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Lo mejor de que las instalaciones del Gaiás se hayan abierto al público es que ahora los jubilados pueden por fin dirigir lo que queda de la obra. Ya enfilan la interminable cuesta del monte en cuyo final se encuentra la Cidade da Cultura. Eso sí, sólo por prescripción médica. Y ahí están ya comentando la jugada una mano en el paraguas y la otra en el Ducados. Dalle máis altura oh! Mete máis masa alá! Que che digo eu que ese muro moi dereito non vai. Que si, non ves que ten que ter forma de vieira. A min estas moderneces… Entre que suben y bajan se les ha ido la mañana, algo que agradecen en buena medida los trabajadores del Centro de Mayores de San Pedro que ahora pueden salir a la calle a echar un pitillo sin miedo de matar a uno de sus clientes. Sólo unos días abierto el complejo y el entusiasmo hace que broten los editoriales triunfalistas. Únicamente de los convencidos ya que los críticos ahora callan al haberse quedado sin objetivo al que disparar. Nin una palabra donde antes todo era despilfarro e hipoteca para una Galicia que soporta la peor crisis de su historia. Ya nos lo avisó él, que tanto protestó, que tanto sufre por el país.

El domingo por la tarde hice lo que me permitió la ausencia de resaca: hacer algo. Lo más de lo más en Santiago en este momento es vistar una biblioteca. Pero no una cualquiera, la biblioteca del Monte Gaiás, la Biblioteca de Galicia, uno de los dos edificios abiertos de la Cidade da Cultura. Al llegar allí ariba me sorprendieron dos cosas. En las alturas hacía un frío del carajo. La otra es que Eisenman leyó a Monterroso y al salir a la calle pude comprobar que el dinosaurio todavía seguía allí porque el complejo no tiene forma de Vieira (a menos que nos levanten a todos paa verlo a vista de pájao y, aún  así, ayudaría un tripi), sino de lagarto gigantón tirado al sol.

El Correo nos informa diariamente que el lugar es un éxito. Tanto que cualquier día no me extrañaría ver a Demetrio marcando un palito por cada visitante que entra en el complejo para, acto seguido, pegarle al gobierno por lo del tabaco, y al alcalde por lo de la calefacción exterior para fumadores. El hecho es que entramos a la biblioteca y sí, había mucha gente, tanta como un sábado por la tarde en el Ikea, tanta que los seguratas exteriores jugaban a los aparcacoches sin derecho a propina. Resultó una sensación rara, la de ver tanta gente deambulando por una biblioteca hojeando libros y estanterías semivacías. Libros variados y casi todos recién salidos de las cajas, colocados estratégicamente para armar bulto. Igual que en el montaje de un apartamento moderno en el Ikea. En un rápido vistazo me dio tiempo a localizar dos ejemplares de un diccionario de biblioteconomía con cuatro estanterías de distancia. Yo  no entiendo mucho de archivística y documentación, de hecho, aprobé en septiembre dicha asignatura. Igual por eso no alcancé a comprender el sistema de archivado de la biblioteca.

Iba con mi abuelo que como buen abuelo ve el mundo en términos económicos. E quen vai pagar todo esto? preguntó. Nosotros, dije lacónico. Pois aínda vai pasar tempo para que deamos pagado esto. Se polo menos cobrasen entrada… Fue en ese instante cuando un segurata con sentido del humor terció: Si home si, que se cobraran entrada ía vir tanta xente a unha biblioteca, lo cual no deja de tener cierta lógica pero el mundo está muy raro ultimamente y los humanos hemos dado buenos ejemplos de cosas peores.

Y así siguió la visita, entre estanterías del Ikea y libros nuevos, cuando de nuevo me asaltaron las dudas. Dadas las migas hechas con el segurata, mejor acudir a la voz de la experiencia. Dónde están los ordenadores para consultar los fondos, le pregunté. El tipo esbozó una sonrisa y vio el cielo abierto. Non se preoupe vostede que lle vou ensinar onde están os ordenadores, sígame. Se dirigió a las filas de mesas de blanco impoluto, separó una silla y dijo, mire aí abaixo. En sus cajas, algunos, en las bolsas de embalaje, otros y tal y como el ingeniero los trajo al mundo, en el suelo estaban los ordenadores. Levan un par de semanas ahí porque aínda non veu ninguén a colocalos. Agardando a que Feijóo veña dar a orde, finalizó.

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