Etiquetas

,

Ayer soñé que Fraga nunca había existido. Me desperté con sudores fríos. Pensar que Feijóo009 lleva en la tribuna de oradores más de dos años se los pone a cualquiera de corbata, una vez comprendido que el bipartito sólo fue un mal sueño. En el Año II de la Era Austera muchas cosas han cambiado en Galicia. Lo que pasa es que nadie es capaz de identificarlas con claridad. Están escondidas, como los Audis. A decir verdad, lo único que se ha visto es la inauguración del Marineda City, evento al que ha asistido la flor y nata de nuestra cidade global (Feijoo009 dixit) comenzando por el nuevo delegado del Gobierno en Galicia, algo así como el pretor del imperio en versión demócrata y sin atribuciones reales, pero qué más da. No estuvo Fraga. Lo mejor de que el macro pailanada city haya abierto sus puertas en Pailandia es que, durante un tiempo, nos olvidaremos de que al despertar, la Cidade da Cultura todavía seguía aquí.

La semana pasada estuvo de visita un amigo que da clases en la Carlos III de Madrid. Por esas cosas que tiene el sistema español es una especie de asesor externo de la Junta de Andalucía en todo aquello que tenga que ver con colaboración transfronteriza en las Eurorregiones. Lo mandan en representación de la Junta, le piden un informe de lo dicho que acaba en algun cajón y de vuelta a Madrid, que es donde vive. Las Eurorregiones son otro de esos chinguitos de la UE que nadie sabe muy bien para qué sirven pero están. Alguien había montado un sarao de dos días en Galicia (la Xunta estaba por el medio) para mostrar cómo funciona nuestro chiringuito a medias con el Norte de Portugal, que ahora no es un amigo muy recomendable pero uno nunca escoge a los amigos. De propina los llevaron a ver la Cidade da Cultura. Antes de venir aquí, J, mi amigo, me llamó por teléfono para preguntarme qué era eso del palacio de la cultura (sic) o como se llame (sic). Yo sólo pude decirle que imaginara al dinosaurio de Monterroso y que una vez visto con sus propios ojos, juzgara. Antes de regresar a Madrid, nos tomamos un café y le pregunté qué le había parecido. Un dinosaurio con libros, me dijo. Después preguntó por qué habían ido a comprar a Brasil las escamas del dinosaurio y ahí se acabó nuestra conversación sobre bibliotecas sin fondos.

Me preguntó cómo era la vida después de Fraga y yo le dije que Fraga vive en el recuerdo y que, como en el caso de algún que otro ilustre gallego, hay quien piensa que contra Fraga vivíamos mejor. Y si eso era así imagínate, le dije, cómo vivían algunos como Pérez Varela. Galicia es muy parecida a la tierra de Nunca Jamás por mucho que durante un tiempo, Manolo Rivas hiciera furor al grito de Nunca Máis, encaramado a una esquina del Obradoiro. Galicia siempre será Nunca Jamás y la última prueba de ello es la inauguración del Pailanada City. En loor de multitudes y portadas, como ya lo había sido, en su día, la apertura del Ikea. Como si se tratara, en fin, de una nueva instalación de la NASA. Pero a los dirigentes gallegos no les va mucho lo de las estrellas desde que el nombre de la denostada capital hace referencia a un campo lleno de ellas.

En la inauguración de Pailanada City solo faltó Baltar, una ausencia que me pareció imperdonable. Si nos han vendido Pailanada City como un monumento a la inversión en puestos de trabajo, qué ausencia más injustificable la del primer empleador del país a los mandos de la Diputación de Ourense, que es algo así como el triángulo de las Bermundas donde entras y, según la leyenda, puede que no salgas. De ahí la necesidad de disponer de 30 porteros pese a que el edificio sólo cuenta con dos entradas. La Galicia mágica, le llaman.

Yo vi a Fraga una vez en vivo y en directo. Aunque lo de vivo no lo podría asegurar. De aquella era becario y lo vi darse un traspiés en tres partes en una escalinata. Aquel momento, inolvidable, lo recuerdo en cámara lenta como si hubiera salido de la mente de los Wachowski. Vi el terror en la cara de sus acompañantes mientras le echaban mano al León para evitar que cayera al suelo y provocase lo que sin duda habría sido el terremoto más importante de la historia de Galicia, capaz de mover los cimientos de la Catedral. No cayó. Allí, muchos comprendimos que Fraga era inmortal. La prueba viviente de los beneficios de la radiación nuclear tras su baño en Palomares. Hace unos días pasó por el taller. Fue su última aparición tras la intranquilidad que nos metió en el cuerpo Carrillo que en la conmemoración del 23-F dijo que lo vió mal. A Carrillo, a sus 96, se le nublaron las gafas.

Después de perder, Fraga emigró a Madrid y, empeñado en contradecir las leyendas del Senado, dicen que diariamente enciende las luces del viejo caserón a las siete de la mañana. Es es la razón por la que Feijóo009 viaja casi a diario a Madrid. Alguien tiene que apagarlas cuando el viejo León se marcha a casa.

Anuncios