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Busto de Pericles conservado en el Museo Británico (Foto - Luis García Casas)

Busto de Pericles conservado en el Museo Británico (Foto - Luis García Casas)

“Y podría formularse una segunda hipótesis: el poder es la guerra, la guerra continuada por otros medios; se invertiría así la afirmación de Clausewitz, diciendo que la política es la guerra continuada por otros medios”.
Michelle Foucault, “Microfísica del poder”

Creo que fue Norberto Bobbio quien dijo que tantos años dedicado al estudio de la política y el derecho le habían hecho desarrollar una desconfianza instintiva hacia cualquier tipo de relación de poder. Si usted no tiene esa desconfianza, si todavía siente respeto por la clase política y cree en su honorabilidad, por favor, deje de leer. Necesitamos gente así, como usted, para que el sistema funcione. Si no, bienvenido.

Que el poder requiere de determinados rasgos de carácter en quien lo ejerce está fuera de duda. Que sean el sacrificio, la honradez y la competencia, no. De hecho, las investigaciones psicológicas sobre los rasgos de personalidad necesarios para ejercer efectivamente el poder son, precisamente, los contrarios: la astucia, la simulación, el egoísmo y la ambición. Ya lo preconizaba Maquiavelo. Ahora hay estudios científicos.

Para el director del Departamento de Psiquiatría y Medicina Legal de la Universidad de Barcelona, Adolf Tobeña, que los ha reunido en “Cerebro y poder”, es necesaria cierta tendencia psicopática de la personalidad para mandar. Admite, no obstante, que no hay suficientes pruebas empíricas para demostrarlo ya que el objeto de estudio, los poderosos, suelen ser reacios a dejarse analizar. Él reserva, preferentemente “el perfil psicopático para los líderes y los individuos que escalan posiciones elevadas en ese tipo de organizaciones [con ambiciones políticas]. En cambio, la variabilidad temperamental entre los reclutas y militantes de a pie puede ser mucho más amplia”.

Entusiasmo, honestidad… y propaganda

Los rasgos que, según importantes estudios realizados en Italia y Estados Unidos y publicados por la revista Nature, más se valoran en los políticos son el dinamismo, entusiasmo y energía, por un lado; y la honestidad y fiabilidad, por otro. El resto de ejes que utilizan los psicólogos para definir la personalidad apenas entran en la ecuación. Esto obliga a los políticos a formarse una imagen que, por la propia naturaleza del ejercicio del poder, es contraria a su verdadera forma de ser. La ambición hay que disfrazarla de sacrificio. Los intereses, de valores. El egoísmo, de altruismo y la mentira, de verdad. Por eso hay que gastar tanto en propaganda y publicidad.

Chomsky se quejaba de que más de dos tercios de los estadounidenses desconocían aspectos esenciales del programa de Bush padre durante la campaña para la reelección y de que, sin embargo, el 90% de ellos sabía cómo se llamaba su perro. Era un gran éxito de su maquinaria de propaganda. Pero es muy fácil, casi un tópico, meterse con los Bush.

Winston Churchill

¿Y con Churchill, el hombre que con su valor y su constancia venció a Hitler? Pues también en su caso hacía falta propaganda. De hecho, nunca dijo eso de “We will never surrender” que todos los británicos son incapaces de recordar sin estremecerse. Quien daba esos encendidos discursos por la BBC era un actor. ¿Por qué nadie le reconoció? Pues porque era el que ponía la voz al simpático personaje infantil Winnie the Pooh y, claro, a nadie se le ocurrió preguntarle a un niño. Y, por otro lado, si un niño hubiera dicho que esa era la voz de Winnie, nadie le hubiera hecho caso. Pero sí, el rey estaba desnudo y, probablemente, el primer ministro, borracho.

De la personalidad a las hormonas, y viceversa

Pero no es la psicología sino la endocrinología la que está aportando nuevos datos a la biología del poder. Y se ha encontrado una potente relación entre el poder que se ejerce y la presencia de determinadas hormonas, sobre todo masculinas. Se ha investigado en profundidad en primates, en determinados peces, en insectos… En humanos los estudios se han centrado en el deporte, que es un remedo de los enfrentamientos primarios por la supremacía. Y se ha llegado a las mismas conclusiones: la jerarquía es más una cuestión de testosterona que de otra cosa.

