Etiquetas

,

Hoy todo son especulaciones sobre lo que puede pasar. Escribo esto a sólo unas horas del comienzo del clásico, que este año se juega en cuatro cuartos, como si fuera un partido de la NBA. Estoy seguro de que ninguno será igual. Pero pasado el primero, en el que el Barça certiicó la Liga y el que el Madrid celebró como una Champions el no haber salido goleado de su propia casa (Mourinho sabe mejor que nadie que no hay nada peor que ser puta y pagar la cama) uno ya no sabe qué pensar.

Hace años a un tipo llamado Clemente, un amigo que por esas cosas de la vida resultó presidente de la Real Federación Española de Fútbol, le regaló el papelón de entrenar a una Selección Española de fútbol que por aquel entonces era una putada más que un trabajo. Lo de Clemente fue en parte mala suerte, en parte un codazo, en parte un árbitro (siempre hay uno) y, en parte también, otro amigo, un tal Julio Salinas, incapaz de hacerle un gol a Pagliuca aunque el italiano cubriera una portería del tamaño del Puente de Rande. Todas estas circunstancias dependientes en su justa medida del azar y de las cosas que tiene la amistad, no impidieron sin embargo que los medios y sus expertos elevasen a deporte nacional la quema pública de Javier Clemente en cada una de las barras de bar extendidas allende la piel de toro. El pecado del vasco, además de declararse abiertamente nacionalista (una moda, más que otra cosa) había sido su empecinamiento en jugar con Fernado Hierro y Miguel Ángel Nadal como medio centros de un combinado que en EEUU ’94 apuntaba maneras. Hay quien piensa que fue en ese mismo instante cuando el llamado fútbol moderno comenzó a generar odios eternos.

Yo soy un poco más prosaico y aquel empecinamiento de Clemente sólo lo puedo comparar con un simple error de estrategia. Otro gallo le habría cantado a las tropas Aliadas en Africa (y luego en el sur de Euroropa) de haber sido mandadas por un sargento salido de una granja de Iowa en lugar de un general llamado George Smith Patton, Jr. al que el actor George C. Scott haría pasar a la historia como pasan a la historia los héroes modernos: a través del celuloide.

Clemente, tipo de pueblo como le gustaba considerarse, prefirió escoger como estrategas de su ejército a dos sargentos de Iowa. Le fucionó, más mal que bien, hasta que Chipre puso las cosas en su sitio y aquello fue ya insostenible.

Clemente era el aquellos noventa un Mourinho en las formas al que, pese a su voluntad, los resultados no nublaban sus maneras. El de Barakaldo fue uno de aquellos pioneros en hacer buena la frase que mejor define el fútbol, un deporte muy sencillo a pesar de los entrenadores. O esa otra: lo peor que puede hacer un entrenador es levantarse por la mañana y decidirse a jugar a ser entrenador. Así acaban poniendo a Nadal a mandar los ejércitos y a Pepe a corretear como el pollo sin cabeza que es, por el verde del Bernabéu. Puede que funcione, a Mourinho, un tipo como un ego solo comparable a su complejo de entrenador, le funcionó el pasado sábado y consiguió no perder el partido. La grada, la otrora grada sagrada del Bernabéu, salió a celebrarlo. Muy bien, gran partido hemos hecho, lo de menos son las estadísticas, la imagen comparable a la de aquel Logroñés de los ochenta recibiendo la Caballería Blanca en Las Gaunas. No hemos perdido. Hemos parado al Barça pese a que en Canaletas salieron a celebrar el primer título de la temporada.

Mourinho, además de tipo insufrible, es un gran encantador de serpientes propias y algunas ajenas. Alguien debería calcular la balanza madridista pre y post Mourinho. Conozco a un par de merengues presas de una duda existencial. No quiero que gane el Barça, me ha dicho uno, pero la idea de que gane Mourinho la llevo peor. Soy del Madrid pero antimourinhista. La justicia prevalecerá, me dijo, poético, el segundo, sabedor del malditismo que conllevaba su frase.

Después del partido del sábado sólo pude pensar en malogrados. Juande, Pellegrini… Si el Madrid del sábado hubiera estado dirigido desde el banquillo por cualquiera de los anteriores dudo mucho que hubieran coseguido salir vivos del Bernabéu esa noche. Y eso a pesar del empate.

Quizá ese es el triuno de Mourinho. Es la historia más vieja del mundo. Repetir una mentira un número infinito de veces hace que la mentira se convierta en verdad. A la célebre frase del catecismo de la propaganda de Goebbles se le pueden poner reparos. Una mentira jamás se convertirá en verdad. Pero, a fuerza de ser repetida, la fe consigue que la tomemos como verdad. A fuerza del repetirlo, el Madrid (ojo, el Real Madrid) es víctima de una conspiración arbitral (Villarato). Pepe es un gran jugador de centro del campo y, claro, Kedhira una máquina de fútbol teutona. Así sea.

Anuncios