Cada año son exhumados alrededor de trescientos cuerpos del cementerio de Detroit y una procesión de restos humanos marcha destino a alguno de los camposantos de las ciudades que componen el condado de Wayne. Dicen que aquellos que en algún momento han vivido en la ciudad, o sus descendientes, creen que esta ya no es un buen lugar ni para los muertos.

Un poco de Historia

1967, arde Detroit

Cultura entre las ruinas

La primera vez que visité Detroit, hace unos cinco años, me invadió la sensación de caminar por el escenario de una película post apocalíptica. Detroit era escenario (figurado, la cinta se rodó en unos estudios en Texas) de uno de filmes distópicos por excelencia, Robocop, el éxito de los ochenta dirigido por Paul Verhoven.
Sin embargo, lejos de ser un set de filmación, Detroit es hoy real.

Su historia es la del auge y caída del capitalismo, sistema económico abrazado por todas las sociedades desarrolladas cegadas por una luminaria que impide ver su lado oscuro y cruel, y cuyas cenizas se esparcen a los cuatro vientos en este desierto de asfalto, rascacielos y grandes factorías abandonadas. Sus esqueletos, imponentes ante la mirada del visitante, se erigen como símbolos de que, aquí sí, cualquier tiempo pasado fue mejor.

En los albores del siglo XX, Detroit fue bautizada como el París del Oeste debido a la magnificencia y belleza de su arquitectura, resultado también de otro de sus sobrenombres, Arsenal de América, cuando sus fábricas abastecían las necesidades del imperio que salió victorioso de ambas contiendas mundiales. Eran los años cincuenta y la industria automovilística, santo y seña del estado de Michigan y de todo el país, constituía una suerte de gallina de los huevos de oro que parecía inagotable.

Pero lo era. Junto al drama económico, el social y, en los convulsos años sesenta, la ciudad ardió como la pólvora a causa del odio racial. Nada invita a la esperanza en la ciudad más pujante de uno de los estados más golpeados por la cara mala del capitalismo. Pero, Detroit, como el ave Fénix se resiste a resignarse a su suerte. La ciudad del Motor (otro sobrenombre) ha sido capaz de reinventarse cada cierto tiempo. Algo que se debe, fundamentalmente al orgullo de sus ciudadanos. Y ahora, algunos, están empeñados en protagonizar este renacer.

Descenso a los infiernos
Basta con dejar a un lado la autopista 75 dirección sur y adentrarse en la interminable avenida Woodward para hacerse una idea de la caída en picado protagonizada por Detroit. Pongamos por ejemplo el punto de salida de esa ruta en Bloomfield Hills, uno de los suburbios que rodean a la urbe. Junto a este, otros como Rochester, Birmingham, Royal Oak o Ferndale componen el próspero Oakland County, otrora el condado con la renta per cápita más alta de EEUU y una isla que separa Detroit de su hermana pequeña en desgracias, la ciudad de Pontiac, nombre de la tribu india originaria de aquellas tierras y, como no, de una marca de coches hoy desaparecida por cuestiones del mercado. Esos suburbios intermedios nacieron como destino de las miles de personas que huyeron de Detroit desde 1967.

El trayecto es rápido. Sólo interrumpido por los semáforos de una carretera estatal convertida en avenida de facto. A medida que se recorren sus treinta millas, se observa el cambio en la morfología urbana. Las casas de ladrillo rojo con aire victoriano reluciente bajo el sol de agosto van dando paso, poco a poco, a viviendas unifamiliares en contrachapado imitación a madera. Desconchado. Cuanto más grande se hace el perfil de Detroit ante los ojos del viajero, más palpable se hace el abandono. De viviendas y de naves que en otro tiempo fueron prósperos negocios. Restaurantes, gasolineras, lavanderías y tiendas se esparcen a ambos lados de la carretera con las ventanas cubiertas por tablones de madera.

