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Yes we can¿Que Esparta siempre vence a Atenas? ¿Entonces por qué Estados Unidos acaba derrotando al imperialismo nipón y, junto a los Aliados, al militarismo de la Alemania de Hitler? Los supervivientes de la escuela crítica de Frankfurt huidos del nazismo, por un lado, encontraron multitud de características comunes con el totalitarismo en la sociedad estadounidense. Aunque bien es cierto que, a pesar de su militancia en la izquierda radical, optaron por exiliarse ahí en lugar de en la Rusia soviética. Por algo sería.

Por otro lado, la estricta y jerárquica organización del ejército dista siempre de ser democrática, así en la Alemania nazi como en los Estados Unidos de Roosevelt y Truman. Lo primero tiene que ver con el aparato publicitario-propagandístico que desarrollaron los respectivos sistemas económicos y políticos. Lo segundo, con la eficiencia efectiva de una organización como el ejército. Y esto sí tiene que ver también con los niveles hormonales.

Las investigaciones realizadas tanto entre los soldados como entre deportistas y, también, miembros de bandas juveniles, han detectado una correlación entre los niveles de determinadas hormonas y la fidelidad y entrega al grupo. O sea, que la cohesión grupal está íntimamente relacionada con los niveles de testosterona, andrógenos y estrógenos. Lo expresa muy bien Sebastian Junger en “Guerra”, un libro que tiene su correlato cinematográfico en el documental “Restrepo” (con Oscar incluido). Ambos trabajos los hizo junto al fotógrafo Tim Hetherington, muerto mientras cubría el conflicto libio.

“Lo que más aterrorizaba a los soldados era la idea de fallar al hermano cuando te necesitaba y, en comparación, morir resultaba sencillo. Morir se terminaba en sí mismo. La cobardía, en cambio, no te abandonaba nunca”.

El grupo, en la guerra y en la paz

Pero esta fidelidad no se da únicamente en la guerra, también en la paz. Todos hemos visto militantes que defienden a su partido prácticamente haga lo que haga. Son los que más se implican en su proyecto político y los que más ferozmente luchan por él. Podemos pensar también que, normalmente, son los que más ganan con el triunfo de su partido. En muchos casos es así: pueden conseguir prebendas, cargos, influencia… Pero en muchos otros, lo único que se obtiene es el orgullo y la satisfacción de haber vencido.

Probablemente el mismo orgullo que se siente cuando gana nuestro equipo de fútbol: la única prebenda que se obtiene es el derecho a mirar por encima del hombro a los hinchas del equipo rival y cierta satisfacción interior. Satisfacción que ¿hace falta que lo diga a estas alturas? tiene también un origen hormonal. Por supuesto, las relaciones de poder se dan en la empresa, en el deporte o en el hogar… Pero es en la vida política donde su importancia es central.

Se han hecho pruebas clínicas a voluntarios de partidos oponentes para ver sus niveles hormonales. Pero se ha hecho durante la noche electoral, cuando los ánimos están más caldeados. El resultado, huelga decirlo, es que los vencedores segregan mucha más cantidad de estos compuestos químicos. Aunque se trate de militantes de base que no se juegan, realmente, su futuro profesional y político en las elecciones. Experimentos similares, con resultados similares, se han hecho en estadios deportivos.

Pero ¿y fuera de la decisiva noche electoral? Pues no hay experimentos clínicos. No obstante, cualquiera que haya trabajado en la sede de alguno de los grandes partidos puede dar información valiosa en este sentido. Por supuesto, podría hablarnos de política, pero seguro que tendrá mucho más que contar sobre los líos amorosos que se dan dentro de la organización. Entre las secretarias, por ejemplo, de uno de los principales partidos de este país la pregunta habitual era: “Y tú, ¿con quién estás?”.

Juntos y revueltos

Y no lo achaquemos todo a que la militancia más vehemente se recluta entre la juventud, ya se sabe, esa época en la que la revolución política está más relacionada con la revolución hormonal que con las ideas. Más de uno hay que entró en un partido político siguiendo faldas y más de una que ha entrado únicamente para buscar marido. No, achaquémoslo a la erótica del poder y al juego de fidelidades y cohesión que necesita un partido político para funcionar. Cohesión que, si es muy estrecha, muchas veces llega al roce y el roce, ya se sabe, hace el cariño.

Tampoco hay que hacer diferencias entre unos partidos u otros. Aunque, claro está, cuanto más lejos está uno de optar al poder, menos ímpetu hormonal tendrá y, quizá, más tiempo para pensar. Y, a la vez, alguien con una gran ambición política elegirá un partido con más opciones de ganar. Pero el ansia de poder adorna a los “políticos de raza”, o sea, a los que lo que les gusta es mandar, sean de la tendencia ideológica que sean.

Te quiero… gobernar

Por ejemplo Azaña, que, abordado en los pasillos del Congreso, acabó respondiendo: “Yo no sé si soy un gran estadista. Lo que es cierto es que, de la política, lo que me interesa es mandar…”. Lo cuenta Josep Pla que, por cierto –no por ello pondremos en duda su palabra–, respondía no al interés legítimo de cualquier ciudadano (en general y de un periodista en particular) a saber la verdad, sino a los intereses políticos de su jefe, el independentista Cambó.

Es curiosa la coincidencia con la famosa frase de otro mandatario de la época, Mussolini, cuando dijo aquello de “quiero gobernar, ése es mi programa”. Dicho sea de paso, quizá sea el único punto en común que se pueda encontrar entre ambos políticos. E incluso llamar “político” al segundo da un poco de reparo, pero eso es porque todavía nos queda un atisbo de respeto, a pesar de todo, por esa profesión y los que la ejercen.

