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Un grupo de militares descansa en la ciudad vieja de Jerusalén (Ambrosius)

Tour gratuito por la ciudad vieja de Jerusalén con salida a las 10:30 en la puerta de Jaffa. Sandemans, nombre de la empresa organizadora, se ha extendido por todo el mundo para irritación de los guías locales que les acusan de competencia desleal. Conocí al fundador de esta franquicia, un americano expansivo, hará unos 6 años en Berlín. Estaba interesado en que le mencionara en el reportaje que yo estaba escribiendo para una revista de viajes y para ello me sacó de marcha con un grupo de adolescentes mundiales, alabó mis cualidades al futbolín y, con generosidad de chulo, me ofreció a las chicas más guapas y más borrachas del grupo, pin ups adolescentes fácilmente impresionables, de equilibrio sinuoso y voz chillona. Y sí, saqué una mención a Sandemans en la revista.

Necesito urgentemente una visión general de la ciudad y no tengo mucho dinero y leer la guía es una opción que no se contempla. Las guías son artefactos odiosos imposibles de leer ni siquiera cuando estás perdido en el destino, no digamos ya antes de emprender el viaje. Odio las guías. Escribo guías. No me fío de las guías. Unirme a Sandemans era la opción más lógica.

El guía es un judío estadounidense y, como tal, se dirige al grupo con soltura innata. La soltura no es necesariamente una virtud, de hecho puede ser un arma irritante. Lo que está fuera de toda duda es que es una marca genética de los estadounidenses, de la misma manera que el miedo a hablar en público y la timidez a expresarse en un idioma extranjero lo es para los españoles.

Nos reunimos en torno al guía de rojo que sujeta un estandarte con fotos de Jerusalén. “Lo primero de todo vamos a hacernos una foto de grupo que podréis descargar gratuitamente de la página web. A ver, todo el mundo sonriendo. Decir: falafel. Fa-la-fel”. Risas nerviosas.

El texto introductorio abunda en metáforas low cost (“Jerusalén es como un sándwich”), con dosis controladas de buenrrollismo pedagógico (“no dudéis en preguntarme cualquier duda”) y un poco de historia  (“la época de la división y la invasión jordana fue difícil”). Intuyo que ahora, con toda la ciudad en posesión israelí, todo es mucho más fácil.

Coincido con un australiano de mi albergue a quien le parece cool que yo tome notas en mi cuaderno. Por supuesto, ha estado en San Fermines y ha corrido con valentía delante de los toros. También estuvo en otras ciudades, pero no recuerda muy bien sus nombres, y además el guía no para de hablar y hay que concentrarse. Empezamos por el Santo Sepulcro, mirando la pequeña escalera que hay apoyada en la sección central de la fachada. La iglesia, nos explica, está gestionada por tres confesiones distintas, cada una de las cuales tiene potestad sobre algunos segmentos del templo. Desde hace 800 años las llaves están en posesión de una familia musulmana que abre el santo sepulcro todos los días a las 4:30 de la madrugada. La parte superior de la escalera toca zona armenia y la inferior ultraortodoxa, o al revés. Como consecuencia, la escalera lleva años ahí sin que nadie se atreva a moverla por miedo a invadir territorio de otra confesión. La anécdota convence al público y disparamos con nuestras cámaras ordenadamente a la fachada.

(Esa misma noche un italiano porreta, a medio camino entre Robe de Extremoduro y un piadoso franciscano, enamorado del Camino de Santiago y de la estatua del tigre que asoma sobre la azotea de un edifico de Deusto, a orillas de la ría de Bilbao, me convenció para asistir a la primera misa del Santo Sepulcro. Me sedujo la idea de un madrugón bíblico y recorrer en ayunas las calles vacías de la ciudad vieja, pero llegado el momento de la experiencia mística me sedujo más quedarme dormido en la litera del húmedo sótano del albergue).

