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Diego E. Barros

Octavo día sin humo en los bares. Una parte de la ciudadanía cree que, por fin, España ha entrado en Europa. La otra, cautiva y derrotada como el ejército rojo camino Francia, fuma su rencor en la puerta de los bares. Y lo que es peor: bajo la lluvia. Yo no puedo estar más contento con la nueva atmósfera. Es llegar a casa y ya no siento la necesidad de poner la ropa en cuarentena y con ella encender una fogata en la terraza. La situación no deja de ser graciosa. El otro día, una amiga encendió por despiste un cigarrillo dentro del bar. Alarmada, con el cigarrillo abriendo paso y llevada por el mismo diablo corrió hacia la puerta como si le acabara de prender fuego al local mientras gritaba: losientolosientolosiento joder… El ejército derrotado en la puerta no deja de protestar. La puta, parecemos apestados. No te quejes coño, respiras, tomas el aire cinco minutos y encima haces amigos. Con un poco de suerte hasta ligas. Los cojones, dice secándose las gotas de lluvia de la frente. No ligo dentro que está oscuro, voy a ligar a la luz de las farolas. La ley antitabaco ha hecho que los especímenes del español medio salgan de debajo de las piedras. Uno al que lo que le gusta (sic) es ponerse en una esquina de la barra y ponerse (sic) hasta el culo de cervezas y mis (sic) cigarros y que ahora ya no sabe que hacer de su vida, indignado avisa: hay que montarla, joder, es que mecagoenlaputa, la semana que viene vengo y la monto, hay que hablar con los sindicatos, es que mecagoenlaputa… Claro ejemplo del español medio capaz de cortarse las venas cada cinco minutos, montarla pero la semana que viene y luego… vamos a tomar otra cerveza. Los hosteleros, noticia, están indignado con la nueva ley. Los hay hasta visionarios. En unas semanas nadie hablará de la nueva ley. En unos meses todo serán ventajas. Las terrazas se multiplicarán como votantes del PP. Los ayuntamientos tendrán ingresos extra durante todo el año. Los vendedores de estufas tan contentos y los hosteleros: caja doble, dentro y fuera más suplemento por estar en la terraza. Y Santiago, siendo optimistas, ya se parecerá a París pero sin franceses. Desde que se ha ido el humo en los bares proliferan los niños. Las posibilidades de escuchar la frase: y vosotros cuando os animáis? se han multiplicado exponencialmente. Esta última semana ha sido un exceso. Mañana vuelve la normalidad a nuestras vidas y la cuesta de enero a las escaletas de los informativos. Veo en Intereconomía la enésima tertulia sobre la ley antitabaco de este gobierno prohibicionista que, dice una, quiere obligar a las mujeres a abortar. Pienso en su madre y la ocasión perdida. Un tipo advierte de que el pérfido ZP prohibe el tabaco pero no el alcohol que, dice, es lo que más mata a nuestros (sic) jóvenes, porque como todos sabéis (sic) nunca se ha bebeido tanto en España como ahora. Rememoro la niñez en casa de mi abuela: primera hora de la mañana copazo, media mañana copazo, antes de la matanza, copazo de caña, durante la matanza, copazo de caña, después de la matanza, copazo y los primeros botellines o vinos que hay donde elegir que es casa rica. Para comer copazos de vino, con el café ese aguardiente o ese coñac. A media tarde en la partida copazo, a la tardiña esas tazas y a la noche en la cena botella de vino que hay que ir para la cama. Cuando había obrero en casa: niño ve al bar de Muras a por una caja de cervezas. Una caja que el obrero, hombre de sed infinita, se la terminaba en lo que hacía un par de masas. Antes se bebía mucho menos sí, recalca el tertuliano. Por eso hace unos años que en las obras comenzaron a proliferar los controles de alcoholemia. España y olé.

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