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Desierto de Mojave (M.A.B)

Cinco menos cuarto de la tarde en una cantina en medio de ninguna parte, del desierto. Y Rábade esperando sentado ante una mesita redonda de arenisca que nace del propio suelo, como una seta mineral. Hay unas cuantas más alrededor formando terraza, sin que nadie las ocupe. Él permanece con las manos en el regazo (con la pose del que visita una casa repleta de objetos valiosos fáciles de romper), ante el presentimiento de que la mesa se desintegrará si refriega demasiado los brazos contra ella al apoyarse. Entonces el café con hielo se derramaría justo donde ahora reposan sus manos, así que se podría concluir que todo se trata de una estrategia preventiva. El asiento es un taburete de madera de tres patas que, claramente inadaptado al terreno pedregoso, cojea y supone otra amenaza más para el pobre Rábade, que mientras procura mantener la quietud no deja de preguntarse en su fuero interno por qué accedería a citarse con el prosista en semejante lugar. Con El Prosista, con mayúsculas más bien, pues por el momento es la forma más precisa de la que dispone para referirse a él, aparte de Anónimo Incordio, acaso. Parece mentira que no se presentase debidamente en el momento de la llamada telefónica que le realizó el día anterior para citarlo en esa tasca tan lynchiana (bueno, tasca no, cantina, que el tema de la arenisca es muy de western, pero sin tampoco llegar a saloon a causa de la falta de bailarinas de liguero flojo). ¿Y todo para qué? Porque por lo poco y confuso que comentó parecería que pretende realizar una entrevista, pero habiéndose definido como prosista vaya uno a saber. Suena a que ni él sabe lo que es ni a qué se dedica, y que a riesgo de sentirse cojo como periodista o como escritor ha decidido inventarse una categoría hermafrodita bajo la que capear el temporal.

Y mientras mentalmente se deshace en críticas se le ha puesto delante la figura de este tipo con bigote de pseudo-dandy y sombrero de yuppie, salido de ninguna parte, que le tiende la mano justo delante de la nariz, y Rábade se pregunta si querrá que se la bese o algo, o si le está sugiriendo que se levante y le está ofreciendo impulso, porque decididamente esa no es la altura adecuada para un apretón. Al final por curiosidad levanta una mano y resulta que sí, que va y se la estrecha, así que mientras la devuelve rápidamente a su posición de origen piensa que por huevos este tiene que ser El Prosista, y efectivamente, el mismo que viste y calza. Se excusa por estar sediento y corre adentro a pedir un vermut con hielo, luego tal vez la conversación sea animada después de todo. Rábade se acuerda de su café y apura el último trago antes de que se diluya por completo. Los hielos no resisten, pero el agua que dejan puede ser valiosa más tarde, así que vuelve a depositar con cuidado el platillo sobre la mesa que se resquebraja un poco, y cuando lo hace los nervios se le resquebrajan otro poco a él.  Se da la vuelta para comprobar si el compañero sale de una vez y advierte que dos ancianos se han sentado en el banco que está junto a la entrada, que también es de arenisca (tal vez no sea tan frágil después de todo). Ambos guardan exactamente la misma postura, de tripa prominente, y bajo sus gafas de sol dirigen la mirada al arenal infinito, como esperando a que por cansancio de la vista, por ironías de la percepción, aparezca una montaña en el horizonte que haga que tener los ojos abiertos merezca un poco más la pena. Aunque sea por contraste.

Rábade se fija mejor y advierte que uno de ellos tiene la boca abierta. La gravedad parece la responsable, signo de siesta en curso, así que sólo cabe centrarse en el segundo, al cual habrá de seguir apoyando moralmente mientras mantenga las fauces correctamente ensambladas. Ahora una figura emerge del interior umbrío de la cantina, y a ver si resulta que es El Prosista, que cuanto antes se empiece antes se acaba y antes puede uno volver a una civilización vertebrada por aparatos de aire acondicionado. Pues no, vaya por dios, resulta que es una femme fatale de labios carmesí con los que tiñe la boquilla parda de un cigarrillo rubio, y que recién apoyada contra la jamba de la entrada y cruzando una pierna por delante de la otra, parece observarlo con curiosidad. Oh, pero una curiosidad indolente, como se observa a dos moscas montándose, nada corrosivo. La sonrisa, si es que realmente apunta una sonrisa, es de medio lado, revolcando el cigarrillo en los labios como si lo estuviese liando en la propia boca. Sus pensamientos se proyectan a través de las gafas oscuras: ¿por qué estás al sol en un día tan caluroso, en un lugar tan árido, y aún más con esa calva sudorosa que te corona la cabeza? Eso es penitencia, nada atractivo, y justo lo contrario de la determinación, es el castigo autoinfligido por la perspectiva de no ser suficiente, por la culpabilidad puritana, ese es el escudo del que no hace realmente nada salvo soportar. Y cargar, todos cargamos con algo, cariño,  de tal manera que no hay nada que te haga ser en absoluto de mi interés; mi tabaco ya se consume, así que lo escupo para que el sol lo aplaste junto a ti. Tal vez quieras recogerlo. Y entonces la pierna delantera se descruza con un barrido de tango, describiendo un arco suficientemente grande para dar media vuelta a todo el cuerpo, y antes incluso de que finalice Rábade ya se ha vuelto a su vez, incapaz de soportar el juicio tácito al que acaba de ser sometido.

