Etiquetas

, , , , , , ,

Después de 43 años y 823 víctimas bajo tierra, la banda terrorista ETA ha anunciado el “cese definitivo de su actividad armada“. Es una buena noticia y punto. Ya habrá tiempo para análisis y contra análisis. Para opiniones y contraopiniones. Para desmentidos y mentiras simples y llanas con intenciones espúreas. Ha sido un par de días después de que unos cuantos ex líderes internacionales y representantes de varios partidos políticos y asociaciones vascas se dieran cita en Donosti para recordarle a la banda por enésima vez que su violenta sinrazón no tenía lugar en una democracia normalizada como la española. Llama la atención, en primer lugar, que el comunicado de los encapuchados recoja casi al pie de la letra la petición de la declaración de Donosti y, más todavía, que se haya dejado en el tintero un llamamiento más explícito al diálogo con Francia y España para resolver lo que se ha llamado la última confrontación armada en Europa.

ETA no ha puesto condicionantes a su adiós. No hay que ser muy listo para saber que esas condiciones se pondrán encima de la mesa en las próximas horas o días. Unas condiciones que no son otra cosa que armas y presos. El presidente Rodríguez Zapatero ha dicho que “la nuestra será una democracia sin terrorismo, pero no sin memoria”. De cómo se gestione esa memoria dependerá mucho el devenir de un país en donde la memoria siempre ha sido selectiva. Todo hace indicar que será un gobierno de otro signo político el encargado de gestionar esa memoria y, tras oir esta tarde a Rajoy, todo hace indicar también que el discurso de gobierno y su consecuente acción en nada se parecerá a lo desplegado hasta el momento en la oposición. De lo contrario, el proceso, además de largo puede resultar traumático y esperemos que no reversible.

Hay quien ya lamenta los términos del comunicado. Agoreros nunca han faltado en un país con un gusto excesivo en cortarse las venas cada minuto. Hay quien echa de menos en la declaración de ETA la cantinela del perdón y una especie de guiño a las víctimas. Es iluso ahora mismo pretender que una banda terrorista aún caliente vaya a pedir perdón porque sencillamente cree que no debe hacerlo, al fin y al cabo lleva 43 años de “guerra” contra una España “ocupante” en una espiral que por ahora no acabará, al menos desde el punto de vista dialéctico. Si no hay perdón mucho menos va a haber una mención a unas víctimas que ellos no reconocen más allá de las propias. Ese es un paso que costará años. Por lo tanto es mejor no pretender correr tanto. Para muestra un botón: el desarme del IRA en Irlanda del Norte duró unos diez años y la reconciliación sigue siendo una asignatura pendiente a superar cada año.

Para una víctima de ETA nunca nada será suficiente. Más allá de intereses espúreos y oportunismos políticos desde la ultraderecha y sus altavoces mediáticos cabe exigir de políticos y ciudadanía que estén a la altura de las circunstancias. Lamentablemente, escribo esto una hora después del comunicado y ejemplos de los primeros y los segundos ya han sacado su lengua a pacer. Puede resultar duro decirlo pero el hecho de ser una víctima del terrorismo no dota a uno de mayor autoridad en su opinión que la de otro que no lo es. Ocurre que en los momentos decisivos no hay que olvidar (la memoria) pero tampoco podemos pretender convertirnos en juez y parte. He ahí el principio del Estado de Derecho, he ahí el principio que debe de regir a partir de ahora.

A esos agoreros solo cabe decirles, repetirles, que si ETA hoy ha decidido irse al paro es gracias a la labor de los Cuerpos de Seguridad del Estado (sin olvidar a los franceses desde que pusieron punto final a su equidistancia) y a la presión de una ciudadanía que hace tiempo que perdió el miedo a la banda y sus acólitos. No ha habido, por tanto, negoción ni concesión alguna pese a los corrosivos titulares que hemos leído en los últimos años y que, mucho me temo, aún tendremos que seguir soportando. ETA lo deja simplemente porque es una banda de presidiarios, niñatos sin ninguna idea política más allá del olor de la pólvora y viejas glorias, como Jou Ternera, que ahora luchan con un enemigo interior que no se atiene a negociaciones. Han sido necesarias cuatro décadas para que la banda de coleguitas que dirige el trío de encapuchados que ayer tuvo su nuevo minuto de gloria perdieran todo su tufo revolucionario salvapatrias, si es que algún día lo tuvieron. De aquello primero se bajó parte de la izquierda democrática, luego Francia y después el resto. Salvo contadas excepciones, Aznar sigue siendo el único político en referirse a ellos como un tal Movimiento de Liberación Vasco, mientras que los norteamericanos del NYT todavía le cuesta llamar a los problemas ajenos por su nombre y aún ahora insiste en llamar a los portavoces de los asesinos combatientes en lugar de terroristas. Así pues, señores del NYT llamemos a los miembros de Al Qaeda, activistas. La ignorancia de conocer el terrorismo desde hace solo diez años sigue siendo bastante atrevida.

La única concesión posible ha sido la que se ha dado la propia izquierda abertzale demostrando una vez conocidas las mieles de las alfombras rojas y la pompa del coche oficial es difícil volver al gris de la celda. Tan bien le ha sabido la miel que ahora están a punto de robarle el azúcar a los pastores del PNV, esos a los que Arzalluz avisó de que no convenía dejar sueltas a las ovejas descarriadas. Lo mismo con el tiempo los de las capuchas Klu Klux Khan descubren que la independencia llega antes vía papeleta que suministrada a base de pólvora.

En un día como hoy me acuerdo de muchas cosas. En especial de algunos amigos. En los que llaman uno y otro bando. Y a ellos felicito. Me acuerdo de la tarde en que estaba en un cámping pegado a un transistor mientras se consumaba la sentencia de muerte de Miguel Ángel Blanco. Me acuerdo de lo que siguió a aquella barbarie y de los pasamontañas que abandonaron, por unos momentos, los agentes de la Ertzantza. También me acuerdo de lo que siguió a aquel paso adelante de la sociedad y de cómo algunos políticos hicieron todo lo posible para dinamitarlo hasta que acabaron por conseguirlo. Me acuerdo de un profesor que acudía con escolta a darnos clase y de cómo aquel mismo profesor iba con la misma escolta a los programas de televisión en los que participaba como tertuliano a defender todo intento del último gobierno para lograr la paz, mientras otros sólo pretendían sus intereses políticos hablando de rendiciones, treguas trampa, negociaciones y traiciones. A ellos, a los que hoy parece que no se alegran con el paso dado por la banda, todo mi desprecio.

 

Anuncios