Como dijo Anthony Downs en Una teoría económica de la política, el objetivo de los partidos políticos es «formular políticas como un medio para detentar el poder, más que en buscar el poder para llevar a cabo políticas preconcebidas». Quiero gobernar, luego ya diré qué voy a hacer con él. Incluso el silencio respecto a los planes es una estrategia política. ¿Adivinan a quién corresponde este fragmento de discurso?

“La derecha está exultante porque piensa que va a ganar, y os quiero decir que puede ganar. Por ello tenemos que movernos y explicar las cosas. […] No lo echemos a perder. Pidámosle a la derecha que nos diga qué es lo que va a hacer. Nosotros sabemos lo que estamos haciendo y ahora os voy a explicar lo que pensamos hacer. Pero estar escondido detrás de la mata, diciendo «cuando ganemos, ya lo explicaremos», no. Digan ustedes lo que van a hacer y por qué caminos vamos a andar”.

Pues no, no es José Blanco refiriéndose a Rajoy, sino Felipe González interpelando al candidato Aznar en 1993. Si especificar un programa político detallado nos puede hacer perder votantes (ya que es el desgaste del actual gobierno el que prácticamente garantiza su derrota), ¿para qué hacerlo? Adelantar las elecciones al 20-N es un desesperado intento de devolver el debate por todos los medios al plano ideológico, donde, según las encuestas, el PSOE mantiene todavía alguna ventaja. Como afirma, en “La confrontación política, el sociólogo José María Maravall, “la proximidad ideológica no explica el voto”. Él hace un interesante análisis de por qué se recurren a estrategias de enfrentamiento y crispación política en determinadas circunstancias. Pero no pretendo desmenuzar aquí las estrategias electorales, sino poner de manifiesto que sólo persiguen la obtención del poder por el poder mismo. “Queremos mandar, ése es nuestro programa… ¿pasa algo?”.

Aspectos transversales y aspectos partidistas

Hay aspectos que el conjunto de los votantes valoran de la misma manera: la honradez, la credibilidad, la capacidad de trabajo y de negociación, la inteligencia política… Si en alguno de estos aspectos “transversales” un candidato está mucho mejor valorado que el otro, puede atraerse a votantes más cercanos ideológicamente a este. Pero ya hemos visto, con Adolf Tobeña, que las capacidades que hacen que un político sea realmente bueno y que medre no son precisamente las que los votantes más apreciarían:

“La bilogía humana impone que en el trayecto para alcanzar cotas altas de poder político resulten primados quienes reúnen condiciones para el bandidaje parasitario y embriagador. Los individuos astutos, dominantes, crueles, persuasivos, falsos manipuladores y audaces son óptimos candidatos para situarse en posiciones de ventaja en las luchas por el poder. Esos atributos dependen de propiedades en la circuitería neural y de sutilezas en unos resortes hormonales”.

El PP insulta al PSOE porque el electorado medio es más cercano ideológicamente a este partido. Maravall lo recoge muy bien en su libro, pero, de nuevo, referiéndose a la campaña de 1993: “El responsable de la campaña del PP señaló: «Toda nuestra estrategia se centra en los votantes socialistas indecisos. […] Si podemos sembrar suficientes dudas sobre la economía, sobre la inmigración y sobre el tema del nacionalismo, entonces tal vez se queden en casas» (declaraciones de Gabriel Elorriaga al Financial Times, 29 de febrero de 2008)”.

La crispación como arma electoral

Uno de los principales responsables del Partido Popular en Madrid reconoció en una conferencia a la que asistí que los políticos mienten. Que en política se miente como parte de la estrategia electoral. Que todos lo hacen. Para ganar, claro. Un murmullo de indignación acompañó su intervención en toda la sala. Personalmente, pensé: “Indignaos cuando os mienten, no ahora que os están diciendo la verdad”. Pero lo menos que podemos esperar de un buen político es, al menos, que mienta bien. Si no puede hacer eso bien, ¿qué clase de político va a llegar a ser?

Lo malo es que ese ambiente de acusaciones, mentiras y crispación no hace más que tensar una cuerda que, a veces, se puede romper. Como la paciencia de los votantes. O la paz social. Así que es un arma electoral que, dentro de la insidia que de por sí supone, los políticos deberían utilizar con ciertos límites. Maraval nos recuerda aquí, en torno a las políticas de crispación, la famosa frase de Truman: «Aquel que no soporte el calor que no entre en la cocina».

Animal político y viceversa

Truman, recordemos, un político que llegó a presidente no por unas elecciones sino por fallecimiento de su predecesor y que tuvo que tomar una de las decisiones más difíciles que probablemente haya tomado político alguno: arrojar la bomba atómica. No debía afectarle mucho el calor de la cocina porque no dudó en lanzar una segunda. Y es que la endocrinología del poder es un mecanismo que se autorrefuerza: cuanto más se ejerce, más se quiere. Como el deporte. O como cualquier vicio.

Quizá a eso se refería Aristóteles al decir que el hombre es un “animal político”. Quizá todos estemos biológicamente diseñados para ejercer el poder si es necesario. Nuestros niveles de alerta hormonal ya nos avisarían. Y si te dicen que no puedes, hay que contestar que sí que podemos (“yes we can”, ¿les suena?). Y es que, si no mandas, te mandan, pero siempre estás metido en el juego del poder… aunque nadie te haya preguntado si quieres jugar. Es como se organiza la manada.

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