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El pasado 17 de septiembre salió a la venta en francia Blacksad 4: L’efern, le silence (Dagaud, 245.000 ejemplares en su tirada inicial, una locura para el mercado español). Habían pasado cinco años desde que ese gato con alma de Bogart nos hubiera regalado su última aventura en un álbum memorable que, bajo el título Alma Roja, nos devolvía a las míticas películas de espías rodadas bajo el telón de acero en los años 50. Cinco años han sido demasiados cuando hablamos de una de las series capitales de la BD nacional que, por cuestiones de mercado, sigue dependiendo en buena medida de lo que ocurra al otro lado de los Pirineos. Pero sobre todo, una eternidad para los amantes del buen, diría magistral, cómic en cualquiera de sus manifestaciones.  Había ganas y así lo demostraron los lectores galos colocando a Blacksad 4, en su primera semana, en el número uno de la lista de libros más vendidos de una conocida distribuidora de ocio. Y nótese que he dicho libros, no cómics.

Un par de meses después fue Norma (56 pp. 15 €) quien publicó esta cuarta entrega de Blacksad en la lengua original de sus autores, el dúo formado por Juan Díaz Canales (guión) y Juanjo Guarnido (dibujo y color). Sin embargo, Blacksad 4. El infierno, el silencio, ha tardado aún unos meses más en llegar a mis manos debido a que desde que estoy en el dique seco, las editoriales, han dejado de enviarme material y dependo exclusivamente de las capacidades de un bolsillo cada vez más menguante. Pero al fin, lo ha hecho y la espera ha valido la pena.

Cinco años y unos meses ventilados en poco menos de una hora de intensa y detallada lectura que han servido para certificar que la saga Blacksad sigue ocupando un lugar preferente en mi altar de viñetas particular. Después de que conociéramos a John Blacksad viéndoselas con la corrupción de los bajos fondos de una ciudad indeterminada (bien podría ser Los Angeles, o NY, o Chicago) en el primer número (Un lugar entre las sombras); en el segundo el gato detective se metió en un asunto de racismo para conocer al que, acertadamente, se convertiría en su secundario, el periodista Weekly. En la tercera entrega de la saga (Alma-roja), en plena guerra fría, supimos que el frío, cínico y calculador Blacksad también era capaz de albergar sentimientos románticos. Ahora, en la cuarta entrega de la saga todo cambia y  sus autores no se centran en un tema determinado y más allá del ambiente universalista de las anteriores es ahora una ciudad, Nueva Orleáns en los años 50, la que se erige en verdadera protagonista de la historia. Una ciudad mítica con la música como escenario capaz de envolverlo todo.

John Blacksad es contratado por un magnate musical para buscar a un célebre pianista local llamado Sebastian “little hand” Fletcher. La búsqueda, aparentemente sincera, servirá para que el detective, acompañado de Weekly, se sumerja en la trastienda de Nueva Orleáns, en sus carnavales, en sus interminables noches de múscia alcohol y mujeres pero también en la el reverso negativo que supone el mundo de las drogas, intimamente ligado a las grandes figuras del jazz. El título de esta entrega no es baladí. La dupla formada por el infierno y el silencio encierran la subtrama que se va a ir desarrollando a media que avanza la búsqueda y que, a la postre, se va a convertir en el verdadero motivo de la misma: el silencio ante la injusticia lleva a los que callan a vivir un infierno, a su vez, en silencio.

Díaz Canales realiza de nuevo un ejercicio de escritura memorable. En lo que se refiere a la caracterización del personaje potagonista, nos encontramos aquí a un Blacksad más profundo y existencial (las siete vidas del gato) pese a su abierto rechazo y crítica a las supersticiones populares tan presentes en una ciudad de mezcla cultural como es Nueva Orláns. En un momento está a punto de morir y un felino misterioso acaba salvándolo. No parece tener mucho sentido a priori pero quizá ya nos está adelantando algo de lo que puede llegar en futuros volúmenes. Pero en donde de verdad echa el resto es en la tremenda galería de personajes que van apareciendo a medida que avanza una historia narrativamente muho más compleja que las anteriores. Díaz Canales opta en esta cuarta entrega por una estructura fragmentada en la que las escasas 24 horas que dura la búsqueda se ven interrupidas por constantes saltos temporales, pequeñas micro historias como la tragedia de los músicos. En este abanico de personajes hay tiempo para el homenaje y así nos encontramos a Junior Harper, maestro del banjo y que recuerda obsesivamente a Cantagallo, del Robin Hood de la factoría Disney.

En cuanto al trabajo gráfico de Guarnido, decir que sigue siendo impresionante. Una sóla viñeta del granadino esconde más horas de trabajo y maestría en el arte de la narración gráfica que muchos de los cómics que, en ocasiones, caen entre mis manos. Su manejo del ritmo narrativo es impresionante, mecido aquí por los acordes estratégicamente colocados del jazz (pp, 15, 51-53). Todo fluye. La paleta de colores se adapta perfectamente a cada situación desde los oscuros nocturnos a los cálidos ocres y del cargado y húmedo ambiente de Nueva Orleáns. Y, nuevamente, cada vez que Guarnido regala una panorámica no queda más remedio que pararse a observar su virtuosismo. No sólo en los personajes, animales antropomórficos que beben de la fuente de Disney para superarla con creces, sino en el dibijo de la propia ciudad de Nueva Orleáns y su famoso desfile de Mardi Grass. Todo en este álbum es belleza encajonada en viñetas.

A un album así sólo cabe ponerle una pega. O quizás dos. Sus 56 páginas se hacen demasiado cortas. La segunda es haber leído ya los anteriores Blacksad y no ser un lector novel para poder acometer los cuatro volúmenes de una sola sentada.

valoración: 5 (1-5)
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