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El mundo se cae y yo, como el carguito de la ex Xunta de ex Galicia, solo ando pensando en el Madrid-Barcelona. La universidad está ya en el tiempo de descuento y yo ando contando los días para, como el turrón, volver a casa por Navidad. Mientras, no hay nada más interesante en lo que pensar a menos que uno se quiera meter de lleno en el lío DSK, que tiene a la Francia de Sarkozy más en vilo que las genuflexiones de su presidente a la señora Merkel. Setenta años después, la France vuelve arrodillarse ante los germanos algo que coincide en el tiempo con el ensañamiento con el que los medios galos están tratando al ex director de FMI, una circunstancia que podría ser puntual si no se añadiéramos la condición de judío consorte de DSK. Y aquí, en la Francia de la Liberté, Égalité y Fraternité lo del semitismo, como los gustos sexuales, está bien visto sólo en la intimidad.

Caliento motores y desde ya lo aviso: a mi vuelta, si alguien me quiere encontrar que me busque en los bares. Mientras, y como mi vida social en Dijon es sólo comparable a la de los monjes de Samos ya me veo mañana amorrado a una pinta de cerveza en el bar irlandés que hay en frente de la Catedral observando el enésimo partido del siglo mientras, a mi lado, Di se entrega con fruición a la lectura del Vogue edición diciembre, quizá comparando el acierto de Guardiola a la hora de elegir un atuendo adecuado para el gran clásico con las últimas tendencias en el mundo del Prêt-à-porter.

El primer recuerdo futbolístico que guardo son mis carreras por el pasillo de una casona vieja de Extremadura gritando oto gol, oto gol como si la vida me fuera en ello mientras en el salón, mi padre, hacía competencia a José Ángel de la Casa a la hora de hacer el gallo más perfecto mientras Señor certificaba el milagro de Malta. El siguiente, creo que fue el día en que mi padre me convirtió en madridista por imperativo categórico. Desde entonces hevivido el fútbol con resultados desiguales y pese al peso de la tradición he llegado a hoy con el corazón alojado en el barrio de Nervión y mucho más lejos de Chamartín de lo que mi padre quisiera. Hasta tal punto que lucho a duras penas por que mi antimourinhismo declarado no se convierta en antimadridismo sólo comparable al antibarcelonismo con el que he convivido en casa durante media vida.

Una vez, el padre de una ex novia me preguntó por qué prefería ser de un equipo pequeño a declararme madridista o barcelonista. Yo le contesté, por precaución que, siendo de un equipo pequeño, cualquier victoria ante uno de los dos reversos de la moneda sabe a final de la Copa de Europa. Él me dijo que era una teoría un poco estúpida y yo no se lo tomé en serio a sabiendas de que, banquero como era, el romanticismo nunca figuraría entre sus virtudes. Luego he visto un par de UEFAS levantadas por Javi Navarro.

Durante años, la vida fue sencilla. El Madrid era el bien y el Barcelona, como catalanes, el mal. A ello contribuyó la irracionalidad infantil y la coincidencia de un 3-0 a favor de los merengues con uno de esos baños a los que los padres someten a sus hijos nunca se sabrá del todo si para mantenerlos limpios o, por si manteniéndolos en remojo durante una hora, consiguen que no crezcan tan rápido. Ya lo sabes, dijo mi padre, si eres del Barcelona vas a perder. Obviamente, el Barcelona peridió y no hubo tutía. Eran los años gloriosos de aquella quinta del buitre que pasó a la historia por sus hazañas en casa y por inventar el miedo escénico cada vez que salía de paseo por Europa, antes incluso de que Valdano se hiciera famoso acuñando la frase con su flema de filósofo rioplatense.

La casualidad, o la inconsciencia, hizo que me casara un día de Madrid-Barca. Pedro me avisó la semana antes por teléfono. No te preocupes, dijo, yo me encargo de poner una tele en el salón. No hizo falta pero la ocurrencia a Di no le hizo ninguna gracia. Fue el día del Real Madrid 2-Barcelona 6. Mi tío, madridista irredento desapareció escaleras arriba en busca del televisor. Cuando volvió a aparecer se sentó en una esquina con un vaso de whisky y mi tía dijo eso de, mellor non lle digades nada por un rato.

El fútbol es un juego sencillo. Pelé lo demostró con una tiza y una pizarra. Como el genio brasileiro, otros muchos han ido enseñándonos que basta un tacón, un pase, una carrera o una simple parada, para lograr la cuadratura del círculo y hacer que, de repente, todo tenga sentido. Para eso es necesario haber sido tocado por los dioses, poseer uno de esos dones que maldice a su portador. Cuando ese gen se desarrolla en demasía hace que los hombres se conviertan en mitos y algunos de ellos hasta en ángeles caídos. De entre todos, son estos últimos por su malditismo, con los que me quedo.

