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Benedicto XVI en su vista del año pasado a España

Puesto que en Santiago todavía estamos disfrutando de los beneficios que la visita relámpago papal dejó en la ciudad, en Madrid deberían de echar un vistazo a las hemerotecas para tener alguna pista de los que se le viene encima. Es una suerte, no obstante, que lo de mirar hacia atrás, hacer memoria y sacar conclusiones no goce de mucho prestigio entre los españoles de bien últimamente. No tengo nada en contra de que venga el jefe de la Iglesia de Roma, presidente vitalicio de un estado no democrático como es el Vaticano. Personalmente me da bastante igual. Me considero una persona tolerante en cuestiones religiosas, siempre y cuando estas sean tolerantes conmigo. Lo de la religión es como lo de los helados, variados y para todos los gustos. Cuando se me pregunta suelo contestar lo mismo: creo en el único dios verdadero y después en Bod Bylan. El problema llega cuando siquiera manifestar el descontento por cómo se están haciendo las cosas en cuestiones religiosas hace que un tipo al que la púrpura le sale por las orejas acaba por llamarte paleto. Y lo dice alguien que, en pleno siglo XXI, cree en un tipo nacido de mujer que no ha conocido varón y capaz de multiplicar panes y peces ante un respetable al que, que se sepa, no se le ha administrado sustancia alucinógena alguna.

El problema es que durante los días de preparativos para la Jornada Mundial de la Juventud (cuyas siglas dan para muchos chistes), un estado supuestamente aconfesional sufra una regresión temporal a la que solo le falta que un enano de uniforme acabe paseando bajo palio Castellana arriba, Castellana abajo. El problema es que todos los medios de comunicación ofrezcan la imagen de que todo dios está mojadito ante la llegada de un lider político revestido con una inconografía divina semejante a la de los dictadores que hemos visto época tras época. El problema es que una ciudad y por extensión, un país, se quede paralizado por la llegada de un ser cuyo poder emana, dicen, de un dios al que nadie ha visto. El problema es que los gastos de este espectáculo van a correr a cargo de mis impuestos y de los suyos independientemente de que usted o yo seamos o no creyentes, católicos o simplemente indiferentes.

El cardenal Rouco, al que mi tío todavía recuerda en el seminario de Santiago (hace años los seminarios funcionaban como internados para los estudiantes llegados del rural que estudiaban en la capital) repartiendo pescozones entre los jóvenes por puro deporte para luego ponerse hasta el culo de cocido mientras a los internos sólo se les servía sopa por ser viernes de cuaresma, dijo ayer que la cuenta la pagaban los voluntarios y la propia Madre Iglesia nada más y comparó los gastos derivados de infraestructuras y seguridad, a cuenta del estado, con aquellos que se producen en cualquier evento deportivo. Todo es espectáculo al fin y al cabo.

La diferencia está en que en el evento deportivo, los participantes, no aprovechan los micrófonos para poner a parir al gobierno del Estado que lo acoge y paga mitad de la cuenta. La diferencia es que, por muy poco que me guste el deporte, no me siento insultado por acoger la final de esto o lo otro.

A las cuentas de Rouco se le sumó un alumno aventajado al decir que esta visita se iba a notar en el PIB y la deuda española que es algo así como decir que se va a notar en Marte, adonde en Santiago hemos ido a buscar los beneficios de la tourné papal del año pasado. Se han dado cuenta en el metro de Madrid que ha decidido aplicar, por su cuenta y riesgo, un descuento del 80% en los abonos transportes a voluntarios y peregrinos que, también y a la larga, será beneficioso, dicen. Es el capitalismo, estúpido. Un descuento que niegan sistemáticamente a parados de larga duración y sin ingresos pese a ser esto reiteradamente reclamado por los sindicatos. Y lo hacen en el mismo momento que han decidio subir un 50% el billete individual y se niegan a asumir los acuerdos salariales firmados en el convenio con la plantilla. La crisis, aducen, y como toda crisis, esta es selectiva.

El papa de los católicos será recibido por un total de 56 jóvenes de entre 9 y 13 años vestidos de Guardia Suiza Pontificia que, visto los antecedentes de la iglesia con los niños, es como que a Berlusconi se le reciba en Barajas con 56 jovencitas vestidas con cofia, minifalda y tacón de 12 centímetros. Unha porvocación pero a ver quién es el guapo que dice algo sin que sea tachado, como mínimo, de antisistema. Para evitar problemas, Gallardón, siempre solícito, blinadará la capital y el Ministerio del Interior impedirá, en democracia, cualquier intento de ejercer el derecho de expresión contra la visita. Un ministerio que pertenece a un gobierno que se dice socialista y laico pero que ha sido el que más dinero le ha aportado a la Iglesia en la historia de la democracia española y, en consecuencia, ha recibido  respuesta. Roma no paga a traidores, solo les cobra. Y en el PSOE aun hay quien, como Mouriño, se pregunta por qué.

 

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