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Ciudadanos islandeses marchan en 2009 para protestar por la crisis del país

Mientras la Europa continental, Reino Unido y EEUU lamen sus heridas después de haber salvado a un sistema bancario internacional que ahora más o menos saneado, huele la sangre provocada en el cuerpo de sus salvadores (ahí está Portugal al borde de un precipicio por el que ya se han despeñado Grecia e Irlanda), pequeños movimientos de protesta y una revolución han ido surgiendo pese al escaso eco en unos medios de comunicación que siguen embebidos de la tesis oficial: todo por y para contentar los mercados.

Mientras occidente asiste indiferente a los últimos coletazos de las revoluciones en el mundo árabe con la esperanza de que los precios del petróleo vuelvan a ser propicios para los mercados y, aunque eso importe menos, para los bolsillos de los consumidores (ahí está la excepción libia)  ha sido en Islandia donde la revolución ya sucedió pese a que casi todos han intentado mirar hacia otro lado.

Esa pequeña isla del Atlántico, con una población de cerca de 331 000 habitantes y un área de 103 000 km², ha sido hasta el momento la única que ha dicho basta a los desmanes del sistema financiero. El primer paso fue tumbar a su Gobierno, el único hasta la fecha derribado tras el temblor financiero. Posteriormente, sus autoridades nacionalizaron los principales bancos del país a lo que siguió, en un referéndum sin precedentes, decir no al pago de la deuda que estas entidades habían contraído con ciudadanos de Gran Bretaña y Holanda, como consecuencia de sus ejercicios de ingeniería financiera. Dicha deuda asciende, según los cálculos, a casi 5.000 millones de dólares (3.500 millones de euros), intereses incluidos. Finalmente, los islandeses han sido los únicos  en llamar a las cosas por su nombre y lanzar órdenes de busca y captura contra los responsables de las entidades que pusieron al país al borde de la bancarrota en 2009. Y todo ello de forma pacífica. Puede que precisamente por eso, su ejemplo haya pasado casi inadvertido entre la marabunta de sucesos en la que se han convertido los informativos de medio mundo.

Sin embargo, pasados dos años del terremoto e inmersa en un proceso de reforma constitucional Islandia se enfrenta ahora a su mayor dilema. La cita será el próximo 9 de abril en un nuevo referéndum sobre el pago de la deuda y cuyo resultado puede ser un paso atrás en el camino de reformas iniciadas. Si en marzo de 2010 el NO arrasó con un 93% de los votos ahora las cosas no están tan claras y nadie es capaz de anticipar el sentido del voto de una población aquejada por las presiones internacionales y con el respaldo de unos resultados económicos favorables en los últimos meses. La decisión está nuevamente en manos de un pueblo que se dice cansado y que ahora ya parece dispuesto a rendirse y hacerse cargo de una deuda que no creó pero que pagarán todos las familias islandesas.

La revuelta

Por sus ventajosas condiciones fiscales y su alta rentabilidad, Islandia se convirtió a principios de la década en uno de los paraísos pàra invertir capital procedente de países como Gran Bretaña, Holanda o EEUU. Las instituciones financieras de un país que en 2008 contaba con la mejor calidad de vida en el mundo hicieron buenas las tesis de lo que luego se llamaría burbuja financiera: altos flujos de capital extranjero y calidad de préstamo en una ecuación que se sustentaba en una riqueza general que por entonces parecía no tener final. Si algo fallaba, pagaba la casa aunque de aquella nadie lo decía. Y algo falló. Fue en octubre de 2008 cuando las principales entidades financieras del país se declararon en bancarrota. Inmediatamente, las autoridades optaron por nacionalizar el Landsbanki, principal banco del país, una decisión que recibiría una respuesta tajante por parte del Ejecutivo británico de Gordon Brown: congelar todos los activos de su subsidiaria IceSave, con 300.000 clientes británicos y 910 millones de euros que habían sido invertidos por administraciones locales y entidades públicas del Reino Unido. Londres aplicó a Islandia la misma receta que utiliza en la congelación de capitales sospechosos de terrorismo, como le ocurre ahora a Gadaffi y compañía.

Pero el terremoto era ya imparable, la falla no dejaba de crecer. Al Landsbanki le seguirán los otros dos bancos, el Kaupthing y el Glitnir. Por entonces, la Bolsa de Reikiavik se hundió más de un 70% con lo que se suspenden todas las cotizaciones y la corona islandesa pierde la mitad de su valor. Los ahorros de todo un país se evaporan en cuestión de horas y sus ciudadanos no encuentran explicación alguna.

