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Alfonso Rus, durante un acto de campaña del PP en Valencia. | Vicent Bosch

Alfonso Rus, uno de esos políticos que acostumbra a producir Valencia para que los valencianos los voten en masa, ha señalado que el PP no sólo va a acabar con la crisis en un quítame de ahí esos parados, sino que va a convertir España en una orgía. Champán y mujeres ha sido siempre la dicotomía del exceso del nuevo rico, es decir, el analfabeto que de la noche a la mañana consigue limpiarse vergüenzas  propias y ajenas a base de billetes. Italia, punta de lanza de este hacer político, se ha desecho (la han desecho, mejor dicho) del Caimán, tras tres décadas en las que Don Silvio se dedicó a saquear el país con la connivencia de buena parte de los italianos, todo hay que decirlo. Perdida Italia para la causa, Rus solo ha venido a anunciar una especie de segundo advenimiento de lo que en los ochenta dimos en llamar cultura del pelotazo. Siempre he sido hombre de gustos frugales, más que nada porque siempre he andado con lo justo en el bolsillo. De champán no sé mucho, lo justo para recordar que en una ocasión bebí de una botella de 50 euros (en una grabación de un programa de televisión) y todo lo pasado me supo a aguachirri. Sobre mujeres… voy servido y considero de mal gusto hablar de la materia si no es entre amigos y con la veda que suele dar el exceso etílico, que pudo ser probablemente el contexto en el que Rus pronunció su brillante análisis sobre el porvenir del Estado menguante. Después de vivir unos días que más parecían una secuencia interminable de Regreso al futuro que una campaña con vuelta de dinosaurios incluida, le faltó a Rus añadir una referencia clara a la Movida, algo así como un descarnado grito en el que, parafraseando a Siniestro Total, clamara que corra la cocaína.

Aquellos sí que eran maravillosos años en los que el más tonto levaba el pelo engominado y los niños soñaban, al dictado de sus padres, con convertirse en banqueros de Ferrari en la puerta de casa. El ejemplo a seguir era un tal Mario Conde que luego se echó a perder y mis padres siguen preguntando donde fue a parar el dinero que habían depositado en acciones de un banco, Banesto, que parecía navegar, imparable, hacia el infinito. Fue la primera intervención de un banco en la España democrática y el banquero al que todos se querían arrimar se convirtió en apestado de la noche a la mañana y con un tal Mariano Rubio perdió su bronceado en la cárcel. Fueron quince años en los que la España del pelotazo dio paso a la del ladrillo y vuelta a empezar. Mario salió de la cárcel convertido en místico y para acallar a los que no creen en segundas oportunidades, hoy una cadena de televisión ha convertido al único banquero español condenado por vaciar un banco en gurú económico de “lo que hay que hacer”. En cierto sentido es normal. A fin de cuentas, España (y el resto del mundo civilizado) ha pasado de encarcelar a banqueros que se lo llevaban puesto tras intervenir el banco, a intervenir bancos pero dejar que los banqueros se lo lleven puesto sin pasar por la trena.

La cosa está tan complicada que, en el último día de campaña, Rubalcaba ha acabado pidiendo clemencia y más que candidato parecía cristiano antes de ser arrojado a la arena del circo romano. Rajoy, que por fin sabe de qué va la movida, se ha destapado pidiendo a los dioses del mercado un poquito de por favor ya que al final la confianza no parece que vaya a ser suficiente. Antes, en uno de los últimos mítines ha seguido haciendo hincapié el su línea de campaña, la vida es dura, las pensiones se pagan con dinero y en España, ha recalcado por si no nos habíamos enterado, hay españoles. Ante ese panorama, no es extraño que el menos pensado juegue a la revolución. Como el viejo sátrapa comunista, que creyó que la revolución era él y acabó quedándose solo.

En todo caso queridos ciudadanos disfruten lo votado. Si pueden, hasta con champán y mujeres.

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