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En una de esas geniales viñetas que devienen en un tratado de sociología, El Roto dibuja a un hombre elevando al cielo una súplica que hoy en día resulta común al resto de los mortales.

-¡Señor, por qué siempre gobiernan los peores?!

-¡Por que tú los votas, so bobo!

He aquí, en dos simples frases encerrado el sentido del funcionamiento de la política como tal en los últimos veinte años. Circula, desde el estallido de una crisis que ya parece eterna, allá por el 2008, el sentimiento general de que la culpa es de los políticos que son todos iguales y, por tanto unos coruptos. Hasta tal punto hemos llegado que añadir a la palabra político el adjetivo corrupto parece ya una reiteración. No puedo estar más en desacuerdo con esta afirmación general por más que un rápido vistazo a los diarios de la mañana haga caer sobre mi el principio de la duda eterna. Ni todos los políticos son iguales, ni son todos unos corruptos aunque algunos hagan horas extras para convencernos de lo contrario.

Cabe recordar que los políticos están ahí por la sencilla razón de que alguien los ha puesto, lo que en un sistema democrático significa que alguien los ha votado. Una vez ahí, no se llame nadie a engaño, los políticos son un fiel reflejo de la sociedad a la que representan con toda la carga que ello conlleva. Es cierto que en los últimos tiempos, la clase política ha devenido en una suerte de casta que vive en un punto lejano de la galaxia, lo más ausente posible de las responsabilidades que le fueron encomendadas al ser depositarios de una supuesta voluntad popular a fin de gestionar lo que los latinos llamaron la Res Publica. Pero también es cierto que la gran mayoría de los ciudadanos a los que representan han renunciado tiempo ha a la parte del trato democrático que les correspondía; esto es reclamar responsabilidades.

El Roto

Se dice que las únicas responsabilidades de un políticos son para con sus votantes, por lo tanto son estos los que, cada cuatro años, deben evaluar el trabajo encomendado al depositario de su voto. Ocurre sin embargo que en España (obviamente, no sólo en España) los votantes, es decir los que ejercen la voluntad popular con su voto, han renunciado a su obligación instalándose en una especie de laissez faire para, después y solo en algunos casos, llevarse las manos a la cabeza y preguntarse cómo hemos llegado a esto. Aunque parezca una tontería en el pequeño detalle está parte de la explicación. Los políticos (una generalización, sin duda excesiva) son corruptos por la sencilla razón de que la sociedad a la que representan es corrupta en mayor o menor medida. Todos hemos defraudado a hacienda en algún momento. No declarando un alquiler, trabajando a espaldas del Estado, no cobrando el IVA de una factura, etc. Si eso, lo elevamos a categorías y estamentos más altos y de mayor influencia, no es de extrañar que ocurra lo mismo. Y ocurre por la sencilla razón de que llegada la cita a las urnas, todo va a cambiar para seguir igual. Ahí está la gran frase de Trillo con el Yak o de sus correligionarios en la Comunidad Valenciana (léase Camps o Fabra) a la hora de eludir responsabilidad alguna con eso de a mi ya me han juzgado los votantes.

Cuando la corrupción urbanística llenaba telediarios, antes de que la crisis de la deuda (algo que siempre ha existido pero que nadie nos ha explicado por qué ahora es tan importante) lo copara todo, al alcalde o concejal detenido lo recibía a las puertas del juzgado una legión de vecinos clamando por su inocencia. En el canutazo de oro nunca faltaba una señora de mediana edad a voz en grito como si en el micrófono le fuese la vida: es el alcalde que más ha trabajado por el pueblo, ¡esto es una vergüenza! No había que ser muy listo para entender el verdadero significado de su súplica: me ha recalificado un terreno o colocado a un pariente o, algo mucho más prosaico, soy militante ergo es de los míos. Quizá, al otro lado de la plaza, a resguardo de las cámaras, un sector del pueblo descargaba su furia al grito de ladrones y corruptos. La mayoría de ellos, en realidad, escondían en cada reproche la frustración de haberse pasado años sin su parte del pastel. Léase Ourense, donde media provincia trabaja para Baltar y constituye un verdadero ejército de legionarios que cantan los logros del líder, mientras que la otra media desearía hacerlo, para así dejar de ladrar su rencor por las esquinas, por citar a nuestro ímprobo estadista.