Volviendo a Tobeña: “Lo curioso es que esas nociones generan tanta resistencia. Que se disparen aprensiones tan inmediatas y viscerales ante la más mínima insinuación de que hay que contar con los entresijos neurales y endocrinos para explicar, en serio, los asuntos del poder en humanos”. Claro, que se reduzca la cuestión más importante de la organización humana a un asunto de testículos nos devuelve a la animalidad que creíamos superada. Pero es así. ¿Que hay pocas pruebas?

Efectivamente no tenemos datos sobre las secreciones hormonales de los líderes políticos. Pero, abran el periódico: un presidente de italia aficionado a las orgías, un ya ex director del FMI acusado por violación, un ex primer ministro israelí condenado por el mismo motivo, un presidente ruso en la sombra que le felicita por su hombría… Está claro que el nivel de estrógenos anda descarriado en determinadas cumbres de la pirámide del poder.

Hormonas y poder: ejemplos históricos

¿Y si miramos atrás? Pues vemos a un Julio César tan hábil en la conquista de nuevos territorios para extender las fronteras del Imperio como en la de nuevos amores. Preferiblemente, además, si son esposas, hijas o amantes de sus oponentes políticos. Tan ocupado en no perder demasiados hombres como preocupado por su incipiente caída del cabello. Del cabello, sí, no del caballo. Una calvicie que, por cierto, ¡oh! descubrimiento, también tiene que ver con procesos hormonales.

Vemos el derecho de pernada, que permitía al señor feudal poner la pierna sobre el lecho nupcial de todas las jóvenes de su territorio durante la consumación del matrimonio. Luego debieron pensar que la pierna no era suficiente y se abrogaron el derecho a desvirgar a toda recién casada, sustituyendo al marido en la noche de bodas. “Desperdigar sus genes”, nos han dicho los antropólogos. Puede que también, pero, sobre todo, dar rienda suelta legalmente al exceso de virilidad masculina de los poderosos.

Vemos harenes, donde los había, y listas de amantes de los reyes, donde no. Vemos cortesanas en torno a la corte. Vemos a Bolívar, a Rasputín o a Talleyrand, grandes conquistadores… de mujeres. Este, por cierto, admitía que le interesaba mantenerse en el poder únicamente para tener acceso a más damas y de más alta alcurnia y sofisticación. Y es que el poder que no conquista corazones requiere demasiado esfuerzo y durante demasiado tiempo. También fue él el que le dijo a Napoleón aquello de que con las ballonetas se puede hacer prácticamente cualquier cosa, salvo sentarse sobre ellas. El poder no puede basarse sólo en la fuerza o no podrá descansar nunca.

 

De izquierda a derecha, Robert Kennedy, Marilyn Monroe y J.F. Kennedy. Los tres fueron amantes, los tres murieron trágicamente.

De Kennedy a Belén Esteban

Ejemplos históricos y ejemplos delictivos, o que rozan lo delictivo, no nos faltan. Pero, ¿y el resto de políticos? A nadie le interesa la vida amorosa de Ruiz Gallardón, o de cualquier otro, siempre que no se traspase la barrera de la legalidad. O de la moralidad. O de la torpeza: como Clinton que, más que por hacerlo, pasará a la historia de los amores ovalados por hacerlo mal. Kennedy ha quedado en el recuerdo como un mujeriego, aunque más de una de sus amantes sacadas del catálogo hollywoodiense se quejaban de su acoso. Una incluso se arrojó del coche oficial en marcha mientras su mano intentaba trepar por dentro de su falda. Quizá en vez de un conquistador fuera un baboso, pero sus esfuerzos hicieron para esconderlo.

El caso de Kennedy es significativo también para estudiar las mentiras de las que se rodea el poder. Cuando le propusieron hacer una película sobre las acciones heroicas por las que se le habían condecorado en la II Guerra Mundial declinó la oferta. En principio podría parecer que le restaba importancia a aquel episodio en el que rescató a su pelotón y lo mantuvo con vida en una isla desierta del Pacífico: “Simplemente se hundió mi barco”, decía. Quizá fuera que todavía tenía algo de vergüenza: en realidad, es que la historia era falsa. La había inventado su padre, comprando los testimonios necesarios, durante la carrera presidencial de su hijo. Aun así, ha quedado para la historia como un gran presidente de los Estados Unidos… hasta la publicación de su última biografía.

