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Ambrosius de Königsberg, 2010

Cada vez que leo en una guía que una ciudad tiene una vibrante vida nocturna pienso en un pueblo abandonado del Pirineo de Huesca. Escribir durante seis años en revistas de viaje me han convertido en un lector conspiranoico. Tel Aviv farda de vida nocturna, aunque habría que poner esta afirmación en perspectiva. A juzgar por reputados crápulas consultados, la verdadera ciudad decadente y viciosa de Oriente Medio es Beirut.

La fortaleza canalla de Tel Aviv es un tema baladí, aunque recurrente en las conversaciones de albergue. Estas charlas ocasionales entre desconocidos de países diferentes siguen el patrón de conversación de ascensor con pretensiones cosmopolitas. De fondo late un combate sordo por demostrar quién sabe más sobre la ciudad. Los tópicos se transforman en frases lapidarias con su pizca de prepotencia y asombroso desconocimiento. De todos modos, la revolución digital ahoga las conversaciones entre desconocidos, que prefieren chatear con sus amigos en la retaguardia o actualizar sus blogs antes que intercambiar impresiones con el vecino.

En mi habitación con seis camas distribuidas en tres literas convivimos un danés recién llegado de unas vacaciones en un kibutz (“la constatación de que el mero hecho del autogobierno colectivo, o la distribución igualitaria de bienes de consumo duraderos no te hace ni más sofisticado ni más tolerante con los demás”, recuerda Tony Judt en El refugio de la memoria), un japonés que atiende a las clases de baile de una prestigiosa escuela local, dos americanos surferos y un periodista accidental español. No nos dirigimos la palabra. Preferimos consultar en silencio nuestros respectivos ordenadores y vigilar con el rabillo del ojo a que quede libre el único enchufe de la habitación para poner nuestros electrodomésticos viajeros a recargar. Nadie habla. Salvo el japonés, ninguno de los inquilinos parece tener una razón de peso para estar aquí.

Decido que la noche de Tel Aviv es un bluff y me echo pronto a la cama. Mañana tengo que madrugar para solucionar en el consulado español el misterio del Pasaporte Que Se Despegó De La Tapa en el preciso instante en que una empleada de inmigración me dio el alto en el finger del avión. Hablaba español con acento argentino, era bajita, compacta, rubia, empollona, daba un poco de miedo: ¿Qué viniste a hacer a Israel? ¿Viajas solo? ¿Dónde te quedas? ¿Por qué tienes el pasaporte roto? Con esto así igual entras, pero no creo que salgas. Veo en el pasaporte que has estado en Marruecos. ¿Por qué?

En el consulado español, una pequeña oficina en un edificio cerca de la plaza Isak Rabin, me informan de que, en efecto, hay una partida de pasaportes defectuosos como el mío. Me recomiendan un salvoconducto y “te diría, pero no te lo voy a decir, que te compraras pegamento y que dejes el pasaporte debajo de un libro muy pesado, pero yo no te he dicho nada. Para el salvoconducto necesito una foto de carné, que me rellenes este formulario y el horario, día de partida y número de vuelo”

Mientras espero a que validen los documentos entablo conversación con una israelí de setentaypico años, nacida en Melilla y marcado acento andaluz. Le acompaña su hijo, nacido en Israel. Me enseña su DNI español de los años 40, el suyo y el de su marido, y me pide que los lea en voz alta. Nombre, dirección, profesión: sus labores, provincia: Málaga. Por sus ojos y su sonrisa intuyo que le gusta escucharme leyendo en voz alta. Tal vez le produzca el mismo cosquilleo que yo siento cuando veo a alguien dibujando o pasando las paginas del catálogo de estampados de sofás en una tienda de muebles de Chamberí. “Una vez volví a España con un viaje organizado de israelíes. En Toledo me perdí del resto del grupo y me senté en una cafetería a esperar. El camarero me preguntó: ¿De dónde viene usted?. Y yo contesté: de otro planeta. El camarero se rió mucho, si él supiera…”

La plaza Isaac Rabín se parece, es un decir, a la Alexanderplatz berlinesa: una explanada de cemento culminada en uno de sus flancos por una mole impersonal. Aquí fue donde un ultrarreligioso de extrema derecha mató al primer ministro israelí el sábado 4 de noviembre de 1995. Fue después de un mitin multitudinario a favor de la paz celebrado en plena campaña de ataques suicidas palestinos en Jerusalén y Tel Aviv. La derecha israelí utilizaba estos atentados para desacreditar el proceso de paz y pregonar mano dura. En su último discurso, Rabín declaró:

“Fui hombre de armas durante 27 años. Mientras no había oportunidad para la paz, se desarrollaron múltiples guerras. Hoy, estoy convencido de la oportunidad que tenemos de realizar la paz. Conseguir la paz lleva intrínseca dolores y dificultades. Pero no hay camino sin esos dolores”. Luego bajo del estrado y antes de entrar a su coche le dispararon en la cabeza. Junto a su monumento, con una placa llena de polvo, un músico ambulante toca perezoso el clarinete.

