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Una pintada en una pared de Tel Aviv (Ambrosius de Königsberg)

El desembarco de oficinistas y militares a las seis de la mañana en la estación central de trenes de Tel Aviv es un espectáculo asombroso. Uno no sabe si está en una ciudad tomada por el ejército o en una base militar con alto número de  funcionarios civiles. Esta apreciación, doblemente forzada e inútil, esta angustiosa necesidad de convertir la realidad en símbolo o anécdota, es el resultado de sumar dos identidades distorsionadoras, la del periodista en busca de frases brillantes y la del turista en busca de estampas exóticas. La explicación racional a este despliegue caqui es que los hombres israelíes realizan tres años de servicio militar y las mujeres, dos. Y que nunca terminan de volver del todo a la vida civil, porque una vez licenciados del Ejército han de prestar servicio como reservista entre 30 y 45 días al año, no necesariamente seguidos.

Este paisaje imaginado de ciudad militarizada no incomoda al periodista accidental, sino todo lo contrario. Es el tipo de cosas que uno busca cuando abandona la M-30. El periodista sale de la estación atravesando los tornos circulares de batidora gigante tipo zoo de Madrid, se enciende un cigarro, acomoda sus maletas y sus mochilas a su pecho y espalda, y se planta en mitad de la acera dispuesto a admirar a las rubias veinteañeras de traje caqui, coleta de caballo, culo perfecto, metralleta al hombro, reloj Casio y cara de sueño, que caminan poderosas hacia la parada de autobús.

Calculo unos 15 grados a las 6 de la mañana y la gente camina con guantes, gorros, grandes abrigos y rostros desencajados por el frío. Sin mirar el mapa, guiado por una
orgullosa intuición, el periodista accidental echa a andar en dirección al paseo marítimo donde se encuentra su albergue. A los diez minutos registra su primera impresión arquitectónica de la ciudad por la que camina. Apunta en su libreta: “combinación de suburbio acomodado y fachadas cochambrosas. Ciudad de vacaciones low cost quemada por el salitre y abandonada por caseros  avariciosos. Aceras ondulantes y machacadas”.

Everybody loves bauhaus
El periodista sabe –lo ha leído–  que los arquitectos judíos alemanes que llegaron a Tel Aviv en los años 20 y 30 del siglo XX, soñaron una ciudad ideal construida sobre los principios más ortodoxos de la funcionalista, férrea y militante escuela de la Bauhaus. Pocas casas han sido restauradas y muchas de ellas lucen apagadas, un hecho que lejos de amedrentar al turista, suele sumirle en una estimulante fantasía decadente. La mayor concentración se agrupa en el denominado barrio blanco, que se extiende entre Allenby Street (al sur), Begin Road e Ibn Gvirol Street (al este), el río Yarkon (al norte) y el Mediterráneo (al oeste). Todas las guías señalan la importancia del estilo Bauhaus en la génesis de la ciudad. Nadie pone en duda la validez o belleza de este estilo. Suena alemán, funcional, entreguerras, vanguardias. No solo la guía, hasta la Wikipedia se rinde a sus pies con argumentos numéricos: “Tel Aviv es la ciudad con más arquitectura Bauhaus. Hay más edificios construidos al estilo Bauhaus que en cualquier otro lugar del mundo, incluyendo cualquier ciudad de Alemania”. Incluyendo cualquier ciudad de Alemania, la ciudad con más arquitectura Bauhaus. Intento unirme a uno de los grupos organizados que pasean admirando fachadas de bunkers blancos, pero tengo mucho sueño, llevo más de 30 horas despierto y además he leído a Tom Wolfe, lo que me confiere una severa sensación de superioridad moral y estética.

Ambrosius de Königsberg

Ambrosius de Königsberg

Es decir, yo he leído la torrencial invectiva contra la arquitectura de vanguardias de ¿Quién teme al Bauhaus feroz? y sé que todo esto es una gran conspiración urdida por pusilánimes comedores de ajo. Estas fachadas merecen ser derribadas por tanques rusos y en su lugar debería construirse un casino de formas neobarrocas y palmeras de neón. Salvaría, como mucho, esas terrazas que terminan en curvatura de olla Express.

El gallego destronado
Al llegar a la playa y observar los hoteles de primera línea descubro el profundo eclecticismo arquitectónico de la ciudad, subdividido en categorías que podríamos denominar como neogótico, neobauhaus, neogaudí, neocubista, neo decadente, neo zigurat babilónico, neo búnker. Si hubiera que unificarlos a todos bajo un mismo epígrafe elegiría el neolitoralismo de saldo. Hay detalles tétricos, esculturas de hombres desnudos rematando con el culo, medio sodomizados, las cornisa de un hotel de cinco estrellas.

Es invierno y la ciudad acaba de ser sacudida por el peor temporal del último medio siglo (según me explican con ese entusiasmo dramático que el ser humano reserva a las catástrofes climatológicas), por lo que la playa está sucia, la acera rota, los locales cerrados. Huele a fuera de temporada por todos sus poros. A pesar del sol, al turista le invade cierta tristeza.

Solo hay una situación en la que el gallego, ser  dotado de una poderosa tendencia al dramatismo, cae en una melancolía más profunda que cuando habla del mar, la lluvia y las vacas, y esta anomalía emocional sucede cuando habla de los desvaríos arquitectónicos de su pueblo. En esos casos el gallego sentencia con una mezcla de fatalidad y orgullo: esto es el feísmo arquitectónico, y acompaña la proclama con ademán de terrateniente. Si pasearan por la playa de Tel Aviv, los gallegos se sentirían humillantemente desbancados. Por suerte, parece improbable que existan gallegos en Tel Aviv.

He conocido (exagero, he charlado brevemente), a un israelí cínico, socarrón, popeti. Le abordé mientras aparcaba su moto a los pies de una terraza. Le pregunté cómo llegar a Jaffa andando desde Tel Aviv.

Why Jaffa?, me respondió, is full of Arabs.

They told me the port is beautiful, contesto confundido y a la defensiva.

It´s a joke, replica con condescendencia.

Me dibuja un camino con el dedo sobre el mapa: “Sigue por aquí, pasarás por la plaza Isaak Rabin, nuestro gran pobre mártir, ya sabes. Que tengas un gran día en nuestro maravilloso, pacífico y pequeño país”.

Me hubiera gustado emborracharme con él, y recopilar frases brillantes con aroma de fogonazo de Twitter. Se trataba de un socarrón profesional que solo sabía hablar a base de socarronadas. El efecto me hubiera desagradado profundamente en Madrid, pero en Israel me pareció un hecho notable. Y más teniendo en cuenta (aunque yo entonces no pudiera saberlo) que el resto de israelíes y palestinos y españoles y coreanos del sur con los que habría de hablar en los diez siguientes días construyeron sus diálogos a base de omisiones, cátedras, circunloquios, sobrentendidos, dramatismos, quejas, acusaciones, frases hechas políticamente correctas o incluso silencios, pero nunca con ironía.

 

* Emilio Sánchez Mediavilla es periodista freelance y socio editor del sello espcializado en periodismo, Libros del K.O..
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