Cuando las tropas estadounidenses entraron en Roma durante la II Guerra Mundial, uno de sus coroneles se mostró sorprendido por la cantidad de consignas políticas, que colgaban casi de cada balcón. La gente estaba demasiado politizada. Para que la democracia funcione, dijo, lo que la gente tiene que saber es el champú que usa su actriz favorita y cosas así. Si todo el mundo quiere estar en política, la política no funciona. Quizá tuviera razón y, para nuestra democracia, sea más importante Belén Esteban que todas las Bibianas Aído que puedan surgir.

Porque, ah, las mujeres no se escapan a esta taxonomía endocrinológica. Y no sólo porque se sientan atraídas por la erótica del poder, sino porque por sus venas también corre el torrente de la ambición y las ansias de mando en forma de hormonas. Algunas se conforman con aspirar a ser Carla Bruni, otras no bajarían de Cleopatra. En ambos casos las secreciones intravenosas del sistema endocrino son primordiales.

La escalera del poder

Pero, por favor, no pensemos que el poder corrompe. “Es exactamente al revés: el juego del poder selecciona a sujetos que ya llevan de por sí unos rasgos que les predisponen a servirse del esfuerzo y el entusiasmo ajenos en provecho propio. Dicho de otro modo, los envites por el poder favorecen a los que ya acarrean talentos óptimos para practicar el parasitismo y el pillaje”. Perdonen que cite otra vez a Tobeña (esto es como cuando Cansado hace un chiste sobre Don Juan Carlos y Faemino le recuerda al público que ha sido el bajito el que ha dicho eso: señores políticos, recuerden, no soy yo el que dice que son ustedes, por definición, unos fanfarrones).

En esta selección natural de los más aptos para engatusar, engañar o amedrentar a los demás (que se puede dar en muchas profesiones, pero sobre todo en la del político) da igual que estemos hablando de una democracia o de cualquier otro sistema político. Cuando, una vez, preguntaron a Fraga cómo había pasado tan alegremente de la dictadura a crear un partido político en democracia dijo, tras pedir que la respuesta no saliera de allí, que, en el fondo, no hay tanta diferencia. “Lo que pasa es que en la dictadura éramos mil los que mandábamos y, en la democracia, seremos diez mil los que mandemos”. Estará un poco más repartido el poder, nos tendremos que turnar… pero “no hay tanta diferencia”.

Sí hay una grandísima diferencia: que, como decía Karl Popper aplicando su principio científico de falsabilidad a la política, cada cierto tiempo, si un político no convence, se le puede hacer que cese en el cargo. La grandeza de la democracia no está en que se pueda elegir a los gobernantes (no sabemos siquiera cómo se van a comportar una vez que tengan el poder), sino en que se les pueda echar sin derramamiento de sangre.

La ventaja de la democracia

Incluso de Pericles, uno de los padres, si no de la democracia ateniense misma, al menos sí de su grandeza; de Pericles, la principal representación escultórica que nos ha quedado le muestra con su casco de estratega levantado. Ya entonces el poder político estaba indisolublemente unido a la fuerza. Y desde entonces se lleva pretendiendo disimular esta unión. Pericles se levanta el casco de guerrero y muestra su cara. Los políticos, hoy día, ya no llevan esas armas. Pretenden haberse quitado esas máscaras. Y todo disfraz. Incluso alguno hay que ha pedido el voto en pelota picada.

En la Atenas de Pericles la mayoría de los cargos públicos se establecían por sorteo. Eso sí que era democracia. Lo malo es que nos podía tocar mandar a usted o a mí. Gente que, quizá, no tenemos muy claro en qué extremo del látigo preferiríamos estar. Gente, en fin, que no tenemos la disposición de ánimo necesaria para mandar. Gente honrada, vamos. Quizá por eso siempre Esparta vence a Atenas.

Busto de Pericles conservado en el Museo Británico (Foto - Luis García Casas)

Pericles

 



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