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Si hace unos años nos hubieran dicho que en 2011 llevaríamos implantado secretamente bajo la piel un chip electrónico que iría registrando nuestros movimientos, lo que compramos y hasta lo que buscamos en el diccionario; hubiéramos pensado que, en el mejor de los casos, como Orwell con 1984, se nos estaba describiendo un futuro hipotético y muy poco probable. Pero si se nos hubiera dicho que en vez de bajo la piel lo íbamos a llevar en el bolsillo, que lejos de implantárnoslo secretamente íbamos a mostrarlo orgullosos y que, encima, íbamos a pagar más de quinientos euros por él, hubiéramos pensado, directamente, que quien tal nos contaba estaba majareta.

Pues eso es lo que hace nuestro móvil inteligente: su sistema GPS guarda los datos de geolocalización (o sea, por dónde nos movemos); su memoria guarda lo que visitamos en internet, las palabras que introducimos en el buscador y, llegado el caso, lo que pagamos a través del teléfono. Nuestro ordenador guarda los datos de nuestras compras on-line y de lo que metemos en Google. Y si, además, tenemos una cuenta de correo de Gmail, también guarda todos esos datos cuando estamos utilizando otro ordenador y hemos introducido nuestra clave. De hecho, probablemente, el correo de Google existe únicamente para eso, para identificar al usuario y no únicamente la ID del ordenador.

Regístrate tú

Google, Facebook, Tuenti… son máquinas de sacarnos datos. ¿Por qué alguien iba a ofrecernos gratuitamente capacidad de almacenamiento para la gestión de nuestra red de contactos o para compartir, por ejemplo, fotografías con ella? Datos que, por cierto, luego utiliza para su explotación comercial. Tienen tu nombre, tu edad, tu foto (sí, hay cierto porcentaje de gente que miente en su nombre, en su edad, en su foto… pero la mayoría decimos la verdad, lo juro). Tienen los datos de lo que has buscado en internet, de lo que has comprado, el número de amigos que tienes en la red, su perfil. Vamos, miente aquí, listillo. No puedes. Si ves pornografía, lo saben. Si te gusta el juego on-line, lo saben. Si coleccionas comics, lo saben.

Si eres gay, hincha del Atleti o compras drogas on-line, lo saben. Lo bueno es que sólo utilizan esa información para servirte como consumidor: te enviarán ofertas ajustadas a tu perfil. Los anuncios que verás mientras navegas tendrán hombres sudorosos, bufandas rojiblancas o hojas de marihuana. Recibirás las ofertas que te gustaría recibir. Y utilizarán tu perfil para complacer tus deseos materiales. Y espirituales.

En buenas manos

Ahora bien. De momento, todas estas empresas están en manos de gente bienintencionada cuya única preocupación es hacernos felices. Si alguien con gabardina y un parche en el ojo nos pidiera en una calle oscura nuestra dirección, las fotos de nuestros hijos y nuestros datos bancarios, no se los daríamos. ¿Estás de broma? Pero ellos… qué más da que tengan nuestros datos. En el mundo digital, además, todo es más etéreo: nadie nos va a robar nuestra cartera mientras tecleamos porque está bien sujeta entre nuestro trasero y el cojín del sillón.

Pero aunque nuestros datos estén en buenas manos, siempre puede venir alguien y aprovecharse de ellos. Hace un par de años el hijo de un millonario mexicano fue secuestrado y asesinado después de cobrar el rescate. Normalmente, si pagas lo sueltan. En esta ocasión no fue así. Por eso no se rindieron hasta coger a los responsables. Los delincuentes dijeron que planearon todo y que sacaron todos los datos (matrícula del coche, dirección, nombre del yate, fotografía) a través de Facebook. Vaya, ya no es tan seguro el mundo virtual.

Y no son sólo los profanos a los que nos pasa esto. En uno de los primeros congresos sobre seguridad informática en Londres, la empresa encargada de clausurar las conferencias se dedicó a repartir chocolatinas en la puerta del evento a cambio de las claves informáticas del trabajo y del ordenador personal de los participantes. La mayoría las daba. Sí, algunos puede que mintieran, pero la mayoría se puso colorado durante esa última conferencia, cuando se presentaron los datos de tan estrafalaria encuesta.

La red y la tela de araña

Internet nació como una red de comunicaciones capaz de resistir la destrucción de gran parte de sus nódulos. Vamos, una red capaz de soportar un ataque nuclear a gran escala. Fue un invento del Pentágono que luego lanzaron al mundo. Y caímos en su red. Porque tiene tantas cosas buenas que hemos obviado las malas. “No se puede controlar la red”, nos decían. “Es un ámbito de libertad total”. “Es imposible vigilarlo”. Venga ya.

En el siglo diecisiete la Iglesia encontró la forma de controlar el acceso a la información: en lugar de ordenar los libros por temas, como se venía haciendo en el Renacimiento, se ordenaron por tamaños. Así, el investigador necesitaba recurrir al bibliotecario para encontrar lo que buscaba, bibliotecario que se encargaba de que lo que buscaba fuera acorde con lo que debía buscar, de registrar la petición y de, si no era adecuada, negar los libros. Controlar es muy fácil. Entonces y ahora.

Sueño americano

Además, hay otro tema. ¿Y si los datos recopilados por los gigantes de la informática llegaran a manos de alguien que no tuviera tan buenas motivaciones? ¿De alguien que no quisiera sólo nuestro propio beneficio sino el suyo propio? ¿O, peor, de un gobierno malintencionado? Un gobierno capaz de manipular a la población, engañarla y utilizarla para mantenerse en el poder. Bueno, eso lo hacen todos. Pero este gobierno tendría además una herramienta para vigilarla con la que ningún otro soñó antes: un servicio de espionaje interno con posibilidades casi infinitas. Podría sacar perfiles psicológicos prácticamente de forma automática de cada persona, sabría sus movimientos, sus conversaciones… en fin, todo. Sería el Gran Hermano de Orwell pero informatizado y automatizado.

Por suerte, si Blackberry (canadiense) sigue bajando en bolsa y acaba comprándola Google, Apple o Microsoft; y si Nokia (europea) continúa con su alianza con esta última, todos los móviles inteligentes llevarán en un futuro cercano un sistema operativo de marca estadouniense, gestionado por una empresa estadounidense de forma que, así, sólo podría tener acceso a todos esos datos un gobierno, el estadounidense, que vela por la libertad en el mundo y no duda en enviar a sus marines allí donde ésta está amenazada. Quizá utilicen nuestros datos para vendernos Coca-Cola. Pero es que nos gusta tanto… Podemos dormir tranquilos. Pero mejor con el móvil apagado, por si acaso, para que no nos molesten. Y para que nuestro espía computerizado y personalizado sepa que estamos durmiendo… y que ahí no tiene nada que registrar. ¿O sí? Siempre que nuestros sueños sean suficientemente americanos.

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