El viaje protagonizado por la ciudad ha sido descrito de muchas maneras. Para la periodista Rebecca Solnit Detroit es el ejemplo más palpable de lo que ella llama Post-América: “Detroit es una ciudad en la que parece que el reloj corre hacia atrás. (…) Este continente no ha visto una transformación como la de Detroit desde los últimos días de los mayas”

Las estadísticas no mienten: Noventa y dos mil viviendas abandonadas, una población de alrededor de 900.000 habitantes según el censo de 2009 (un millón menos que hace veinte años), el 83% de raza negra y una de las tasas de desempleo más altas del país (15,5%, frente al 9,7% nacional). Pero hay más. Según el estudio sobre inseguridad urbana realizado en 2010 por la Florida Atlantic University, Detroit vuelve a ser la tercera ciudad más peligrosa de América, la sexta en cuanto a número de de muertes violentas, 365 asesinatos de un total de 17.868 delitos cometidos, frente a las 15,241 muertes y 1.318.398 delitos a nivel nacional.

Las malas noticias no impiden que aflore el sentido del humor. En la web local Detroit Yes, uno de los foros solicita a los internautas un nuevo lema para la ciudad. Una de ellas lo tiene claro: “Let’s stop killing each other. Duh-uh!” (Dejemos de matarnos unos a otros!)

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El cartel de la Milla 8, vecindario popularizado por ser el lugar de origen del rapero Eminem, marca el límite norte de la ciudad. Más allá de la Milla 8 se extienden los suburbios blancos, con una economía y un nivel de vida más o menos pujantes. Al sur, hacia el centro de la ciudad todo es abandono simbolizado por algunos de los más importantes rascacielos de EEUU levantados en la época de esplendor y que hoy se han convertido en gigantes con pies de barro y ventanas tapiadas que sirven de resguardo a los sin techo que deambulan por sus calles.

La sabiduría popular de la ciudad dice que cada vez que nace un nuevo edificio, otro es abandonado, y lo mismo ocurre con los excasos nuevos vecindarios. El más reciente de ellos levantado a apenas unos cientos de metros del estadio de los Tigers, el Comerica park. El gancho para los futuros compradores es un arma de doble filo: vive donde está la acción.

El estado de los barrios residenciales es todavía más dramático. En la mayoría se pueden observar casas de gran belleza todavía habitadas que comparte calle con decenas de viviendas deshabitadas o simples solares con las líneas de la casa que un día se levantó en ellas todavía marcadas. Así transcurre buena parte del trayeco hacia el centro, por avenidas como Wabash Street en el lado oeste de la ciudad o Pennsylvania o Fairview en el lado este. Dentro de ese paisaje apocalíptico sólo hay dos islas. La primera de ellas, al noroeste, se sitúa en los alrededores de Boston Edison un barrio de elegantes casas donde vive la élite afroamericana. Allí está The Turkel House una de las viviendas de diseñadas por Frank Lloyd Wright en 1955. Tras años de abandono ha sido recientemente comprada por 400.000 dólares, un precio de subasta, según los expertos.

Woodward muere a los pies del Renaissance Center, el conjunto de tres rascacielos plateados que sirve de cuartel general de la otrohora todopoderosa General Motors y de imagen turística para la ciudad. Más allá, el río Detroit separa EEUU de Canadá. Más que otro país, otro mundo.

De la resistencia a la acción
El lema oficial de la ciudad es “Esperamos cosas mejores, resurgirá de sus cenizas”. En espera de que se cumpla hay ciudadanos empeñados en poner su grano de arena para, entre otras cosas, revertir uno de los versos acerca de Detroit del cantautor oriundo de Michigan, Sufjan Stevens: “una vez fue un lugar fantástico, ahora es una cárcel”. Una de esas personas Phillip Cooley. Tras una exitosa carrera como modelo internacional, Cooley ha regresado a Detroit convencido de que esta es “una ciudad llena de oportunidades”. En poco tiempo ha abierto un restaurante, Slows Bar BQ, y se ha puesto al frente de varios proyectos de revitalización de la ciudad. 