Miles de islandeses se concentraron frente a su Parlamento

A finales de 2008, Islandia vivió momentos de tensa calma con los focos mundiales puestos en su territorio aunque por poco tiempo. En un ambiente en el que todo eran preguntas, un popular cantautor, Hörður Torfasson, busca respuestas frente al Parlamento como primer cabecilla de un movimiento ciudadano que, en sus inicios, era poco más que una performance en la que apenas participan unas 15 personas. El descontento crece y el 22 de enero de 2009, más de 2.000 personas se encaran con la policía frente al Parlamento. Entonando consignas políticos y especuladores comienzan a lanzarles pintura, huevos y zapatos. Entre las autoridades reina el desconcierto de los que no han visto una movilización ciudadana en sesenta años. La última vez que Islandia se había echado a la calle había sido en 1949 para protestar contra el ingreso del país en la OTAN. Estamos hablando de un país con la población de Salamanca.

Al cabo de unas semanas un joven consigue trepar al tejado del Parlamento y sustituye la bandera nacional por la enseña de la cadena de supermercados Bónus: un trapo amarillo con un cerdo sonriente en el centro. Ante la afrenta, algunos diputados islandeses y miembros del Gobierno no dudan en tildar a los concentrados de “terroristas” y eso a pesar de que la pintura y los huevos iniciales han sido sustituídos pronto por flores con las que agasajaban a las unidades de policía apostadas a las puertas del hemiciclo.

Ante el hundimiento del su sistema financiero, el entonces Gobierno islandés decide acudir al Fondo Monetrario Internacional (FMI). Lo hace en las últimas semanas de 2008. Islandia se convierte en el primer país occidental en recibir un préstamo de esta institución desde 1976. Los mismos que no vieron (o no quisieron ver) los desmanes del sistema finaciero son ahora los que tratan de aliviar a sus víctimas. La receta es semejante a la enfermedad y la deuda externa islandesa verá multiplicada por nueve el PIB del país (unos 12.000 millones de dólares) fruto de la concesión de un préstamo por 2.100 millones de dólares al que habría que unir otros 2.500 millones procedentes de otros países nordicos y Rusia.

El trato fue cerrado por David Oddsson, por entonces gobernador del Banco Central islandés desde 2005 y ex primer ministro de 1991 a 2004. Su intención era utilizar el préstamo del FMI para afrontar el pago de la deuda a la corona inglesa y holandesa, sin embargo se topó con las reticencias iniciales de su sucesor al frente del Gobierno, el también conservador Geir Haarde.

Haarde, cada vez más presionado, decide tratar de acelerar el ingreso del país en la UE a pesar de la oposición de la mayoría del pueblo islandés. Estar bajo el paraguas de la UE haría más llevadera la crisis. Al menos ese era el mensaje inicial. Hoy, Islandia se encuentra en espera de formalizar su entrada, prevista inicialmente para 2013. El pago de la deuda es uno de los requisitos fundamentales y de ahí el próximo referendum de abril.

A principios de 2009 más de 10.000 personas se concentran diariamente en la plaza del Parlamento para pedir la dimisión en bloque del Gobierno. Incapaz de resisitir la presión popular, el 23 de enero de 2009, Haarden convoca elecciones anticipadas y tres días después dimite junto a todo su Ejecutivo. El islandés se convierte en el primer gobierno víctima de la crisis, sin unos comicios previos, hasta la fecha. Un nuevo Gobierno provisional formado por socialistas y ecologistas destituye al gobernador del Banco Central, Davíð Oddsson, así como a otros altos ejecutivos bancarios del país. Al frente del mismo se encuentra una mujer, Jóhanna Sigurðardóttir.

En los comicios del 25 de abril la coalición formada por la Alianza Social-demócrata y el Movimiento de Izquierda Verde, es ratificada por los islandeses, al igual que la primera ministra, Jóhanna Sigurðardóttir. El cambio de Ejecutivo no mejora la situación económica de Islandia y 2009 se cerró con una caída del PIB del 7%. Reino Unido y Holanda continúan presionando para recibir el pago de la deuda y el nuevo Parlamento elabora una controvertida ley por la cual el importe de la devolución se cifra en 3.500 millones de euros. Dicha suma debería ser pagada por todas las familias islandesas mensualmente durante los próximos 15 años al 5,5% de interés. Esta decisión acaba de encender los ánimos de una población cada vez más enfervorecida que, en la calle, solicita someter la ley a referéndum. En enero de 2010 el Presidente, Ólafur Ragnar Grímsson, se niega a ratificar la ley y anuncia la reclamada consulta popular.