Rodríguez Zapatero (efe)

Después de una legislatura completamente inútil y que ha dejado claro que la izquierda oficial carece no ya sólo de un liderazgo claro sino de un proyecto propio, el 20 de noviembre habrá una nueva cita con las urnas. De nuevo, todo hace indicar y la ley así está diseñada, que será cosa de dos, ese bipartidismo no oficial en donde lo único por dilucidar es el reparto de fichas que aquí equivale a dinero. En ese juego de turnos, es el PP el que lleva ventaja clara según los sondeos que han devenido en predicciones tan fiables como el prognóstico del tiempo de Meteogalicia. Lo de Zapatero no tiene nombre por haberse cargado él sólo más de cien años de historia socialista en España y, lo que es peor, dejar al partido sin una reacción propia ante el vendaval que se avecinaba, más allá de cumplir órdenes del exterior.

Si Rubalcaba es un mártir a la causa, lo de Rajoy es, simplemente de película. Todo hace indicar que se convertirá en el primer presidente de la historia de las democracias que accede al cargo no ya sin hacer o decir nada, si no por incomparecencia del rival, algo de lo que se ha ocupado Zapatero y la cohorte de inútiles que ha sentado en el consejo de ministros.

Los analistas auguran un voto masivo al PP de Rajoy, si es que eciste algo parecido, puede que sí… o puede que no. Falta por dilucidar el tamaño del castigo (mayoría absoluta, simple, humillación socialista, victoria histórica… y todos los titulares que se nos ocurran) pero se da por seguro la llegada a La Moncloa de un hombre que, después de llevar toda la vida en política, sigue siendo una incógnita y, lo peor, la quinta esencia de todos los tópicos estúpidos que rodean al gallego en sentido peyorativo del término, como desafortunadamente (para el políticamentecorrectismo oficial) se encargó de recordar otra que tal baila.

Mariano Rajoy

Rajoy no ha descubierto su programa y no ha ofrecido ni una sóla propuesta diferente de lo hecho ya para cuando a él le toque figurar como dirigente del país. Nada. Cero, más allá de repetir a diestro y siniestro la palabra “confianza” y, como mucho, en una declaración legendaria asegurar que gobernará “como Feijóo en Galicia”. En ese caso, dios nos coja confesados por un lado, mientras que por otro, no hay nada que temer. En casi tres años de era Feijooana, este no ha hecho nada, más allá de cerciorar lo que muchos sospechábamos: a Galicia la autonomía le viene grande, más que nada por falta de uso y porque, a excepción de una inmensa minoría, nunca la reclamó nadie. Por lo demás, en tres años se ha ocupado de dinamitar lo poco que había: poder eólico, el (poco) poder financiero (cajas) y lo único que nos unía (lengua).

Por lo demás, no hay que ser muy agudo para saber hacia dónde disparará Rajoy desde La Moncloa. Basta con ver lo que está ocurriendo en las comunidades gestionadas desde hace unos meses por los nuevos gobiernos populares y sus políticas de recortes ahorro, el lenguaje es lo que tiene, que se puede pervertir hasta límites insospechados. Donde meterá la tijera tampoco es una incógnita y para despejarla bien podemos acudir a la frase de Bradley a sus chicos mientras investigaban el Watergate: seguid al dinero. Y, claro, el dinero, en el sector público está en educación y sanidad, campos que el capital privado hace tres años decidió que ya era hora de arrebatar.

Rubalcaba y Rajoy charlan durante el desfile de las FF.AA el pasado 12 de octubre (efe)

Rajoy, listo, avisa: soy consciente de que se producirá descontento social. El pontevedrés de adopción está poniéndose la venda antes que la herida pero sabe que tiene mucho ganado tres el trabajo hecho en estos tres años, esto es desacreditar a sindicatos y funcionarios con el sambenito de vagos y maleantes a cuenta de todos.

Puede que haya y de hecho habrá contestación pero hasta qué punto esta estará legitimada es una duda que me planteo con frecuencia si hacemos caso a lo que auguran las encuestas. Uno no puede protestar luego lo que eligió en las urnas. Que luego nadie se lleve a engaño ni se lleve las manos a la cabeza con lo que está por venir porque, como dice Wyoming, lo que España vota va a misa.

Basta con hacer un pequeño esfuerzo para darse cuenta de que hay más vida ahí fuera, solo que cuesta un poco encontrarla. Pero eso ya depende de cada uno.

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