La nube de polvo levantada por el tacón del zapato lo ha alcanzado, mezclándose con el sudor de su nuca y haciéndole sentir demasiado repulsivo e indispuesto para la entrevista, o eso que quiera que El Prosista pretenda abordar. Se examina con una mano y sus dedos vuelven impregnados de una pasta marrón. Mira hacia todas partes buscando refugio, lo mismo da en el fondo de una sima que en la guarida de los Mengues, cualquier lugar excepto allí. Pero aquello es la nada, polvo y calor. Un paisaje desdibujado de espejismos, un trampantojo jocoso… Puaj, la garganta reseca. Rábade absorbe el agüilla residual del vaso de café, pero no es suficiente para aplacar el escozor. Carraspea violentamente mientras se levanta, pateando accidentalmente el taburete que cae rodando a trompicones hasta empotrarse con la pierna del segundo anciano. Tras un instante de retardo, su mandíbula también cede. Rábade se apresura al interior de la cantina pero en la puerta es retenido por El Prosista, que ya vuelve con dos vermuts, y es que si No Martini, no party, comenta con una sonrisa de medio lado guardando cierta confianza que nadie le ha otorgado. Rábade, pálido e indispuesto, ya no se esfuerza en decir nada y se concentra en superar su dificultad respiratoria. Aguanta el aliento y se bebe un vermut de penalty. Entre los carraspeos se alcanza a oír una vibración grave desde el interior, un ronroneo que viene y va, como el quejido de un hombre que se revuelca adormecido de un lado al otro de la cama. Rábade le pregunta a El Prosista si ahí dentro hay un ventilador, y éste le contesta que con certeza no, que la cantina es el colmo de lo primitivo, nada de tecnología, y le muestra un barreño con hielos donde se refrigeran las botellas de vermut. Rábade insiste, seguro que es el zumbido de un ventilador. El Prosista lo ayuda a incorporarse mientras la femme fatale cierra en sus narices la portezuela de la mosquitera, que para qué si en semejante lugar no puede haber mosquitos, y hasta le ha parecido que la malla se hinchaba por momentos, por ráfagas, seguro, pero como su entrevistador ya se lo lleva cargado al hombro para qué insistir, y vuelta a la asfixia y la suciedad de esa terraza.

El Prosista se echa a hablar y comienza a dar circunloquios sobre cómo le gustaría llevar la conversación, porque al parecer pretende abordar una conversación, no una entrevista, para luego redactar una especie de crónica florida del asunto y Rábade a partir de ahí ya no quiere saber más y mira hacia otra parte. Se fija en la mesa de arenisca, ahora le parece más resistente y le pega un manotazo para comprobarlo. El Prosista se sobresalta y le pregunta si se encuentra bien, y él responde que no, que se ahoga, que el polvo y la tierra y la arena se elevan como burbujas, como si alguien hubiese puesto el suelo en ebullición, y él lo aspira todo, por mucho que quiera evitarlo, y siente como que se le va depositando en la luz de las arterias, y mientras él se reseca y se convierte en un hombre de terracota tiene que escuchar la perorata pretenciosa que le están soltando, con la cual pretenden tomarlo por imbécil y hacerle olvidar que hay un ventilador allí dentro, de lo cual está cada vez más seguro porque si en la cantina no hay corriente a ver cómo cojones conservaron los hielos con los que se llenó el barreño en que se refrigera la botella de vermú. Y El Prosista le responde que se relaje un poco, que si tenía tanto calor haber avisado, que sacamos una sombrilla, y desabróchese un poco la camisa que no hay por qué guardar tantas formalidades, y ya le pido un agua fresca que para la sequedad es lo mejor, y se yergue y se va. Y Rábade se queda compungido en el mismo sitio donde empezó, pensando que quizás ya ha empezado así varias veces, esperando a El Prosista, contemplando a los viejos, eludiendo la mirada de la mujer de la cantina, soportando un sol que vuela en picado sobre él, preguntándose qué clase de ángel exterminador le impide entrar en la cantina o dónde diablos aparcó su coche sin estar tampoco muy seguro de haber llegado conduciendo. Y la asfixia ya no proviene tanto del calor como de esa idea de bucle que lo atrapa, pero que al rato se le olvida como otro espejismo del desierto. Y observa la mesa y le parece que la arenisca empieza a resquebrajarse y el temor se reduce a eso.

***Criado en familia de letras y habiendo invertido horas y horas en releer constantemente las colecciones de Astérix y Mafalda, Andrés Carrasco (Pontevedra, 1989) desarrolló con precocidad el interés por la narrativa y la creación. Se matriculó en la universidad como alumno de Comunicación Audiovisual para aproximarse al mundo cinematográfico, llegando a debutar como director con el cortometraje “Amencer vagabundo”, pero por aquello de diversificar acabó redirigiendo su imaginación hacia la galaxia Gutemberg. En el año 2009, recibió el primer premio de relato breve en el certamen Gzcrea por “Caderno de Somoza” y, animado por el reconocimiento, continúa escribiendo y trabajando en nuevos proyectos.
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