Ambrosius de Königsberg, 2010

Un grupo de universitarios de Filadelfia, escoltados por dos vigilantes con fusiles, escucha la explicación del profesor en el centro de la plaza. El profesor ilustra las posiciones de la derecha y la izquierda israelí a mediados de los 90 con diferentes pasajes bíblicos. “Los partidarios de la paz decían: acordaros de la expulsión de Egipto, nunca conviertas a nadie en esclavo; los enemigos de la paz decían: nunca dejes que vuelvan a masacrarnos”. Algunos alumnos llevan kipas, la mayoría parece aburrida. Una de las chicas me pide fuego. Hablamos. Spain? Ever been to Ibiza? Are you Jewish? Hasta que uno de los escolta se acerca, me pregunta quién soy y me invita a largarme. La chica americana me mira con lástima. I´m sorry. Regreso al centro de la plaza donde un grupo de jóvenes descalzos imita los movimientos de baile o de judo budista que marca un gurú de voz mistiquísima, casi sufriente. Parece una clase de teatro de primer curso, esas en las que eres una flor o un árbol y estás creciendo y estiras los brazos como si fueran ramas y miras alrededor para comprobar que no eres el único haciendo el ridículo, para confirmar que a tus compañeros también les nacen capullos de flores de la yema de los dedos. Quisiera preguntarles qué es exactamente lo que hacen, pero temo recibir una segunda negativa en la misma plaza en una misma mañana y pongo camino a Jaffa, no sin antes cruzarme con tres chilenos que se acaban de mudar de Jerusalén a Tel Aviv, cargados de bolsas y bultos y maletas. Me piden que les haga una foto y me hacen prometer que se la mandaré por e-mail. No se la mandé nunca. Ignoro los motivos. Nunca dejará de fascinarme el poder sobrehumano de la pereza.

Slomo e Hijo es un pequeño puesto de humus con terraza en una pequeña calle peatonal del barrio yemení. Sirve comidas hasta las 2 de la tarde y alrededor de la 1 es hora punta. Me acomodan junto a la pared, compartiendo mesa con un hombre descoyuntado, de aspecto sesentón, delgadísimo, que se lleva las cucharadas de humus a la boca en movimientos lentos y agónicos. Tarda cinco segundos en llegar del plato a los labios. Come con fruición la cebolla cruda, bebe té. Yo una cerveza terrible con sabor a regaliz (Nesher Malt), etiqueta azul con un águila negra, que me produce arcadas. Pero necesito líquido para negociar mi humus completo con huevo cocido, alubias, perejil, un chorrito de limón, pan de pita, pimiento verde crudo, cebolla cruda. Descanso de mis paladas al humus ojeando la guía y mirando fotos en la pantalla de mi cámara

—Nice cámara, dice.

Es de Jerusalén y ha venido a Tel Aviv a ver a su nieto. Como si adivinara mi inquietud por sus movimientos de playmobil chirriante, me explica que tuvo un accidente y que anda convaleciente del brazo. Ahora todo encaja, su aspecto joven su look cuidado, y su ritmo de yonki enfermo.

A nuestro alrededor, una familia con un reservista joven que parece inquieto, con prisa y que de vez en cuando dedica un gesto de orgulloso cariño adolescente a su madre. Una chica con grandes gafas relata a su silencioso interlocutor lo que parecen las tribulaciones de su vida amorosa. Tiene un piercing en la nariz, es indudablemente atractiva y por fantasía diría que es francesa. El chico escucha embobado, con esa generosidad enfermiza del amigo secretamente enamorado. Dos chavales jóvenes discuten con cuatro hombres con hechuras de gorila de discoteca por el dominio de una mesa debajo del toldo de Carlsberg. Interviene el camarero a gritos y cede el terreno a los más fuertes.

Im leaving today to Jerusalem, le explico al anciano de mi mesa.

Be careful with little Arab children, they will stole your camara.

La ayudo a ponerse la cazadora, a incorporarse de la silla y nos despedimos afectuosamente.

Ambrosius de Königsberg, 2010En la esquina de George Street me cruzo con una pandilla de tecno-ultraortodoxos. Son na nachs, seguidores del jasidismo de Breslov. Lucen kipa, barba y rizos, pero saltan y bailan al ritmo de música disco, su instrumento para acercarse a dios, me informan con una gran sonrisa. Se dejan hacer fotos y me invitan a bailar con ellos. De pronto me veo saltando junto a un paso de cebra de una calle comercial, rodeado de oficinistas, mujeres de compras, chicos con i-pod que caminan con prisa. Me faltan un par de copas para moverme con más naturalidad, aunque en verdad somos transparentes, nadie nos mira y solo recibo alucinadas miradas de complicidad de parte de mis compañeros de trance. Me regalan una pegatina con una cara rosa llena de rizos y sonriente, a la manera de los iconos acid, bajo la inscripción: Don´t worry, be breslev. Tienen swing, estos chicos. Me animo a comprarles un disco:

Techno or trance?

—What would you recomend me?

—Depends, are you really on trance music? .I think techno will be easier

—Then i´ll take one techno.

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