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Desde el balcón del apartamento que nos han dejado a Di y a mi para pasar estos días las primeras gotas de una de las últimas tormentas del verano comienzan a chisporrotear sobre los tejados de los edificios aledaños. Estamos en un décimo. Por orden veo las torres de la Iglesia de Saint-Michel, el palacio de los Duques de Borgoña y la Catedral de Notre-Damme de Dijon que en una de sus esquinas tiene un búho tallado que la gente toca continuamente porque dice la tradición que da buena suerte. Tan sobado está el búho que más que un pájaro parece una berruga que le ha salido a la piedra y uno tiene la impresión que los dijoneses y sus turistas deben de ser los tipos más afortunados del mundo. Una suerte de nuestro santo dos croques, al aire libre pero sin obispado que ponga el grito en el cielo por tanto manoseo.

La ciudad está en calma, presagiando la nube que, poco a poco, está acabando con el bochorno del día y, quien sabe, si a la espera de la llegada de las legiones de estudiantes que como hormigas cargadas en busca de hormiguero, recorren sus calles recién bajados del tren listos para comenzar un nuevo curso. Dijon tiene vida. Y esto es algo que se agradece. Di está encantada como lo estaría una americana viviendo en Francia a la búsqueda de confirmar el mito. Puede yo que llegara con unas espectativas bajas por eso del viejo tópico de que como en España en ninguna parte que para eso los extranjeros bajan a la piel de toro en busca de placeres que le son ajenos en casa. Una estupidez como otra cualquera que ha hecho fortuna y que yo nunca me he creído del todo. Las terrazas rebosan de gente charlando, de piernas cruzadas y fumando como si la vida le fuera en ello. No he visto Galoises y sí mucho tabaco de liar. Es quizá, a simple vista, un síntoma de que la tan manida crisis ha llegado a Francia pero es también la constatación de otro de esos tópicos que todos cargamos en la mochila. El tabaco, en cualquier lugar cercano menos España y Portugal es un mal vicio y como tan ha de ser tratado vía carga impositiva. Otros vendrán y lo harán bajo la excusa de que mejor estos que otros impuestos cuando cualquier pensamiento racional de más de cinco minutos dejaría ver que es precisamente al contraio. Es posible que a la retahila de tópicos que ya llevo podamos agregarle uno más: dicen que este es el país del racionalismo, de aquello que ahora está tan demodé como el pienso, luego existo. Algo a lo que definitivamente parece que hemos renunciado en España. He puesto la radio por Internet un minuto y por los altavoces ha salido la voz del plenipotenciario ministro José Blanco. Ha justificado el golpe de estado en Cortes diciendo que no han querido transferir a los ciudadanos la responsabilidad sobre las medidas que precisa la reforma de la Constitución (sic). Me ha entrado un escalofrío y he cortado la conexión. Después, horas más tarde, rastreé Internet en busca que la petición de dimisión del ministro de Palas de Rei por haberse cargado en diez segundos el principio de soberanía nacional. No encontré nada y he estado deprimido por unos instantes.

Considero que un deporte obligatorio para todos sería el de ver el propio país desde fuera, aunque fuese por unos momentos nada más. Volveriamos sonrojados.  O, como mínimo, con argumentos suficientes para contestar al primero que soltara aquello de que en el extranjero todo está más caro. Mentira. Llevo tres días viviendo aquí y no he notado la diferencia más allá de los vicios que a todos nos pierden. Cada vez que salgo constato aquello que decía Nuño: en España no se vive de puta madre, se bebe de puta madre y por eso no nos enteramos de nada.

El jueves firmé mi contrato en el edificio administrativo de la Universidad. Luego fui al departamento y no había nadie. Es septiembre, solo hay exámenes y los docentes, salvo imperativo examinador, apuran los últimos días de vacaciones sin temor a que ningun desempleado ocioso en la barra de algún bar o un político (en ocasiones es lo mismo) les llamen vagos y les digan que hasta aquí hemos llegado que ahora iban a saber lo que es bueno cobrando menos por trabajar más y, seguramente peor, aunque el destinatario de su trabajo sea el futuro de nuestros hijos. El vernes recibí un e-mail conminandome a asistir a una reunión en el departamento en el que se repartirían las horas extras de manera equitativa. Si alguien debe trabajar más, debe ser recompensado por ello. Racionalismo, le llaman desde la época de Descartes.

He visto que Fraga lo deja. Es hora de dejar paso a las nuevas generaciones que en el caso del León de Vilalba son más que demasiadas. En el Facebook también he visto que ha sido todo un acontecimiento, no quiero pensar lo que ocurrirá el día que nos deje a todos aquí tirados. También he constatado que Jabois sigue paso firme su camino al estrellato. Escribe como quiere y como le da la gana que es lo mejor que se puede decir de alguien que intenta ganarse la vida juntando letras. De la misma forma lo hace Fran P. Hay días en los que me asalta la duda: es Jabois real o una reencarnación de Justin Bieber con barba?. A Fran P. me consta que todavia no le tiran ropa interior por la calle. De Jabois ya no estoy tan seguro.

Hasta enterarme , yo seguiré buscando apartamento y puede que hasta viaje algo.

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