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REUTERS/Jean-Pierre Amet

Lo repite en cuanto tiene ocasión. La última, el lunes en una entrevista en la emisora de radio RMC Info. Jean-Jacques Bourdin, su anfitrión y uno de los locutores más conocidos de Francia trató de ponerla contra las cuerdas.

―Señora Le Pen, una pregunta muy directa, ¿quién es su principal adversario, Nicolas Sarkozy o Françoise Hollande?

Rápida y sin apenas dejar tiempo para que Bourdin se la volviera a envainar, Marine Le Pen, candidata a las Presidenciales francesas por el ultraderechista Frente Nacional contestó tajante: «Yo lucho contra el modelo económico y el actual sistema que busca la desaparición y desmembración de nuestros valores, de nuestra identidad y nuestras fronteras». Bourdin insistió y ella de nuevo mostró su dominio en el arte del recorte:

―Los dos [el presidente candidato, Nicolas Sarkozy, y el aspirante socialista, Françoise  Hollande] están a favor de la dictadura de Europa, ambos apoyan y representan la dictadura de las finanzas y la dictadura de las minorías.

En apenas dos intervenciones, Marine Le Pen resumió los principales puntos que durante esta larga precampaña electoral está intentando transmitir a aquellos auditorios que se presten a escucharla y a pagar, claro, los cinco euros que el FN cobra por la entrada a sus mítines. Lo que no se puede negar es la entrega de sus seguidores.

Porque este es el gran triunfo de Marine Le Pen: suavizar y consolidar un partido ultraderechista en la Francia de los valores republicanos. Unos valores que ella dice defender a ultranza aunque el de la igualdad lo reserve únicamente para los que posean pasaporte francés. La seguridad y, sobre todo, la inmigración son los grandes caballos de batalla de una mujer que se presenta como una «sufrida madre trabajadora». Una mezcla de una Juana de Arco en busca de enemigo invasor y una versión más refinada de las Mama bears (Mamás oso) que saltaron a los focos internacionales en la campaña electoral de 2008 en EEUU de la mano de la hoy semi olvidada Sarah Palin.

Nacida Marion Anne Perrine Le Pen (1968, Neuilly-sur-Seine), es licenciada en Derecho y madre divorciada de tres hijos. Se hizo con las riendas del partido fundado por su padre, Jean Marie Le Pen, el 16 de enero de 2011 tras derrotar a Bruno Gollnisch en unas primarias en el seno de la formación. Desde julio de 2004 es eurodiputada ―a pesar de su ferviente antieuropeísmo―, y desde 2010, consejera regional de la región francesa Nord-Pas-de-Calais.

Su irrupción en la política francesa fue un terremoto. Posee un discurso duro y se jacta de «decir en alto lo que muchos franceses piensan», algo que es cierto. Su obsesión es emular el gran triunfo de su progenitor en las Presidenciales de 2002, cuando el FN de Jean-Marie Le Pen consiguió colarse en la segunda vuelta a costa de los socialistas de Lionel Jospin. Una victoria pírrica, ya que tras el susto de la Francia moderada, llegó la vergüenza y los votantes acudieron en masa a las urnas para apoyar a Jacques Chirac. Marine aprendió la lección. No habría posibilidad alguna mientras el FN siga concertando más rechazo que indiferencia. Una guerra que, a juzgar por las encuestas, todavía está lejos de ganar. Sin embargo, su tesón ya le ha granjeado alguna que otra pequeña victoria. Un sondeo de marzo de 2011 publicado por Le Parisien la llegó a situar como la candidata más votada en una hipotética primera vuelta, con un 23% de los sufragios, por delante de Nicolas Sarkozy (UMP) y la por entonces líder del PSF, Martine Aubry, empatados con un 21%. Mucho ha llovido desde entonces y la líder del FN se sitúa hoy en tercera posición ―en torno a un 17%―, en las preferencias de voto de los franceses.

La segunda vuelta, una quimera

El hipotético paso del FN a una segunda vuelta presidencial, el 6 de mayo, parece ahora casi misión imposible desde que Nicolás Sarkozy emprendiese en las últimas semanas un giro a la derecha en su discurso. El objetivo, pescar en el caladero de votantes más receptivos al extremismo del FN, obreros de las grandes ciudades y el rural.Sarkozy, inteligente como pocos en el juego político, ha conseguido remontar unas encuestas que hace unos meses le eran terriblemente adversas. Hoy está en una situación de empate técnico con Hollande ―27% frente a 28%―, sin embargo todavía pierde por diez puntos en el segundo turno electoral: 45,5% frente al 54%.

Le Pen vuelve a ser la líder político que más rechazo concita entre sus conciudadanos pero no parece importarle. En su primera campaña presidencial, Marine Le Pen repite machaconamente los cuatro ejes sobre los que fundamenta su propuesta extremista: la economía, lo social, la inmigración y la inseguridad ciudadana. Todos ellos cubiertos por un lema que llama a la recuperación del esencialismo más primitivo: «La voz de un pueblo, el espíritu de Francia». Marine se esfuerza por parecer creíble y capaz de ejercer el poder pero las formas le delatan. Insiste en dirigirse a Sarkozy y Hollande en sus soflamas pero los dos candidatos mayoritarios prácticamente la ignoran, algo que la enfurece.

Marine Le Pen no ha renunciado al discurso populista de la formación extremista. Hace alarde de él y se da el lujo de criticar «la hipocresía» conservadora, como cuando le llovieron piedras por asistir al baile de gala organizado en Viena por la ultraderecha austriaca el mismo día en que se conmemoraba la Memoria del Holocausto, el pasado 27 de enero. No le molesta que la consideren de extrema derecha. Para ella no hay extrema, solo derecha, y ella es el último dique de contención. «La realidad es que la cultura de la izquierda ha contaminado totalmente a la derecha y esta ha perdido sus armas, la columna vertebral y el coraje para oponerse a la izquierda», afirma.

 

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