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Ayer (o hoy el tiempo y el lenguaje son cada vez más relativos) a las 12 de la noche comenzó la campaña electoral de cara al próximo 20-N. Por primera vez la vivo desde el exilio francés y con la claridad que otorga la apertura de diafragma que permite que entre más luz en la exposición final. Creo que todo el mundo debería probarlo al menos una vez en la vida. La distancia, en ocasiones, ayuda a ver mejor las cosas. Para mí este año la campaña va a ser más bien liviana. Solo existirá en la medida que yo quiera, esto es, vía internet o vía conversaciones telefónicas. Es un alivio pensar que durante los próximos quince días no tendré que soportar políticos por las calles, periódicos llenos de notas de prensa redactadas por funcionarios de partido vestidos de periodistas, anuncios televisivos pagados por todos que solo sirven a unos pocos y, entre más cosas inútiles y para consumo interno, un debate. Siempre el mismo.

Rubalcaba y Rajoy en las presentaciones de sus campañas, ayer

El debate. PPSOE se han vuelto a poner de acuerdo en una cosa. Dejarse ver las caras una única vez, en territorio neutral (la Academia de Televisión) y ante el mismo bigote de siempre: Manuel Campo Vidal. Back in 1996, a pesar de que ese año no llegó a haber debate (de haberlo habido, adivinen quién sería el moderador), o peor, a 1993 donde volvemos a encontrar el irredento bigote de Campo Vidal dirimiendo diferencias entre candidatos a dirigir los designios de las Españas. El debate electoral en España confirma la teoría de que nuestro estado vive en un bucle melancólico sobre el que penden los mismo tesmas y los mismos protagonistas. Aún no he decidido si lo veré desde la distancia ya que, como las elecciones, ya conocemos el resultado de antemano: ambos ganarán claramente a su adversario y eso se encargarán de decirnos los periódicos al día siguiente. Aunque la realidad se parezca más a esa película de argumento es tan sugerente como título: No me chilles que no te veo.

Otra sensación de regreso al futuro la ha traído el PSOE al anunciar mitin en Sevilla con la presencia estelar de Felipe, Guerra y Rubalcaba. A Zapatero se lo irá tragando paulatinamente la tierra hasta que un día, sin darnos cuenta, desaparezca tal y como llegó, sin avisar. Han pasado quince años desde que compartieron escenario por última vez y en la plaza hispalense se espera un lleno absoluto, un público entregado a los viejos temas de siempre en la bancada socialista. No se descarta que se desempolven las americanas de pana y coderas que tanto furor causaban entre las jóvenes socialistas de entonces, mujeres hoy, que hicieron que Felipe acabase sus mítines escuchando eso de queremos un hijo tuyo. Todavía recuerdo a mi madre, cuando un día, emocionada, me confesaba eso de que «es cierto que nunca fue guapo, Felipe, pero… no sé… tenía algo». Mi madre hoy ha caído del caballo y es una de las desengañadas del PSOE. Más que desengañadas, traicionadas y su papeleta se sitúa ante la disyuntiva de contribuir de una vez por todas a que España se rompa, vía nacionalismo, o tirarse de lleno al mundo antisistema y perroflauta. No así mi padre, socialista porque el mundo lo hizo así y porque, como dice él, siendo hijo de zapatero represaliado, y obrero, no voy a ser del PP. Mi padre, optimista por naturaleza hasta el punto de que la esperanza en ocasiones le impide ver la realidad todavía cree que hay una oportunidad. No de victoria, mi padre es optimista, no gilipollas, sino de que Rubalcaba sea capaz aún de evitar una mayoría absoluta del PP, lo que vaticinan todas las encuestas.

En PP, también volverá Aznar. Lo hará por su cuenta, como es él, es decir, hará lo que le salga de los cojones que para eso es omnipotente y visionario. De momento ya se ha arrancado con una de esas declaraciones que pasarán a los anales. Parafraseando a Pío Cabanillas padre, Él, el Supremo ha sentenciado: «en las elecciones ganarán los buenos, es decir, los míos».

