillos. El día de la Lotería se escucha el consuelo del pobre siempre rico en salud pese a estar al borde de la muerte. En la salud sólo piensan los que tienen la necesidad de consultar los recibos que te da el cajero cuando vas a buscar billetes, a poder ser de veinte que los de cincuenta te da hasta pena usarlos. Del día de hoy no soporto a esos pobres que de repente se comportan como nuevos ricos mostrando un billete con un número cantado por un crío mientras se pone hasta el culo de sidra asturiana ya que la mayoría de los bares de barrio no tienen champán. A mi siempre me dijeron que el dinero se tiene, no se enseña. Cosas de pobres, supongo. Al final siempre hay alguno que se acerca al supermercado de la esquina a buscar espumoso en cuanto aparece una cámara que una cosa es ser nuevo rico y otra es hacer el gilipollas en la tele con sidra El Gaitero. Un año el gordo cayó en Carballo y, claro, siendo como son los de Carballo la liaron parda. De la red han desaparecido la mayoría de los videos de aquel día. Uno de ellos dio la vuelta al mundo y no era para menos. En el fragor de la celebración, delante de las cámaras y agarrando a la sufrida reportera, a un tipo sin camisa no se le ocurrió otra que gritar al respetable: “Y ahora nos vamos de putas”. Una muestra más de nuevo riquismo. Todo el mundo sabe que los ricos no se van de putas y menos lo anuncian delante de una cámara. Desde el mismo bar de los hechos, días después, Sara volvió a salir por la tele para decir que su billete había desaparecido y que había algún hijo de puta suelto por el pueblo a punto de cobrar 300.000 euros robados. En el pueblo no se hablaba de otra cosa. Su calvario murió por inanición y aburrimiento como mueren todas las noticias que rodean a la lotería de navidad. Al día siguiente ver a nuevos ricos haciendo el gilipollas en la tele ya no le hace ni puta gracia a nadie. Al final el gordo de Sara fue cobrado y no por ella, al menos eso dijo el periódico. También hay quien dice que estaba debajo de la cafetera pero eso ya no era noticia.

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