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Ahora que parecen despejadas todas las incógnitas me ha dado por hacer cuentas. Tengo 31 y en un par de meses 32. Dos carreras y un máster. Seis años trabajados de los cuales solo dos cotizados. Los otros cuatro yo era negro. Lo normal, me dijo un día un tipo del INEM. En diciembre de 2009 me despidieron aunque tenía un contrato indefinido, de esos que el empresariado español tiene que empeñar un órgano vital para liquidar. Acabé el paro en diciembre de 2010, el mismo día en que los telediaros informan de que el dinero da la felicidad. No me quedan puertas a las que petar así que si he de trabajar 37 años podré montar en el autobús del Imserso con pensión completa allá por los 69 mes más bien arriba. Eso si antes no lo arreglan los extraterrestres aunque echando un vistazo a la sección de Internacional de los periódicos, con un poco de suerte, ya no hará falta que vengan desde tan lejos a ponernos la puntilla. A pesar del empeño que hemos puesto a lo largo de los siglos, matarnos es más difícil de lo que parece y hay quien ha alertado de que si mañana llegan los marcianos van a pillarnos en bragas, así que mejor que vayamos poniéndonos las pilas. A mí con las previsiones científicas me pasa lo que a J.K. Galbraith con las económicas: su única función es hacer que la astrología sea respetable. El último ha sido un tal Simon Conway Morris el que le ha dicho a la ONU, que si existen extraterrestres inteligentes “serán parecidos a los humanos”, de manera que, “igual que se ha llegado a otros planetas” ellos tendrían que lograr “alcanzar la Tierra” en un breve periodo. Ya de entrada, esto es mucho advertir. Supone que los marcianos, de ser inteligentes, lo serán como nosotros. Considerar a la raza humana como inteligente daría para muchos y extensos debates pero lo que ya se pasa de galaxia es decir que igual que (nosotros) se ha llegado a otros planetas (sic), ellos (los otros) están al caer. A mi por llegar a otro planeta sólo me viene la Luna y no sé en qué lista de planetas aparece. De Marte por ahora estamos tan cerca como yo del desierto australiano: a un click de google en busca de una foto. Que un marciano lo mismo te sale príncipe que rana ya nos lo advirtieron Spielberg y Roland Emmerich. Aunque este último se pasó con lo de montar al presidente yankee en un caza para patearles el culo. Ambos, tipos listos, prefieren dedicarse a ganar pasta. Saben que decírselo a la ONU es más o menos como decírselo a mi madre. Creer en los marcianos es lo último que nos queda ya que los políticos, con la inestimable ayuda del mercado, se han cargado las ideologías. Por si fuera poco el jefe de la Iglesia S.A. parece empeñado en quitarle hierro al asunto. Después de que el infierno fuera un cuento chino para meter miedo a los niños pero luego no y el limbo un solar sin edificar, ahora es el purgatorio el que se ha quedado en pedo de cojones. A falta de sustancia, no me extrañaría que Benedicto XVI, como Raúl, acabase declarando un ERE. En todo caso, lo de los marcianos sería la de dios. Con ellos aterrizando en Majadahonda, ZP podría dar por terminada la crisis fijo. En espera de los marcianos yo prefiero recurrir de nuevo a Galbraith y aunque todo lo demás falle, siempre podemos asegurarnos la inmortalidad cometiendo algún error espectacular. Y a ver quién paga entoces las pensiones.

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