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Pep Guardiola, durante la vuelta de las semifinales de la Champions contra el Inter en 2010 (Aldo Liverani)

Los discursos en el Barça patinan de un tiempo a esta parte por la sencilla razón de que el Barça no necesita discurso. Habla tanto en el terreno de juego y su identidad es tan diáfana fuera de él (La Masía, el tótem Guardiola, el més que un club) que las palabras pronto hacen retórica. Son como las películas sobre fútbol, no gustan, lo que gusta es el fútbol. Pero las proclamas inofensivamente ofensivas contra la verborrea del actual Barcelona hacen más daño a un madridista que a un culé. Parece que buscan la roña entre las bisagras de una puerta perfectamente engrasada, las arrugas en la camisa del novio, los cigarrillos en la mesilla de noche de Cruyff. Que si el Barça va evangelizando por el mundo, que si va dando lecciones… Qué es eso de tener valores y aburrirnos contándonoslo. En la acera de enfrente está Mourinho, que no tiene valores y para el que un sector de la afición blanca cree que Paquita la del Barrio compuso Rata de dos patas, pero nadie niega que es súper divertido, un divertido Top.

Por lo visto, escuece incluso que Xavi declare sin ponerse colorado que le gustaría grabar los rondos de sus entrenamientos. Un polemista, este Xavi. Todo un borroka. Si hay algo que reprochar algo a Xavi es que carezca del don de la genialidad sentimental que iluminó a jugadores de la talla de Laudrup, Gullit o Scifo, todos ellos inferiores a él, o que jamás va a interpretar el papel de Paul Newman en La leyenda del indomable, pero no que hable en la sobremesa del verano.

Al madridista de bien le trae al pairo que Xavi Hernández presuma de entrenos o le pida la mano a su hermana, le molesta el 2-6 y el 5-0 y la asunción del papel de segundón del club blanco los últimos años, un episodio que, si alguien tiene en mente escribir un libro sobre el Real Madrid, no puede ser ya sobreseído.

Y eso que en los discursos del rey no faltan los tartamudeos. Para Guardiola, Mourinho es el puto amo y la prensa de Madrid la central lechera, dos descalabros por los que más de uno debería haber suspendido la credulidad que provoca Pep cuando habla. Con el primero vino a decir que el entrenador del Madrid es el mejor a la hora de emponzoñar el fútbol y con el segundo señalaba el partidismo de los medios de comunicación pero sólo el mesetario, la prensa catalana es Atticus Finch. El Barça llega tarde a un partido a Pamplona fijado con días de antelación porque Guardiola no quiere cambiar sus rutinas ni ante los todopoderosos controladores aéreos: “nosotros estamos en un país llamado Catalunya y pintamos poco. Si quieren engañar a la gente allá con sus problemas”. Guardiola no habla de árbitros, pero si el árbitro designado es portugués, Mou, el amigo de todos, estará felicísimo. El Barça se ve obligado a vender a Chygrynskiy para “pagar las nóminas de los jugadores” pero se puede permitir regalar a Ibrahimovic y fichar a Villa y a Adriano en el mismo curso.

El entrenador del Barça percute disciplinadamente cada verano con la idea de que el club no puede competir con el Madrid en ceros, en presupuesto, en recursos, tan solo les queda el entusiasmo, esgrime. Y sin embargo el Barça compra y vende jugadores a su antojo, lo mismo que el Madrid, y solo un club con su presupuesto podría mantener año tras años las fichas de semejantes jugadores. Este discurso, por cierto, caduca esta temporada tras el anuncio de Sandro Rosell de que el Barça superará al Madrid en ingresos. Llegarán 470 millones de euros. Esperemos que no ceje el entusiasmo.

Guardiola mea orina como todo el mundo y tiene sus debilidades, pero si se hurga un poco denotan un victimismo injustificado, casi impostado, propio de otra época del Barça menos gloriosa que la actual. ¿En qué radica la belleza del héroe abnegado y voluntarioso, puro entusiasmo, cuando uno puede comerse 50 huevos? ¿Acaso es una estratagema para mantener motivados a sus muchachos y soslayar las palabras tabú de un grupo líder: ‘Somos los mejores’? O como cantan los críos cuando ganan en las ligas infantiles: “Y si somos los mejores bueno y qué, bueno y qué…” Ese victimismo endémico que arruga la camisa de Guardiola, siempre tan elegante, perturba más al seguidor merengue que todas las cintas de Súper 8 juntas con los rondos de Xavi, hasta el punto de concederle el desahogo de la crítica y el sarcasmo ante un mundo tan feliz como el blaugrana. Y se pregunta: ¿por qué?

El técnico del Barça tiene crédito para largo porque gana. Porque gana y juega bien. Porque se ha inventado a Busquets, a Piqué, a Pedrito; Xavi, Iniesta y Messi son ahora los mejores jugadores del mundo; Valdés parece ahora un tipo reflexivo. Por las Champions de Roma y Londres, por los 10 títulos, porque ha armado un equipo para la historia. Ese es el verdadero discurso del Barça y de Guardiola, así que cuando Pep tartamudea, no deja de extrañar. ¿Por qué?

En cierto modo resulta agradable que la prensa deportiva española –la periférica y la mesetaria–, siempre tan parcial, tan ultra, tan forofa, tan de bicicletas-bomba, manifieste cierto consenso, sea ‘resultadista’ y respete a Guardiola, un ganador nato pero sobre todo un tipo que apuesta por el fútbol arte. Eso sí, como se le ocurra grabar los rondos del entrenamiento…

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