Al llegar al Muro de las Lamentaciones, el guía se anima y empieza a brillar como Steve Jobbs en zapatillas explicando a la prensa un nuevo dispositivo portátil. La historia del teléfono rojo, fábula cómica en dos actos:

1-“Bill Clinton está en el Vaticano y ve un teléfono rojo. “¿Y esto?”, pregunta. Y el Papa responde: “para llamar a Dios”. “¿Y cuánto cuesta?”, replica Bill Clinton. “50 dólares el minuto”, informa el Papa.

2- Bill Clinton en el Muro de las Lamentaciones y ve a un rabino con un teléfono rojo. “¿Y esto?”, pregunta. Y el rabino responde: “para llamar a Dios”. “¿Y cuánto cuesta?”, pregunta Bill Clinton. “5 dólares el minuto”. Y Bill Clinton compara precios: “es mucho más barato llamar desde aquí que desde el Vaticano”. “Claro”, responde el rabino, “aquí es llamada local”.

Camisetas en un puesto de venta callejero (Ambrosius de Königsberg)

Estamos en el pasillo que precede una de las entradas de seguridad al Muro de las Lamentaciones. El guía prosigue con eficacia su monólogo de humor. El teléfono rojo ha marcado el inicio de una serie de metáforas, chistes y frivolidades in crescendo que culminarán en el plato fuerte de la visita, con todos ustedes, el Mapa Humano, la metáfora hecha carne. El guía pide un voluntario y sale un chico adolescente. Apoya su dedo en la cabeza del voluntario y gira alrededor de él, un par de vueltas, para crear expectación. Pasada la peonza, le sugiere que deje las extremidades muertas, y empieza a mover sus brazos, piernas y cabeza de tal manera que el resultado final se parezca bastante al mapa de Israel: “el ombligo es la conexión divina, es decir, Jerusalén”. Le coloca un brazo sobre el pecho a modo de úlcera napoleónica, con el codo sobresaliendo en perpendicular sobre el tronco. “El codo es Tel Aviv intentando escaparse de Israel y llegar a Europa”. El otro brazo, que forma un triángulo sobre la cabeza, a modo de cuerno o sombrero imaginario, son los altos del Golán, “que unas veces son nuestros (sube brazo) y otras veces no (baja brazo)”. De la mano cerrada en puño sobre el pecho sale un dedo que representa las fronteras movedizas con el vecino Líbano. “Si la relación es buena, utilizamos este dedo (y se señala el meñique). Y si es mala, ya sabéis qué dedo utilizamos cuando es mala”. (Risas).

 

Quedo admirado con esta demostración de geopolítica corporal. Me recuerda a mis clases de geografía del colegio, más prosaicas, a base de mapamundis colgados del encerado, explicados con pereza por un profesor culé delgadísimo y de dientes negros del tabaco negro. Siriadamasco, Líbanobeirut, Jordaniaammán, solía recitar en la clase mientras golpeaba un balón contra la pared.

Después de explicarnos piadosamente el carácter sagrado que para los judíos tiene el Muro de las Lamentaciones, el guía aprovecha para esbozar de pasada un pie de página sin importancia: la explanada de las mezquitas, cuya cúpula dorada sobresale como un ovni por encima del Muro de las Lamentaciones. El guía adopta entonces una actitud racional escéptica, exquisitamente científica. Reivindica la  irrefutable verdad arqueológica como herramienta para desmontar los mitos del islam. Arroja fechas, denuncia contradicciones, bromea, se divierte, se gusta, es feliz.

Subiendo unas escaleras desde el muro hacia el barrio judío hacemos una parada en un mirador que se extiende alrededor de un candelabro gigante protegido por una urna de cristal. “Este candelabro está preparado para plantarlo en la explanada de las mezquitas cuando se construya el tercer templo judío. Imaginaros lo que sería eso, la tercera guerra mundial”, informa el guía. No parece haber fecha definitiva para su traslado, aunque no deja de ser inquietante ver a un grupo de militares adolescentes recibiendo una charla de su superior a la sombra del candelabro. Por suerte, parecen aburridos y cansados. Se apoyan con languidez sobre sus metralletas y petates.