El día 6 de enero de 2010, el 93% del electorado retifica el NO a la devolución de la deuda. Se trata de la primera victoria de lo que ya se conocía entonces como la Revolución Islandesa, todo un ejemplo de soberanía popular. A partir de ahí se sucedieron los cambios hasta el punto de que se crea una asamblea constituyente de 25 miembros, «ciudadanos de a pie», para reformar la Constitución del país. La actual data de 1944 y es una copia de la danesa.

La respuesta internacional no se hace esperar. El FMI congela las ayudas económicas a Islandia a la espera de que se resuelva la devolución de su deuda. La negociación para la entrada en la UE corre el mismo camino.

Un nuevo sistema

Ha pasado un año y el nuevo Ejecutivo de Sigurðardóttir ha introducido cambios sociales de calado en pro de una democracia más participativa y real además de aprobar nuevos derechos sociales. La primera ministra, una ex azafata de 66 años que ocupó durante ocho años el Ministerio de Asuntos Sociales, es abiertamente lesbiana. Es frecuente ver a su compañera Jonina Leosdottir en actos oficiales, lo que ha convertido a Sigurdardottir en la primera líder deun Gobierno abiertamente gay de la historia. El pasado 26 de junio, el Parlamento islandés legalizó (49 contra 0) el matrimonio entre individuos del mismo sexo, convirtiendo a Islandia en el sexto país europeo hacerlo. Una reevaluación del sistema legislativo y electoral está en curso en manos de una asamblea auto-constituida de ciudadanos que será la encargada de elabora una nueva Carta Magna.

Jóhanna Sigurðardóttir, primera ministra, en el centro de la imagen

Pero, sin duda, la iniciativa más importante ha sido la de buscar a los culpables de la crisis en lugar de premiarlo como han hecho todos los países occidentales.  De esta forma Reikiavik mantiene abierta una investigación sobre la deuda de capitales de la corona inglesa y holandesa y las condiciones del préstamo del FMI. Además ha levantado una orden de busca y captura a la Interpol  para algunos de los altos ejecutivos bancarios de su país, entre ellos, el ex presidente del Kaupthing, Sigurdur Einarsson.

Finalmente, y en una nueva medida que ha terminado por enojar a las potencias internacionales, Islandia ha elaborado la llamada Iniciativa Islandesa Moderna para Medios de Comunicación (Icelandic Modern Media Initiative), un proyecto de ley que pretende crear un marco jurídico destinado a la protección de la libertad de información y de expresión. Con ella, esta isla pretende convertirse en refugio seguro para el periodismo de investigación, donde se protegan fuentes, periodistas y proveedores de Internet que alojen información periodística. Islandia es el paraíso de redes como Wikileaks. Detrás de este proyecto está John Perry Barlow, experto tecnológico y partidario de la libertad de Internet, uno de los fundador de Wikileaks. Barlow está buscado por  EEUU bajo la acusación de haber divulgado materiales militares clasificados. La ira norteamericana la desató la publicación de un vídeo que muestra un bombardeo desde un helicóptero estadounidense a ciudadanos indefensos en Bagdad.

En el plano político algo ha cambiado. El pasado mayo, The Best Party, una agrupación política formada por gente procedente del mundo de la cultura se hizo con la alcaldía de Reikiavik. La capital con un 60% de la población es la antesala para llegar al puesto de primer ministro. Su programa no podía ser más iconoclasta y contenía promesas de lo más variopinto como “eliminar la droga dentro del parlamento para el 2020”. Encabezados por Jón Gnarr, un reconocido cómico cómico local hicieron de la transparencia el lema de campaña: “podemos prometer más, ya que de todos modos no lo vamos a cumplir”. El ahora alcalde Jón Gnarr en su discurso inaugural prometió no cumplir con sus disparatadas iniciativas electorales, pero en línea con la política nacional de la primer ministra Jóhanna Sigurðardóttir insistió en la necesidad de tener un barco cárcel en altamar donde encerrar a banqueros y políticos corruptos.

