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Crecí a base de tardes de domingo en las que un tal John Ford me contaba historias a través de la que ya por entonces algunos llamaban la caja tonta. Parte de mi educación sentimental se la debo a gente como John Wayne, James Stewart, Gary Cooper o Ernest Borgnine a los que más tarde se unirían otras gentes de mal vivir como Clint Eastwood o Lee Van Cleef por citar sólo algunos de los hombres más temidos de las llanuras del lejano Oeste. Veía esas películas simplemente porque las veía mi padre, incapaz yo de entender entonces que aquellas historias no hablaban de indios y vaqueros, ni de la simple y maniquea lucha del mal contra el bien. Fueron los años y posteriores revisiones de títulos que guardo en mi retina de espectador (Grupo Salvaje, sigue en un lugar preferente) los que me ayudaron a entender un universo de matices infinitos en los que estaba encerrada parte de la propia historia del ser humano como individuo social. Resulta tópico, por utilizado, decir que el Western tantas veces denostado es, junto al cine negro, el más shakesperiano de los géneros. Pero no por tópico deja de ser menos verdad. Imposible no emparentar de alguna manera esa obra maestra de la literatura contemporánea como es Meridiano de Sangre de mi adorado Cormac McCarthy con la odisea de Centauros del desierto. Solo los usos y costumbres de una época, 1956, como en la que fue rodada nos han privado de ver a un Ethan Edwards todavía más violento que el magistralmente interpretado por Wayne en su mejor papel.

El Western tuvo su época dorada en los años 50 y 60 con una especie de último coleteo en los setenta de la mano del último gran mago de la violencia, Sam Peckinpah, un director que siempre hizo westerns aunque ambientase sus historias en la campiña inglesa de la época contemporánea. Su espacio natural fueron las salas de cine dejando la televisión como territorio abonado a subproductos como la mítica Bonanza cuyo parecido con el género al que hacian referencia se limitaba a una simple cuestión de vestuario. Salvo contadas excepciones (Silverado, Bailando con lobos), el género languideció hasta que Clint Eastwood, viejo conocido, se puso detrás de las cámaras en 1992 para rodar esa obra maestra que es Sin Perdón. Parecía que las historias del Oeste comenzaban a resurgir y lo hacían con más oficio que otra cosa. Algunos títulos reseñables han ido apareciendo de cuando en vez para hacer las delicias de los amantes de la ley del más fuerte. Ahí están por ejemplo Dead Men, Appalaoosa, El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford, Valor de Ley (un remake del filme del mismo título por el que Wayne ganó su Oscar) o la increíblemente semidesconocida La Proposición de Hillcoat.  Y otros actores, Ed Harris, Morgan Freeman, Vigo Morttensen, Jeff Bridges, etc, han venido a ocupar un lugar en los altares de los dioses.

En televisión la cosa con el western ha estado más complicada y los tipos de sombrero han estado casi ausentes hasta que HBO (siempre HBO) decidió rescatarlos en un caramelo demasiado corto llamado Deadwood. La historia de un pueblo en los albores de EEUU duró tres temporadas y terminó de manera repentina y un poco sin previsión por parte de unos directivos televisivos que no tardaron en arrepentirse de su error. Desde entonces, nadie lo había vuelto a intentar. En primer lugar porque es difícil hacer un buen western y, segundo y más importante, porque es muy caro hacerlo sin que parezca ridículo y forzado. Así ha sido hasta ahora con la llegada de Hell on Wheels para la cadena de pago estadounidense AMC, la misma que dio con la gallina de los huevos de oro con Mad Men y The Walking Dead, entre otros títulos. Por cierto, este último protagonizado por zombis comehumanos y basado en un comic homónimo en cuya traslación televisiva no es difícil encontrar una metáfora de indios y vaqueros.

Visionados los primeros capítulos (ya se han emitido ocho en EEUU) el que esto firma está en disposición de emitir ya la primera crítica. En primer lugar, decir que debemos olvidar Deadwood. Deadwood era una especie de blues mientras que Hell on Wheels es puro Rock & Roll. Tienen semejanzas. Ambas narran uno de los periodos más convulsos de la historia de EEUU, la post Guerra Civil y la expansión hacia la nueva frontera. En ambas se mezclan personajes históricos con otros inventados y, por supuesto, ambas son impecables en ambientación y vestuario pero hasta ahí.

Si Deadwood era costumbrista, Hell on Weels es acción pura y dura. Es violencia sin contemplaciones como lo fueron aquellos años en los que una nación fue forjada a sangre y fuego siguiendo las vías del ferrocarril impuesto por la compañía Union Pacific allá por 1965. El protagonista es Cullen Bohannon, ex soldado del derrotado Ejército Confederado que, persiguiendo a los soldados Unionistas que mataron durante la guerra a su mujer e hijo, se une a la construcción del ferrocarril en territorio indio. Acaba en Hell on Wheels, Infierno sobre Ruedas, nombre del pueblo rodante en el que malviven toda la mano de obra encargada de poner las vías del tren que vertebrará EEUU. Lo peor de lo peor se da cita en ese campamento. Junto Bohannon, interpretado por un desconocido Anson Mount, se dan cita multitud de secundarios muy atractivos, comenzando por el personaje real de Thomas Durant (un impresionante Colm Meaney), presidente de la Union Pacific y caracterizado por su absoluta ausencia de escrúpulos a la hora de llevar a cabo su cometido. Alrededor de él se centra toda la trama política que acompañó a la construcción del ferrocarril en aquel EEUU salvaje y lleno de corrupción y muerte. A su lado, otros como el ex esclavo Elam Ferguson (el músico y activista Common) o Joseph Black Moon (Eddie Spears), que junto con Cullen representarán las heridas que la desde la Guerra de Secesión todavía hoy siguen sin cicatrizar en EEUU.

El oeste de Hell on Wheels es, ya lo he dicho, violento, sangriento y sobre todo sucio. Nada que er con esos westerns asépticos a los que nos habíamos acostumbrado. Es de destacar la valentía de los creadores de la serie (por Joe y Tony Gayton) a la hora de tratar (ya se han dado algunas pinceladas) el genocidio de los indios americanos a manos del llamado hombre blanco, la escena en la que el senador llegado de Washington y el jefe Cheyenne se sientan a negociar una paz innegociable es muy elocuente. Si Kevin Costner lo había dibujado en la que fue su única película reseñable antes de dedicarse a ganar (y perder) mucho dinero, es ahora cuando las guerras indias van (al menos eso parece) a cobrar pleno protagonismo.

Si bien el estreno de EEUU fue espectacular (4,4 millones de espectadores), la audiencia ha decaido en las últimas semanas. No obstante, AMC ha decidido renovarla por una segunda temporada en espera de lo que pueda suceder con una serie a la que todavía y, pese a lo demostrado hasta el momento, le falta algo de recorrido. En España ha sido Antena 3 la que cadena que ha comprado sus derechos de emisión en 2012 aún sin una fecha concreta.

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