Mourinho, durante un entrenamiento del Madrid en Valdebebas. BALLESTEROS (EFE)

Después llegaron los entrenadores y todo se jodió. José Mourinho desembarcó en España con el aura de portador de la fórmula de la cocacola. Como nadie se lo tomó muy en serio, el portugués se sintió vilipendiado e hizo de los clásicos y, por extensión, del fútbol una cuestión de estás conmigo o contra mí. Ni siquiera en eso el portugués resultó original ya que en el plano político se le adelantó en su día un señor de Valladolid. Mouriño desmbarcó en Madrid con toda su barbarie con la única intención de desbaratar la civilización construida en Barcelona por un tal Josep Guardiola. El efecto Guardiola, hay que confesarlo, resultó tentador. Luego de años de ostracismo, un equipo, el suyo, comenzó a dibujar sobre el rectágulo de juego, a poner en práctica la lección de Pelé y los periodistas deportivos lo llamaron fantasía. Después de años sufriendo ante el televisior, el fútbol volvió a ser el juego que nunca debió de dejar de ser, volvió a sus orígenes, que no son otra cosa que intentar meter el balón en la portería contraria de la mejor manera posible, haciendo disfrutar al respetable, aunque este sea de Valencia y, por ende, no tenga ni puta idea de fútbol.

Guardiola celebra su segundo título de Liga

Guardiola le cayó bien a todo el mundo menos a mi madre. Ella siempre lo mantuvo bajo sospecha ya que suele desconfiar de los que «van de buenos y educados y luego te la clavan por detrás». Guardiola siempre fue un tipo raro, lo que en el mundo del futbol se traduce por un poco marica. Su gusto por la literatura y otros placeres del espíritu y, lo peor, hacerlos públicos, acabaron por condenarlo. Aun así la llegada de Mouriño no hizo sino ampliar su impostura y alargar su figura de ensoñador y poeta frustrado. Luego llegaron sus cantos al paisito, que diría Galeano y, sobre todo, el anuncio. Definitivamente ya nada es lo que parece. La civilización de Guardiola resultó, al final, demasiada civilizadora. En el fondo, la suya no era otra cosa distinta de la de Mou, simplemente eligió mejor sus formas.

Y en esas estamos. Luego de una decena de enfrentamientos, mañana se vuelven a ver las caras la supuesta civilización contra la barbarie. Mourinho, que este año hace números para portarse bien, ha conseguido armar un equipo que ataca como los Tercios de Flandes, capaz de cargar contra cualquier enemigo sin importar cuántas bajas se deje en el camino. El Madrid de Mou, en su segundo año, resulta temible aunque, como demostró el Valencia, sigue pagando el anarquismo bárbaro que campa por sus genes. En frente, el Barça de Guardiola parece, por momentos, avisar de su próximo final aunque todavía es capaz de dar muestras de lo que puede hacer.

Pese a las apariencias, Mou no puede esconder su complejo de entrenador pequeño. A seis puntos del Barça parece enfangado en el miedo escénico que afecta a todos los que visten de blanco, sólo que al portugués sólo se le aparece la bicha ante el Barcelona. Guardiola, fiel a su estilo parece una tonadillera, dientes, dientes que es lo que les jode. Y por allí pasaba Karanka, especializado en lo que mande el señorito.

Mañana puede que Ronaldo se destape por fin como la bestia que es. Hasta puede que Pepe nos demuestre que no es una bestia. El portugués engominado es un misil Tomahawk, en palabras de mi amigo Carliños, cuya pólvora suele mojarse si las cosas no van bien. Si Ronaldo cae mal es porque más que un futbolista es un poligonero. Personalmente, cada vez que dedica una peineta al respetable, se gana un hueco en mi corazón. Mandar a tomar por el culo al analfabeto que lo insulta por deporte me parece una de las cosas más saludables a las que se puede dedicar el portugués en los campos que pisa. Por si no fuera suficiente el hecho de ser guapo, rico y tener la novia que tiene, hay gente que repite Mesi, Mesi como si fueran monos con la estúpida disculpa de intentar distraer al astro. El problema del astro es que saca demasiadas veces a relucir su espíritu poligonero. No tanto en sus gestos manuales, como en las quejas ante los micrófonos.

Del otro lado, Mesi. A Mesi nada hay que reprocharle (pese a los balonazos a destiempo). Sólo quizá el no haber aparecido antes para demostrarnos a todos que la teoría de Pelé, lejos de una fantasía, es pura y dura realidad.

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