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Kim Schmitz uno de los fundadores de Megaupload, detenido ayer, en una imagen de archivo

Vamos a hacer cuentas porque al final de eso es de lo que se trata todo este embrollo. Soy lo que se dice un afortunado mileurista. Ingreso mensualmente poco más de 1.000. De ahí debo restar un alquiler y la curiosa manía que me ha entrado últimamente de comer al menos tres veces al día y no ir desnudo por la calle a ver qué se van a pensar. Además, otro gasto estúpido, tengo un coche y el condenado también come lo suyo y últimamente se ha aficionado a las visitas al mecánico. Vivo en pareja, que es mileurista por debajo. Así que multipliquen lo de las necesidades por dos. Por si esto no fuera poco, a veces hasta nos gusta salir de cañas para socializar, eso tan castizo que Internet y las redes sociales, dicen los apocalípticos, amenaza cada día más. No contento con todo lo anterior, uno tiene sus vicios entre los que está ese cajón desastre que llaman cultura. No es culpa mía, sino del mundo que me ha hecho así y, supongo, mis padres. Las reclamaciones, por favor diríjanlas a ellos, señores de los derechos de propiedad intelectual.

Porque señores de los derechos de propiedad intelectual, no se me vayan por las ramas, todo esto es una cuestión de pasta. Primero fue la música, cerrado un portal que era, en realidad un negocio redondo que, curiosidades del sistema fue absorbido por la misma industria que cargó las tintas contra él y su dueño, tras forrarse, sigue forrado, en la calle y hasta ha sido personaje de película. Allá por la prehistoria, cuando la piratería tal y como la conocemos hoy, nada más daba sus primeros pasos, dijeron que a la larga iba a acabar con la música. Un gran titular para miles de entrevistas pero que, en realidad, se quedó solo en eso. Lo que ustedes llaman piratería existe en nuestras vidas desde que ustedes, la industria, nos dotó de los medios para llevarla a cabo. Primero fueron los casetes vírgenes, después  las cadenas de música con doble pletina y así sucesivamente hasta llegar a hoy donde el soporte ya no existe y todo circula por la red en diferentes archivos de audio o vídeo. Las únicas víctimas de la piratería, díganlo claro, no son ustedes, la industria, ni los autores, salvo excepciones que de todo hay. Ahí están las estadísticas de edición y solo en España, para demostrar todo lo contrario, que la industria musical goza de una salud inmejorable.

Las únicas víctimas de la piratería no son ustedes sino el último eslabón de la cadena, los abnegados propietarios de tiendas de música. Básicamente porque los usuarios, nosotros, hemos dejado de comprar su obsoleto y caro producto, no tanto por obsoleto, un CD, un vinilio que ocupa lugar, sino por su elevado precio. Por qué pagar una media de 20 euros (ya sé que la música comercial no juega en esos precios, pero la música real, sí) por un dispositivo que sólo sirve para usar de una manera estática. En el salón de tu casa, el coche, etc, cuando es muy fácil acceder a su contenido en la Red haciendo lo mismo que, en la prehistoria, hacíamos con los casetes: yo tengo una copia y te la presto para que hagas otra. Es lo que se llama el intercambio de archivos. Señores, la música, no ha muerto, no corre peligro, al contrario, está más viva que nunca con el surgimiento de nuevas bandas y nuevos artistas, libres que deciden cómo poner en circulación su producto sin pasar por sus manos. Las mismas manos que, no se olviden, además e editar discos son las que, en lo alto de la cadena nos han proporcionado la tecnología y los aparatos que hacen posible su difusión y su copia. Las grandes discográficas no son otra cosa que divisiones de multinacionales que, además de proporcionar el software, por así decirlo, se ocupan de fabricar el hardware, fundamentalmente en países de los llamados emergentes por aquello tan de moda de reducir costes. Todos estos aparatos, por supuesto, tienen un precio y nosotros, usuarios, los pagamos, casi siempre con un recargo que, precisamente, es para esa copia que ahora dice que es ilegal y un robo.

No se equivoquen. No estoy diciendo que no pagaría y que no me gustaría tener en mi casa todo ese material original, perfectamente editado, con libritos preciosos de fotografías, con letras y un CD o un Vinilo que quedaría estupendo en la estantería de mi habitación. Al contrario, me encantaría, simplemente no puedo. Cuatro CDs o cuatro vinilos al mes son 100 euros y ya hice arriba un rápido resumen de mi presupuesto.