Recuperación bajo la espada de Damocles

La economía ha seguido pesando en la acción del nuevo Gobierno, hasta el punto de enfilar ya la senda de la recuperación. Organismos como la OCDE hablan de un avance del 1,5%, mientras que FMI es más optimista y duplica esta cifra. No se trata de un milagro, sino del resultado de la rapidez a la hora de gestionar la crisis y el cumplimiento escrupuloso de un plan de reformas que prácticamente ha reconstruido la estructura financiera y económica del país. La OCDE indica que el consumo privado crecerá este año un 2,2%, tras el derrumbe del 16% registrado en 2010. Las exportaciones, tras el estancamiento de los últimos años, aumentarán un 1,6%. De ello tiene buena culpa la devaluación sufrida por su moneda. Además se han elaborado iniciativas que permitan al sistema bacario recuperar las deudas internas haciendo más llevadero el pago de las mismas a las familias.

Sin embargo, la deuda de Icesave (unos 5.000 millones de dólares) sigue pesando sobre Islandia como la espada de Damocles. El FMI, tras congelar el préstamo incialmente tras el referéndum del año pasado, ha acogido con buenos ojos las reformas iniciadas y ha mantenido su ayuda. No obstante exige el pago íntegro de la deuda. Desde entonces, las leoninas condiciones iniciales (dicha suma debería ser pagada por todas las familias islandesas mensualmente durante los próximos 15 años al 5,5% de interés) han sido renegociadas. En primer lugar, Reino Unido y Holanda han rebajado los intereses desde el 5% previo hasta el 3% actual. En segundo lugar, el contribuyente solo deberá sufragar lo que los activos de los bancos quebrados no puedan cubrir. La buena noticia es que los activos de Landsbanki han visto incrementado su valo, principalmente inversiones en empresas, debido a la mejora de la economía.

Las nuevas condiciones para el pago de la deuda fueron aprobadas por el parlamento islandés, con el apoyo de la primera ministra Sigurðardóttir, el 17 de Febrero del 2011. Sin embargo, siguiendo el guión de un año antes, el acuerdo fue nuevamente vetado por el presidente, Olafur Ragnar, y, automáticamente, deberá ser el voto popular quien 9 de abril decida en un referéndum.

Regreso al pasado

Si en marzo de 2010 el resultado fue arrollador a favor del NO, ahora las cosas han cambiado y los islandeses se muestran partidarios de pasar página de una vez en lo que se parece más bien a una rendición. Así lo muestran las últimas encuestas, que señalan que un 63% de los votantes estaría dispuesto ahora a apoyar el pago de la deuda. Las cosas han cambiado sustancialmente, la gente cansada y pretende lavar su imagen de cara al exterior. He ahí el dilema, rendir la revolución iniciada o continuar una lucha que puede hacer que las consecuencias sean aún mayores.

Todo hace indicar que la presión exterior ha hecho su efecto. El FMI y la UE no olvidan que el ratting islandés sigue siendo calificado por las agencias que en su día santificaron los bonos basura como de “alto riesgo” con lo que exigen el pago de las deudas. Un nuevo NO provocaría que gobiernos y organismos internacionales iniciasen acciones legales contra Islandia que, dado el sistema actual, tendría altas probabilidades de perder con lo que además de pagar la deuda, el estado habría de correr con los costes de un proceso judicial interminable y caro que dejaría las arcas y la imagen del país bajo mínimos.

Llegados a este punto solo cabe una pregunta ante el dilema islandés. ¿Hemos asistido a un espejismo? Puede que sí. En caso de ser cierto la realidad es mucho más dramática de lo que parece. El sistema en el que vivimos dista mucho de ser real, tal y como lo muestran trabajos como el reciente documental Inside Job. El trabajo de Charles Ferguson narra la historia de la avaricia y quienes son los avariciosos que, con el benplácito de los gobiernos, han provocado la crisis más grande de la Historia y, lo peor, cómo les ha salido gratis.

La perfección de la mentira es tal que el mismo sistema deja margen para premiar los ataques que recibe e Inside Job recibió el pasado enero el Oscar al mejor documental de 2010. Una palmadita en la espalda y a otra cosa.

Islandia puede convertirse en la metáfora perfecta de la actual situación de la economía mundial. Y lo puede hacer haciendo buena la frase Don Fabrizio Corbera, Príncipe de Salina, en la célebre novela El Gatopardo (1957) de Lampedusa: “si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie”.

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