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A Dijon, la prensa española llega con un día de retraso, síntoma inequívoco de que este año tampoco cumpliré  mi objetivo de vivir en una gran capital. Está Internet, ya lo sé, pero soy un sentimental y me gustan los dedos manchados de tinta negra como a un cerdo revolcarse en un charco. Llega únicamente El País y lo hace, que yo sepa y después de haber investigado un poco, a un único puesto de venta situado en la esquina de la Iglesia de Notre Dame (si en Francia no tienes una Notre Dame no eres nadie). Desde el descubrimiento, mantengo con mi kiosquero una relación que está a punto de pasar a la segunda base, que dirían los americanos. Intimidad absoluta. Voy corriendo, enfundado en un gorro de lana y unas mallas negras de esas que venden en el Decathlon, cruzo la puerta y saludo al tipo sin saber todavía cómo se llama ni falta que hace. En Francia todos somos Monsieur, lo que además de ser un síntoma de educación y civismo facilita mucho las cosas. Bonjour Monsieur, le digo, Bonjour Monsieur, me contesta con una sonrisa de oreja a oreja, quizá pensando ya en los 2,5 euros que me va a cobrar por un periódico del día anterior. Como no están los mercados para andar despilfarrando suelo comprar el periódico los sábados (el del viernes en España), el domingo (edición sábado en España) y el lunes (el domingo, gordo con precio incrementado un euro a base de revistas). En total caso diez euros que espero que mi kiosquero se los gaste en pastís a mi salud. Nuestra conversación viene siendo la misma siempre, está todo correcto, me pregunta, sí o no, suelo contestar. La transacción, a simple vista, parece sencilla, pero en Francia nada es sencillo. Lo normal es que al periódico reseso haya que sumarle el inconveniente de que venga incompleto por lo que es mejor revisarlo antes de efectuar la transacción. El sábado, por ejemplo, es casi imposible que el periódico venga acompañado de esa revista de moda que Prisa sacó hace unos meses para justificar el aumento del precio del papel y, de paso, vestirse de un glamour impostado, como si las publicidades del EPS dominical retratasen productos de mercadillo. El domingo, normalmente, suele venir la revista pero eso es algo que nunca se sabe hasta cruzar la puerta del kiosco. Hace un par de semanas sin ir más lejos me encontré el periódico pelado. Le pregunté a Monsieur la razón de este saqueo periodístico, se encogió de hombros y sin romper un segundo su sonrisa me dijo que no era su culpa, Monsieur, que le llega así y que no puede hacer nada. Algo podrá hacer, Monsieur, le dije, por lo menos, hable con la distribuidora. No es posible, no es posible, Monsieur, son 3,50 euros, Monsieur. Resignado y como el yonqui necesitado del chute diario le entregué las monedas mientras le decía, como comprenderá Monsieur, no le voy a pagar siempre, los 3,50 que vale el periódico el domingo si me viene incompleto. Comprendo, Monsieur, comprendo, veré que puedo hacer. Desde aquella, Monsieur siempre me pregunta si el periódico que sostengo entre las manos está completo, en caso afirmativo dice bien, Monsieur. Todo este complejo proceso tiene lugar en tan solo unos minutos pero únicamente cuando antes de entrar veo el ejemplar de El País encartado junto con los demás periódicos internacionales. Si no, ya ni entro. En tres meses me ha dado tiempo a comprobar que mi kiosquero solo recibe un ejemplar de El País diario, un factor que complica mucho más las cosas pues lo de conseguir el periódico en papel se convertido en una carrera de fondo ya que en algún lugar de Dijon, hay otro español instalado en lo que ya se ha convertido en nuestro particular día de la marmota y una carrera de tonto el último que se queda sin periódico. Los europeos no habéis entendido el capitalismo, dice Di, cuando vuelvo a casa con las manos vacías.

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