La hora del recreo nos sorprende en el barrio judío. Me entretengo en las tiendas de souvenirs (“America don´t worry, Israel is behind you”, puede leerse en una de las camisetas, ilustrada por un avión de guerra). Hago una foto al póster que muestra a Moshe Dayan, Yitzhak Rabin y Uzi Narkiss entrando en la reconquistada Jerusalén en 1967, después de derrotar a los jordanos en la Guerra de los Seis Días. En la parte inferior, debajo de las botas de los orgullosos militares, la inscripción: “When our foot stood within the walls”, y dudo que haya en la historia de la propaganda nacionalista una imagen tan poderosa acompañada por una frase tan evocadoramente triunfal.

Subimos a los tejados, una azotea gigante con protuberancias y pequeñas cuestas, transitada por carros tirados por burros, judíos ortodoxos y turistas; de fondo, vistas fabulosas a la cúpula dorada de la mezquita de la Roca. Las antenas parabólicas, depósitos de agua y verjas ponen un punto tranquilizadoramente anti épico al skyline de la ciudad.

“Cuidado con resbalarse, por favor subid por este tramo más seguro. Bien ¿estamos todos? Fijaros qué curioso: a la derecha solo veréis calentadores de agua negros. Eso es el barrio judío. A la izquierda, calentadores de agua blancos. Eso es el barrio árabe. Bueno, pues esto es lo único blanco y negro que veréis en esta región”. Silencio respetuoso, sobrecogedora oleada de matices. Nada es blanco y negro, es más complicado, rumiamos los turistas, embargados por esta revelación sobrenatural e inaprensible como un titular sobre el cosmos en las páginas de ciencia de un diario generalista.

Ambrosius de Königsberg

Ambrosius de Königsberg

Miramos al horizonte, desbordados por la historia y por la complejidad de la región. Prosigue el guía: “Dicen que en este mismo lugar Isak Rabin dijo: ‘Jerusalén, unido por sus edificios, separados por sus habitantes’”. Salgo corriendo con peligro de resbalarme para hacer la foto con el encuadre soñado: carro palestino tirado por burros + judío de negro con maletín y de fondo la roca de la cúpula.

En el barrio armenio, llegando a la iglesia siria ortodoxa (“they still speak Aremean,  believe me, much better than Mel Gibson”. Risas) leo una pintada de Free Basque Country. Cómo explicarlo. Cómo hacerle ver al autor de la pintada que su proclama libertaria, en este lugar, tiene la fuerza y profundidad ideológica de una camiseta con cervezas y condones en un puesto playero de Lloret de Mar.

La mañana sucede divertida, superficial, tendenciosa. En general, agradable y muy útil. No inyecta erudición, pero entretiene. Cuando salimos fuera de las murallas nos reúne en una pequeña plaza y anuncia el truco final. Empieza con un emotivo discurso declamado sobre el futuro y la paz que llegará. Tengo que hacer una llamada muy urgente y me da vergüenza levantarme en mitad del discurso. “Poned vuestras manos hacia arriba y buscad la tercera línea de vuestra palma. ¿La veis? Esa línea es Jerusalén, que siempre llevaréis con vosotros”. Luego explica que el mapa de Jerusalén está escrito en nuestras manos, pero me pierdo en el monte de los Olivos. Y sin que nadie se lo espere, el guía empieza a cantar: “By the rivers of Babylon, there we sat down/ye-eah we wept, when we remembered Zion”.

Dios, está cantando Boney M, ríos de Babilonia, despliegue afro, cuerpos sudados en trajes blancos bajo luces de discoteca, y yo amo a Boney M, el primer grupo que desbancó a Mecano en los viajes en coche de mi infancia. Pero no pasa de la segunda estrofa. Canta bien, lo reconozco.

Se cierra el telón. Los más emocionados se levantan corriendo y depositan un billete sobre el mapa de Jerusalén del guía, convertido ahora en caja registradora. Yo, más tacaño, le ofrezco dos monedas. El resto del dinero lo necesito para tabaco y un shawarma. A cambio escribiré esta crónica haciéndoles publicidad, aunque esta vez no me hayan ofrecido como regalo a un puñado de ninfas rubias.

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