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I

Había días en los que aparecías demasiado tarde

en pleno incendio,

cuando mi tronco se caía en pedazos

incapaz de manejarse ya con calor y altura que antepasados,

generosos, habían otorgado  para mi estirpe.

 

Te quedabas allí, observando,

sabiendo que todo se nos  había ido de las manos

y que toda tu buena voluntad,

que cogía en un cubo,

no serviría para evitar que al día siguiente

mis floridas expectativas

amaneciesen dominadas

por un paisaje desolador.

 

Metin Demiralay

II

Quemamos primeras veces sin transcendencia

ni más rito que mano sobre piel

y probando a ver quién era más rápido.

Aprendimos ya tarde lo que era un protocolo

y los caminos de la iniciación cuando ya estábamos gastados,

encendidos,

y no serviría de nada intentar un reinicio.

Parecía como si de la boca en vez de besos,

versos

o improvisaciones

sólo pudiese salirnos la canción del verano.

 

III

Sé que no vas a pedirlo

y no quieres que utilice para eso

la lengua.

Al menos no todavía

porque estamos aún en la cercanía ambigua de conocernos.

Nos separan centímetros de días,

tantos metros

como tardes nos faltan de paseos y puestas de sol,

muchos kilómetros de noches quemando rutinas

y pisando siempre sobre la misma porción de tierra

de piel.

Aunque vencido el pudor primero que impide avanzar

no creo que intentes pedírmelo

ni quieres, en el fondo,

que ejecute tus deseos

porque estaríamos agotando el pan de mañana

y en menos de una semana

todos los versos posibles olerían a muerto.

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