Etiquetas

, , , , , , , ,

Jaume Matas sigue el juicio con un bloc con anotaciones. A su derecha, Antonio Alemany. / TOLO RAMÓN (EL PAÍS)

Desmintiendo a aquellos que todavía dudan de que Telecinco no haya hecho algo bueno por España, Jaume Matas se presentó ayer en el juicio sobre sus posibles responsabilidades penales en la contratación de un periodista para que escribiera sus discursos hablando de sí mismo en tercera persona: “El presidente no sabe nada de este contrato. No puede contratar, no le corresponde al presidente”, dijo el ex mandatario popular como ya hiciera aquella ex concursante de Gran Hermano, Aída Nízar, ante una Mercedes Milá en el papel de inquisidora mayor de la audiencia. Que Matas hable de sí mismo en tercera persona lo puedo llegar a entender, especialmente en el caso de un tipo al que se le acumulan las comparecencias judiciales. Es una medida de distanciamiento, por un lado está el político, corrupto o no, y por otro la persona, corrupta o no, aunque en su día ambos fueran puestos como ejemplo de gestión pública, todo hace indicar que corrupta, por quien hoy ocupa la Moncloa. Lo de los juicios por corrupción política en España va camino de convertirse en deporte nacional y eso a pesar de que su seguimiento sea mucho más latoso que el fornicio general de la casa de Guadalix de la Sierra. Yo reconozco que estoy enganchado a este. Al juicio de Matas y su periodista de cabecera, digo, no a lo de la casa de la sierra, tanto como lo estuve a la última temporada de The Wire, aquella en la que David Simon, ex periodista, se centraba en los males de la profesión. La parte estelar de la jornada la puso el partener del exmandatario balear, el periodista, supongo, Antonio Alemany, que no habló de sí mismo en tercera persona pero que entró en los juzgados como Aída Nízar en el plató de Telecinco, y encima se quejó, no sin cierta sorna, de que la fiscalía lo juzgue por cobrar por hacer su trabajo.

Desconozco los entramados legales del caso. No sé si es lícito o no pagarle a un periodista casi cuatrocientos mil euros por escribir discursos. Y menos aun quejarse porque el mismo periodista acuda luego a la tribuna que le dan otros medios de comunicación para elogiar lo que él mismo ha escrito y Matas había soltado en el Parlament balear. No es esto lo que se juzga, creo, sino el destino (esto vienen siendo los bolsillos privados) y el uso que nuestros políticos hacen de un dinero que aunque nadie parezca darse cuenta es nuestro. En todo caso, la pasta cobrada bien vale que el ego de Alemany aflorase en sus columnas de opinión, al fin y al cabo, el trabajo de negro es muy ingrato en general. No en el caso de Alemany. Los que lo hemos sido en alguna ocasión lo sabemos y toda columna tiene algo de masturbatorio.

Alemany me recuerda a ese eterno alto cargo de la comunicación en las Xuntas populares famoso por su gusto por perseguir periodistas, en femenino, con la mirada. Tengo la sensación de que en este juicio, lo más importante no es lo que sale en los titulares. Ni siquiera es el destino de la pasta, ni los tejemanejes de las administraciones a la hora de disponer de ella. Lo más importante y de lo que nadie habla es de la labor del periodista, de la prensa en general, y de su relación con los políticos y la política. Alemany lo sabe y por eso está muy tranquilo. Pese a que le puedan caer un par de años de condena que sabe que no cumplirá, es uno más. Detrás de cada político hay un fontanero y Alemany es quizá el que más se lo ha llevado crudo, pero no el único al fin y al cabo. El caso del periodista (dudo en seguir utilizando este término para referirme a él) Alemany lo podemos encontrar en casi todos los medios de comunicación del país, desde los más grandes a los más pequeños aunque quizá sea en estos últimos, los provinciales y autonómicos, en los que la evidencia es mayor pese a que todos miremos hacia otro lado. Ejemplos sobran de mamporreros a sueldo de gobiernos de turno y, lo que es peor, de la propia casa en donde escriben libres de todo pecado. Muchas de esas casas que hoy pagan la crisis con sus plantillas no tienen inconvenientes en aguantar (y pagar muy bien) a masturbadores de tribuna porque así lo exige el guión. Y todos tan contentos, creyendo en la independencia de los medios y la sacro santa labor del periodismo como garante de la señora opinión pública. Y más, cuando el patrón sale a pontificar en un discurso que, por supuesto, él tampoco ha escrito.

No seré yo quien abogue por la objetividad periodística. No la hay, nunca existió y no creo que sea bueno que exista. Aunque creer en ella es como decía la Lagarto, mi profesora de matemáticas en Segundo de BUP, como “crer nos paxaros embarazados”, aún hay gente a la que le sirve para llenarse la boca. Otra cosa es la ética profesional y el sentido crítico que debería acompañar a todo aquel quien ejerza la profesión desde un medio de comunicación. Y eso, salvo la inmensa mayoría de periodistas cuyos nombres desconoce el gran público, pocos lo tienen. Todos cargamos a derecha o a izquierda porque el mundo nos ha hecho así. El problema es que vayamos de lo que no somos y que carezcamos de la más mínima honestidad. Que Pedro Jota, uno de los que alojaban a Alemany en sus páginas, hable a estas alturas periodismo es casi tan escandaloso como Mario Conde ofreciendo soluciones económicas a 21 euros el libro. Sin embargo, lo damos por bueno y al día siguiente seguimos acudiendo al kiosco a comprar magisterios dominicales. Repetimos con fruición la cantinela de que todos los políticos son iguales cuando las cosas vienen mal dadas y le ponemos la guinda de la política es una mierda. He aquí un caso que une a políticos y periodistas, una unión a mi entender indisoluble y que ha sido mal entendida por todos, políticos y periodistas, dado lo tentador del matrimonio. Aun así no he escuchado a nadie reflexionar sobre el papel del periodista y su relación con el político.

Uno, que ha aprendido mucho viendo El Ala Oeste de la Casa Blanca, tiene una idea del fontanero semejante a la del mafioso después de haber visto la trilogía de El Padrino. Todo es glamour y romanticismo. Sin embargo, luego ves a Alemany y cualquier parecido con la realidad te parece pura coincidenia. No hay nada de malo en ser fontanero. E incluso en cobrar por ello. El problema está en ejercer de desatascador de cañerías a sueldo y, al mismo tiempo, de Patocuac libre de pecado. Como diría Miguel Ángel Aguilar, gran fontanero y mejor persona, pero qué clase de broma esta.

Anuncios