Me dicen desde España que el 20-N se plantea como un partido de fútbol entre Alemania y Malta. Hay que jugarlo porque así lo marcan las ridículas normas de la FIFA. Estará puesto de fondo en el bar pero nadie le presta atención a algo cuyo resultado sabemos de antemano. Rajoy va a convertirse en presidente sin que nadie sepa todavía qué es lo que piensa hacer más allá de sus frases marxistas, quiero decir a lo Groucho Marx, tipo quiero devolver la felicidad a los españoles o le voy a meter la tijera a todo salvo a pensiones, sanidad y educación. O no. Con Rajoy, nunca se sabe y lo mismo dice una cosa que la contraria cuando viene a decir lo mismo.

En cualquier caso, las mismas encuestas que otorgan a Rajoy un resultado histórico, auguran una buena participación. Hay incluso quien se pregunta hacia dónde irá el voto de la izquierda desencantada y se dan las variantes de la abstención, IU, Equo y UPyD. No descarten el maravilloso efecto de la Ley D’Hont.

Quino

Rajoy es un tipo afortunado. Ha conseguido llegar hasta aquí dejando muchos cadáveres en el camino y sin que le haya salpicado una sola gota de sangre. Toda la sangre la lleva encima Rubalcaba, encargado de cargar no solo son sus pecados sino con los de todo el arco parlamentario español. Rajoy no va a ganar las elecciones, va a recoger los frutos de la humillación que el PSOE ha conseguido colgar tras casi ocho años de gobierno y tres de crisis a todo aquello que tenga que ve con izquierda. He ahí el verdadero drama, no exclusivo de los socialistas españoles. Haber destrozado cien años de lucha por los derechos de la ciudadanía. Ahora solo quedan obligaciones. Basta bajar a un bar, me cuentan, y escuchar los comentarios del ciudadano (esta palabra se vacía de significado a marchas forzadas) do común. Si es un parado, mejor. La culpa no es del funcionamiento de un sistema perverso, no es de un sistema bancario cuyo recorte de beneficios (ojo, no pérdidas) desemboca en una desaparición absoluta de dinero (nuestro dinero). La culpa está clara de quien es: de los políticos claro, un lugar común, aunque unos más que otros, pero sobre todo de otras personas iguales a él que sí tienen trabajo. Este es, funcionarios y sindicatos. Los empresarios que son los que despiden son unas víctimas porque no le hemos facilitado «una autopista de facilidades». Porque ahora al ver, oir y callar se le llama autopista. Y la culpa, sobre todo, es de los griegos, lo putos griegos que se han gastado tres veces su dinero y nuestro dinero y ahora nos vienen con eso del referéndum. Eso hasta ayer en donde se consumó un nuevo estilo de golpe de estado en el que ya no son necesarios ni militares.

De o que queda de campaña aguardo dos cosas con expectación. La primera es ver quien será el primero en escupir aquello del Gobierno amigo, desde Galicia para el mundo, que viene siendo Madrid. La segunda es ver quién será el subnormal que resalte lo evidente: Rajoy es gallego, por lo tanto, en una de las tautologías que harían que Aristóteles se revolviera en su tumba, si gobierna Rajoy será bueno para Galicia. Lo del Gobierno amigo resulta tan edificante como eso del fuego amigo. Te mato, pero sin querer, no me lo tomes a mal porque no era mi intención, pero seguimos como amigos. Lo de Rajoy y Galicia… En fin, no es por mentar a Franco en estos días.

Todo lo que ocurra en los próximos quince días carece de interés. Lo interesante llegará el día 21. Y a partir de ahí, lo que nos vamos a reír. De momento, se avecina la comedia Abertzales en Madrid.

Por cierto, aquí en Francia, no interesa mucho lo que suceda en España. Sucede algo parecido cuando hay elecciones en Potugal y en España preguntamos lo qué?!! Por lo demás, se da por hecho la victoria de Rajoy.

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