Etiquetas

, , , ,

El argumento es sencillo. Incluso recuerda a sucesos como el de Gilad Shalid. Un soldado, Nicholas Brody (Damian Lewis, Band of Brothers), al que todos creían muerto regresa a casa tras ocho años secuestrado a manos de un trasunto de Al Qaeda en Irak, después de ser encontrado por el Ejército de EEUU en una operación de rutina. Para un país, EEUU, con facilidad pasmosa para utilizar la palabra héroe, el relato por escribir no puede ser más ajustado a la mitología norteamericana. Para su familia es pues un héroe y lo será más para la maquinaria propagandística de una nación y un Gobierno necesitado de estas figuras para seguir manteniendo vivo un conflicto que, por inútil, languidece a marchas forzadas. Pero el heroismo va por barrios y Carrie Mathison, una agente de la CIA magistralmente interpretada por Claire Danes cree a pies juntillas que el supuesto héroe podría ser un traidor. Es a los espectadores a quien tocará averiguar la verdad en una trama que crece en complejidad a cada minuto y donde nada es lo que parece.

Homeland es la nueva apuesta de la cadena de cable Showtime para esta temporada y tras cuatro capítulos visionados, se ha convertido ya en la gran sensación colocándose como el mejor estreno de la cadena en los últimos ocho años.

Hace tiempo que la ficción americana ha superado el trauma provocado por el 11-S para tratar de rebuscar en el armario los fantasmas que la caída de las Torres Gemelas sepultó bajo un manto de silencio que pocos se atrevieron a rasgar. La conmoción fue tal que no sólo EEUU, sino casi todo el mundo civilizado, entró en la paranoica GuerraContraelTerrorismo cuyos efectos estamos viviendo hoy en forma de crisis económica y enésima recesión. Al fin y al cabo, las facturas de las guerras hay que pagarlas y sus cuentas suelen ser muy caras.

Varios títulos en la gran pantalla, sobre todo, han explorado las consecuencias de las bravuconadas norteamericanas así como sus orígenes. Dejando a un lado la muy patriótica y prescindible World Trace Center, de Oliver Stone, con el inefable Nicolas Cage en el papel de abnegado bombero, ahí están meritorias cintas como La batalla de Hadiza, de Broomfield, United 93, o la oscarizada En tierra hostil. En televisión, los conflictos derivados del 11-S han tenido menor repercusión y, más allá de toques colaterales, sólo una miniserie se ha centrado exclusivamente en uno de ellos, como fue la invasión de Irak. Se trata de la muy recomendable Generation Kill, basada en el libro del mismo nombre de Evan Wright, adaptada para la HBO por David Simon, Ed Burns y el propio Wright. Siete capítulos que rastrean la invasión de Irak desde el punto de vista de un destacamento de Rangers, la supuesta vanguardia de la maquinaria bélica estadounidense, que irrumpe en el desierto iraquí en busca de una guerra que nunca se llega a desarrollar del todo.

En Homeland, la guerra queda a un lado y el partido ahora se juega en casa pues la trama se centra en el mundo del espionaje, en el trabajo de esas agencias encargadas de velar por que lo que ocurrió no vuelva a suceder, un campo este sí muy abonado en el cine (Red de mentiras, es un buen ejemplo) y también tangencialmente en algunas series como la tristemente desaparecida Rubicon.

La ficción de Showtime es el resultado de la asociación de Alex Gansa y Howard Gordon (los productores de la archiconocida y fascistoide 24) y Michael Cuesta, un viejo conocido para los seguidores de Dexter y, pese a las apariencias, se basa en un drama israelí titulado Hatufim (Prisioneros de guerra), que narraba el regreso de dos soldados israelíes a casa tras pasar 17 años retenidos en Siria. Gideon Raff, autor de la serie hebrea ha participado en la adaptación estadounidense.

Homeland se convertirá desde casi el minuto uno en un juego del gato y el ratón en donde Mathison está obsesionada con demostrar sus sospechas mientras que el comportamiento de Brody, en ocasiones, no hace más que alimentarlas. El dúo protagonista no está exento de cargas, así la agente de la CIA roza a veces el delirio (de hecho oculta una enfermedad mental) y llega a forzar los límites de la ley para conseguir que sus superiores la crean, mientras que el soldado vive en una montaña rusa emocional: por un lado es víctima del trauma de la vuelta al mundo de los vivos y, por otro, su comportamiento puede resultar más que sospechoso, no sólo a ojos del espectador, sino de quienes lo rodean, mientras que todo indica que se encamina a poner en marcha un plan a largo plazo. Este plan no será otro que introducirse en el centro mismo del poder de EEUU, la Casa Blanca, el Capitolio, el Congreso quizá, cual caballo de Trolla, un argumento este que ya hemos visionado en el cine de la mano de títulos como El mensajero del miedo. Todo está pues en el aire y de todo se sirven los autores de Homeland para perfilar su trama. El espectador asiste a dos interpretaciones magistrales, la de Danes, puede que la mejor de su carrera, mientras que Lewis está impecable en su papel de soldado a veces ido y con la mirada perdida capaz de mostrarse padre compasivo y, a los dos minutos, matar de dos tiros a un ciervo que le estropea las flores del jardín en mitad de una reunión de amigos y familia. La tercera pata la aporta el personaje de Saul Berenson (interpretado por Mandy Patinkin, Criminal Minds) un experimentado analista de la CIA, mentor de Mathison y que parece ser el único que guarda algún reparo hacia el soldado.

Si comenzamos esta crítica señalando los parecidos que hay entre la realidad y la ficción podemos terminarla de nuevo recurriendo a ellos. El personaje de Mathison, abnegado hasta la obsesión para tratar de evitar un nuevo ataque terrorista en suelo norteamericano tiene mucho de ese John O’Neal, aquel experimentado agente del FBI magistralmente dibujado en libros como The Man Who Warned America: The Life and Death of John O’Neill, the FBI’s Embattled Counterterror Warrior de Murray Weiss y, de una manera más tangencial, en el espectacular ejercicio de nuevo periodismo llevado a cabo por Lawrence Wrigth en La Torre Elevada. Fue O’Neal el agente que llegó a advertir de la peligrosidad de Bin Laden y su intención de llevar a cabo un inminente ataque contra EEUU sin que nadie le escuchara. Ironías del destino, O’Neal acabó muriendo en las Torres Gemelas, donde trabajaba hacía pocas semanas como director de seguridad del World Trade Center tras abandonar el FBI. Esperemos que el devenir de Homeland aporte algo más que una revisión de historias ya conocidas.

 

Anuncios