Los artistas. No creo que estos sean los perjudicados, sino todo lo contrario. Tienen la oportunidad de darle la vuelta a un sistema en el que son meras comparsas. Veamos. Un artista, salvo los grandes superventas, no gana (mucho) dinero por copia vendida. Dejando a los superventas, más productos que artistas propiamente dichos, con contratos supermillonarios y grandes sumas por derechos de autor además de entradas a conciertos a precios escandalosos (contra esto nada tengo), los demás, los mortales deben de comenzar a repensar su modo de actuar. Porque nadie vive a costa del euro o dos que se llevan, si son afortunados, por copia vendida. Igual deberían de dejar de publicar CDs (los pequeños sellos) o hacerlo bajo pedido, o plantearse su relación con unas discográficas (hablo de las grandes) a las que el arte, la obra les importa lo más mínimo. Puede que caigan los compradores de CDs pero no así los asistentes a conciertos. El concierto es el pasado, el presente y, seguro el futuro. Un artista, lo que debe de hacer es tocar ante su público y que este pague por verlo ya que en la actuación está el valor añadido no en una edición especial de un CD con unas fotos y unos dibujos que miras unos 30 segundos y luego se pierden, como lágrimas, en la balda de la estantería.

 

Todo en la pantalla del ordenador

Luego llegó la piratería a las salas de cine y la creatividad de los autores, que convirtieron un producto televisivo en algo que dejaba al aire las vergüenzas de las televisiones generalistas: las series. Tengo una televisión sí. Y un DVD, incluso un Blue Ray que venía con la consola que me regalaron. La televisión ya no es para mí nada más que un mero soporte. Su parrilla es, en general y salvo contadas excepciones una pérdida de tiempo. Y el tiempo, cuando lo tengo es para perderlo en cosas que realmente merecen la pena, series, cine, documentales. Una lástima que los horarios decididos por los programadores no coincidan con los de los usuarios. Pago un cable televisivo en cuya oferta de dos cifras de canales rara vez hay algo que me interese. Por eso está Internet. Para acceder a un producto que, aunque de una forma ilegal, no lo  voy a negar, ustedes no ofrecen de otra forma. Comencemos por el principio. Nuestros hábitos de consumo han cambiado y ustedes no lo han hecho. La globalización que ustedes han inventado nos ha servido a nosotros para ver hoy lo que se ha estrenado en la otra parte del mundo ayer. Sin necesidad de que una televisión compre ese mismo producto y lo pase, seis meses después, en la parrilla generalista a una hora y día determinado que, generalmente, no coinciden con mis horarios. Después claro estás los DVD, de películas. Las cajas con temporadas completas de series. Fantásticas, sí señor, pero volvemos al mismo problema que con la música. Mi presupuesto es reducido, no así los precios que ustedes marcan para estos productos, así que no me queda otra opción que recurrir a Internet, al visionado en streaming o a la descarga directa. O eso o pasar hambre cultural y estomacal.

No me entiendan mal. No voy a defender yo a las organizaciones mafiosas que se lucran entrando en una sala de cine y, cámara en mano, roban una película que luego será copiada miles de veces, metida e un DVD y vendida por inmigrantes en las calles de nuestras ciudades, en copias de calidad pésima y que un paladar medio evita a toda costa. Personalmente creo que hay que perseguir a las mafias, no así a los vendedores callejeros, último escalón de la pirámide y, como todo el mundo, con necesidad de comer. Pero alguien debería de pensar también en qué se está convirtiendo algo tan normal como lo es ir al cine. Una media de dos veces por semana, hace, en una ciudad de provincias una media de 14 euros a sumar a la cuenta que ya llevo hecha. Y eso sin contar con el esfuerzo que supone salir de trabajar y en lugar de ir a casa a descansar en el sofá, dirigirse a una sala. De nuevo, no son ustedes, la industria la que va a perder aquí. Sino las salas, cada vez menos, y los propios creadores que van a tener que afilar ingenio para seguir haciendo algo que, no se equivoquen, siempre tendrá demanda. El problema no es el consumidor, sino ustedes y las relaciones que mantienen con sus creadores.

Está, de nuevo Internet, con multitud de portales para descarga y visionado con mayor o peor calidad. Y ahí está el quid de la cuestión. Hoy nos hemos levantado con la noticia de que Eliot Ness ha entrado a saco en la casa de Capone. Muy bien, enhorabuena a los premiados pero no canten victoria ya que quedan muchos Capones sueltos. Es inútil ponerle puertas al campo: habrá otros y otros. De nuevo, no voy a defender yo a quien se forra con el trabajo ajeno. Pero no pretendan que me sienta culpable por aprovecharme de algo que está ahí, a mi alcance y por lo que considero que hasta cierto punto ya he pagado un peaje comprando soportes y pagando una conexión a Internet que vale un ojo de la cara. Los señores de Megaupload se han forrado cobrando a usuarios por unas cuentas premium a una media de 19 euros el trimestre a cambio de libre acceso a unos productos de alta demanda. Los señores de Megauplad y miles de páginas más están enseñándoles un camino que ustedes se niegan a ver. Y ustedes los persiguen, no por lucrarse del trabajo ajeno, sino porque los están dejando como auténticos subnormales en lo que a formas de hacer negocio se refiere. Además, no deben olvidar que si bien en este tipo de sitios abundan las copias de mala calidad, las buenas, el buen pirateo de toda la vida, la calidad DVD y hasta HD era últimamente la norma. Esto, señores, se llama capitalismo, algo que los usuarios no hemos inventado.