“Detroit está hambrienta de nuevos y pequeños negocios”, dice. Detroit evidencia grandes carencias, indica, sin embargo es un lugar lleno de espacios que son óptimos para llevar a cabo esa masiva rehabilitación, para levantar nuevos negocios y poner en práctica nuevas ideas, las cuales pronto darán sus fruto a nivel local. Cooley es prototipo de los nuevos habitantes que con mcuentagotas se están acercando a la ciudad que un día abandonaron. Jóvenes, on estudios, emprendedores y profesionales liberales con interés por construir cosas por sí mismos. Su gran proyecto es transformar el Parque Roosevelt, una gran explanada delante de la abandonada Estación Central de Michigan: “Detroit necesita más espacios verdes en los que los habitantes de la ciudad puedan interactuar entre ellos fuera de sus casas”, señala.

Dentro de esa búsqueda de nuevos espacios verdes se sitúa el movimiento que persigue la creación de granjas urbanas en los vecindarios de Detroit. Mark Covington, de 38 años, es uno de esos ciudadanos empeñados en cambiar el destino de la ciudad en la que ha vivido desde que era un niño. Aprovechando la fisionomía de unas calles que albergan la increíble cifra de 33.000 solares, con otros ha puesto en marcha proyectos de agricultura urbana. Partiendo de  modelos como las llamadas comunidades en transición (Transition Towns), y la agricultura de guerrilla, entre otras tendencias contemporáneas sobre urbanismo sostenible, muchos solares están siendo convertidos en huertos urbanos.

Un ejemplo de ello es la granja de Linwood Street, un oasis rodeado de inmuebles semi-derruidos por el fuego, edificios vacíos, maleza y basura. Con una extensión de varias manzanas, cumple su cuarto año de cosecha.  En ella los vecinos plantan maíz, calabazas y patatas, a la vez que se ocupan de mantener el vandalismo alejado. Este huerto ha sido desarrollado y promovido por Urban Farming, organización creada por Taja Sevelle, antigua protegida del cantante Prince.

Ashley Atkinson es la directora de otro de estos proyectos vecinales, The Greening of Detroit, que apoya un centenar de huertos ciudadanos en la ciudad. “Se trata de reuperar la ciudad pero también y más importante es abastecer de productos básicos a nuestros vecinos”, mantiene. “La agricultura urbana, dolar por dolar, es el agente de cambio más efectivo que nunca podrá haber en una comunidad”, dice.

Al lado de estos huertos ciudadanos existen proyectos de mayor envergadura como Hantz Farms que, respaldado con millones de dólares, tiene la intención de erigir la mayor granja urbana del mundo, justo en el centro de Motor City.

Todo este movimiento verde tiene una explicación social, pero tratándose de EEUU, también económica: el tremendo auge que la agricultura ecológica está cosechando en norteamérica. Desde hace unos años son frecuentes en las grandes ciudades la celebración de los llamados Farmers Markets (mercados de granjeros) donde los pequeños productores ofrecen cada fin de semana productos agrícolas recién llegados de sus granjas. ¿Es una moda? Sí. El precio de estos productos es sensible superior a los que se pueden encontrar en las grandes superficies y sus consumidores potenciales son gentes de cierto nivel económico y cultural. Pero también puede sr el punto de partida para un cambio de tendencia.

“Al final, de lo que estamos hablando es de una utopía”, reconoce Cooley, consciente de los retos que hay por delante. “Detroit es una gran ciudad segregada a causa de enormes estructuras y espacios abandonados por lo que volver a conectarla resulta muy complicado”.

Lecciones del desastre
Hay quien dice que todavía queda esperanza en esta ciudad que parece olvidada por el resto de EEUU siguiendo una costumbre muy americana: si algo falla, no intentes arreglarlo, simplemente compra algo nuevo. Daniel Okrent, periodista de la revista Time visitó su ciudad natal para escribir un artículo intentando no caer en el derrotismo. Lo consiguió a medias y dejó la que podría ser una moraleja para esta historia. La historia de esta ciudad símbolo del capitalismo estadounidense “es también la erosión de las industrias que ayudaron a construir el país tal y como hoy lo conocemos. El destino último de Detroit nos revalará muchas cosas sobre el carácter de EEUU en el siglo XXI”. Lo que pudo ser y no fue, o el anticipo de la caida de un imperio. Por el momento, el presidente Obama ya ha lanzado una advertencia.

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