Etiquetas

,

Casa de los Hombrones en Santillana del Mar, hoy

Supongo que fue un lunes por la mañana, antes de atacar la tostada con aceite que la camarera pizpireta nos ponía delante nada más vernos cruzar la puerta de la cafetería de la facultad, alguien soltó: pues podíamos ir a pasar un fin de semana a Santillana del Mar. Haciendo memoria puedo decir casi con toda seguridad, que fue Nira, la canaria rubia que por razones evidentes pasó a ser miembro del grupo desde el primer día, la que nos propuso el plan. A fin de cuentas la casa que nos iba a tener que soportar durante el fin de semana era por aquel entonces de su familia. Mi familia tiene una casa en Santillana del Mar, dijo como quien tiene un Panda rojo aparcado frente al bar, y resultó que la Casa era la de los Hombrones, cuya fachada presume del escudo más grande de toda Cantabria. La rubia ya apuntaba pero se lo tenía callado.

El resto vino rodado. Alfredo, el Porkeren, era todavía una incógnita y se subió al carro por una razón de peso: era el único con un cuñado a mano que le pudiese dejar un coche para hacer los 470 kilómetros que separaban Getafe de Santander donde teníamos pensado hacer la parada de avituallamiento con la excusa de que Ambrosius había salido de allí y no de Berlín Este como fantaseaba.

El otro coche necesario lo puso el alquiler en base a fianza y tarjeta de crédito más combustible al mismo nivel que cuando lo encontramos. Tres días después enfilábamos a toda ostia la M-30, antes de que las tuneladoras de Gallardón la ocultasen bajo tierra para preservarla de futuros bombardeos, para devolverlo a tiempo sin tener que pagar un día extra y con Santi gritándole a Mamen, corre, coño que no llegamos con ese gracejo de señorito sevillano que nunca perdió pese a su exilio madrileño.

El coche del cuñado resultó ser un Reanult 25 automático color burdeos, tan llamativo que si nos hubiera parado la Guardia Civil a medio camino habríamos acabado en el cuartelillo. Cinco en un coche con El Arrebato a todo volumen en el CD y fragancia de porro en el ambiente era más que un posible objetivo, una provocación.

Y así arrancamos destino Santander. Ambrosius nos convenció con el viejo argumento de las rabas en una terraza con el mar de fondo y las mozuelas santanderinas dando saltitos frente a nosotros mientras bebíamos cañas. Son unas pijas de cojones, dijo, con la mirada clavada en la bahía del Sardinero expulsando el humo del Fortuna que le acababa de robar a Joan. Uno de tantos en compensación por los cientos de ejemplares de El País que Joan Fortune, con más moral que su paisano el Alcoyano, había arruinado sin que Ambrosius pudiera echarle siquiera un ojo al titular gordo. Nunca le dejes el periódico a Joan antes de leerlo tú, era el primer mandamiento colgado de la nevera vacía del piso que compartían en Getafe.  Joan periodista en activo, más que leer el periódico lo masticaba entre calada y calada.

En una gasolinera perdida tras dejar Burgos atrás, Santi sacó a pasear su diplomacia.  “Las castellanas seguro que tienen pelo en el pecho que aquí va un frío del caraaaajo.” Crucé una mirada furtiva con la gasolinera y por un segundo temí que la chica fuera a meter la manguera por la ventana para luego arrojar una cerilla al regazo de Santi. El escalofrío que recorrió su cuerpo al verse descubierto no fue suficiente.

-¿Os habéis fijado en esa tía de clase?

-¿Cual?, pregunté mientras, de nuevo en camino, rebuscaba entre la pila de cedés que Alfredo se empeñaba en llamar música.

-Sí, joder, la rubia esa que se sienta contigo, Alfredo, la que dice que tiene hijos. Mu rara, la tía, más rara que la polla… que te lo digo yo…

Alfredo, sin sacar los ojos de la carretera, cortó por lo sano: Santi, cojones, es mi hermana y sus hijos mis sobrinos.

Santi no volvió a hablar en todo el viaje hasta que llegamos a Santander.

En la ciudad fuimos a un hipermercado a comprar comida para el fin de semana. Un carro lleno de lo imprescindible. Mucho de beber y poco de comer. En el maletero del Renault 25, alguien descubrió un balón de fútbol y nos olvidamos del carro, la comida y del coche. Media hora, tres o cuatro goles en el estadio rallado del supermercado y cuatrocientas llamadas perdidas después, decidimos que era hora de terminar el partido. Cargado el maletero, Santillana esperaba, adonde la avanzadilla de la expedición ya había llegado para tener la casa aireada.

-No enciende, mecagoenlaputa! Cada vez que accionaba el contacto, Alfredo se iba poniendo más blanco. Los demás, fuera, impotentes, fumábamos.

Mi cuñado me mata, decía. Me deja el coche y me lo cargo, mi cuñado me mata, repetía. Los demás callábamos. Fue Ambrosius el que rompió el silencio. Es la batería, dijo, seguro. Creo, continuó. Tiene que ser la batería y todos nos sentimos más aliviados porque cuando un coche no enciende siempre es la batería, o los manguitos, o lo que sea. Mientras Alfredo daba vueltas al coche Ambrosius llamó a un colega y este a su padre y al cabo de una hora aparecieron en el párking con otro coche, unas pinzas y unos cables para revivir al monstruo. Todo esfuerzo resultó inútil.

Alfredo, derrotado, con cara de reo ante el pelotón tiró de teléfono y marcó el número de su cuñado.

-Que no sé que le pasa.

-Sí, nada que ibamos a marchar y el coche que no enciende. Joder lo siento…

Los demás mirábamos.

-Que cierre el coche. Con llave. Que lo vuelva a encender… sí, espera…

BRROOOOOOONNN!

-No me jodas!!! putos coches modernos, qué susto, joder eso se avisa, decía Alfredo. Nosotros nos descojonamos

Estos cabrones se están descojonando, retransmitía a su interlocutor al otro lado. Adiós.

-Hijosdeputa, que somos gilipollas… que el coche se bloquea si no lo encendemos después de veinte minutos abierto… pero claro había que jugar el partido… Hijosdeputa…

Llegamos a Santillana con tres horas de retraso y a las tías y a Santi no le dijimos nada hasta después de cenar. Pudor. Las tías aún se descojonan de nosotros cada vez que quedamos coincidimos en Madrid. Nira hasta lo recuerda por la tele.

De la casa sólo me acuerdo que era muy grande. Al lado tenía un museo de la tortura. Había muchas habitaciones, tantas que podríamos haber dormino solos pero a nadie se le pasó por la cabeza después de ver las armaduras que decoraban los pasillos y los cuadros con señores muy serios de uniforme y largas patillas que colgaban de las paredes. Las tías se pasaron toda la noche visitando el baño en parejas. Nosotros nos burlábamos pero, a escondidas, hicimos lo mismo hasta el amanecer.

Años después, Nira dijo que su familia había vendido la casa. Estuve en Santillana hace unas semanas. El escudo preside ahora unas galerías comerciales donde venden productos locales para turistas y un restaurante con terraza en lo que un día fue el campo en el que Manuel se jodió el tobillo emulando a Maradona en el Mundial de México 86 pero frente a centrales serios.

La terraza del bar fue un día un Estadio Azteca con agujeros

La terraza del bar fue un día un Estadio Azteca con agujeros

 

 

Anuncios