El libro, la próxima frontera

Puso el grito en el cielo hace unas semanas la escritora Lucía Etxebarria. Más allá de la pataleta y los nuevos minutos de gloria de una autora dada a la incontinencia verbal, la suya era una queja legítima. Pero de nuevo cargaba tintas contra el usuario y no contra la industria, esa que le paga uno o dos euros por copia vendida. Y estamos hablando de una escritora relativamente famosa, galardonada en diversas ocasiones. El problema de Lucía no son las personas que se descargan ilegalmente su libro. Como escritora debería estar contenta de que sus lectores le sean fieles novela tras novela. El problema de Etxebarria es su relación con su editorial. Ojo, estamos hablando de una escritora reconocida, con contrato cerrado, con un adelanto sustancial y con un procentaje considerable por venta de ejemplar. Qué no pensará un escritor novel cuyo premio es únicamente que alguien le publique una novela cuyas ventas, sin la campaña de márketing que acompaña a Etxebarria, pueden considerarse una quimera más propia de la suerte y el boca a boca que otra cosa.

El problema de Lucía Etxebarria es que su editorial ha decidido que su última novela vale 20,90 euros. No soy lector de Etxebarria pero sí de muchos otros autores cuyas editoriales han decidido que sus novelas deban tener un coste semejante al de Etxebarria. Vengo saliendo a unos 4 libros al mes, así que echen cuentas. Afortunada o desafortunadamente eso no significa que me compre cuatro libros mensuales. Simplemente porque no puedo, no porque no quiera. Hasta hace poco el mundo editorial se estaba librando de la piratería. Pero entonces llegó la tecnología y jodió el negocio privado de las editoriales que no saben (o no quieren) reaccionar. Parece que lo del libro digital ha llegado para quedarse. Por si fuera poco, el capitalismo y las leyes del mercado han seguido su curso y sitios como Amazon ya se están ocupando de dejar, sobre todo en España, pero no solo, muchos cadáveres en el camino que, como en el caso del negocio de la música, vuelven a ser los más pequeños de la cadena.

Lo del precio de los libros es, sin lugar a dudas, de escándalo. Algunos incluso un insulto a la inteligencia, sobran ejemplos pero no me parece razonable pedir 16 euros por un librito de apenas un centenar de páginas, como hace poco adquirí. Las leyes del capitalismo son las que amparan a Amazon. La tecnología ha hecho el resto y los nuevos hábitos pondrán a cada uno en su sitio. Si de esto no he sido partícipe ha sido exclusivamente porque soy un romántico. Y porque pertenezco a la última generación pretecnológica. Soy incapaz de leer nada en una pantalla. Sin embargo a todo uno se acaba habituando. Hice cuentas sobre cuatro libros mensuales. Además tengo la mala suerte de ser un fanático de los cómics hasta el punto de que escribo y algún día terminaré una tesis doctoral sobre el medio. Paso de hablarles sobre el precio de los cómics, que, a diferencia de los libros, pueden ser consumidos al día y en cantidades exponenciales.

Hace tiempo que mi presupuesto se vio ampliamente superado. Esto quiere decir que si no fuera por hacer uso de la piratería, mi vida sería completamente distinta. Internet se basa en la libertad y la vida, tal y como nos la han diseñado, en el intercambio monetario. Un producto por un precio. El problema es cuando en la ecuación hay una variable que falla, la de nuestra capacidad adquisitiva. No estoy diciendo que la cultura deba ser gratis pero sí, de alguna manera, accesible. De un tiempo a esta parte lo es cada vez menos. Puede que haya gente que diga que mi postura es hipócrita. Puede que lo sea. Pero creo que mi hipocresía es la de muchos usuarios. Los mismos usuarios que pagan una cuenta de Megauploaded, hoy la encarnación del mal según los medios, por la sencilla razón de que no hay otra forma legal de hacer lo que permitía la plataforma hoy clausurada por orden judicial. Los mismos usuarios que pagan religiosamente entradas para conciertos y entradas para los grandes festivales culturales que nunca como hasta ahora han gozado de mejor salud.

En el fondo todo es una cuestión de dinero. Así es como nos están vendiendo las distintas leyes “en defensa de la propiedad intelectual” como la SOPA o nuestra Ley Sinde y que se están poniendo en marcha en diferentes países. El problema es que Internet, tal y como fue diseñada, nació para caecer de fronteras. Quizá ese fue su pecado original. La ausencia de barreras (que no de control, ojo, no estoy diciendo esto) y la libertad de del usuario. La cultura es una más de las cosas que ha generalizado Internet. La otra es cierto margen de libertad en unos sistemas que cada vez carecen más de ella, por mucha patina democrática que le pongamos.

La cultura os hará libres, nos dijeron. Puede que este sea el problema. Pero entonces estamos hablando de otra cosa.