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Varias personas se concentran en el lugar donde Dimitris Christoulas, de 77 años, se suicidó. // Reuters

Lo decía uno de esos titulares de prensa que te hacen creer que vives en una de esas películas apocalípticas que sólo podrían firmar cerebros como los de David Lynch. «El BCE cree que los mercados esperan más reformas de los gobiernos.» Así, en frío, a uno sólo se le ocurre que va siendo hora de que comencemos a sacrificar vírgenes, no vaya a ser que cuando nos pongamos a ello sea demasiado tarde. En Grecia, cultura que bien sabe de dioses como para no temerles, hay quien ya se está tomando en serio el modus operandi de los más antiguos. Un jubilado se pegó un tiro en la plaza Syntagma de Atenas, sede del Parlamento Griego, el mismo que desde hace meses acoge a un Gobierno elegido por esos nuevos dioses para que recuerde a sus ciudadanos que las cosas solo tienen un camino del que llevan años desviados. El primer sacrificio ―y no crean que no cuesta encontrarlo en las páginas de los periódicos generalistas españoles; ya se sabe que los suicidios es mejor callarlos, para que no cunda el llamado efecto contagio―, no ha servido de mucho. La mitología nos ha enseñado la larga predilección de los dioses por las doncellas y hoy, con lo que ha evolucionado la información, no iba a ser tan fácil darle gato por liebre a los mercados. Tras el suceso, lo normal, ya saben, lo que se espera de un líder político en estos tiempos. Que se lamentan por mí y por todos mis compañeros. La pregunta que se hacen muchos es cómo es posible que los griegos sigan aguantando los designios de unos dioses que de tanto apretar hace tiempo que están ahogando. El sacrificado dejó una nota en la que, tras exponer sus motivos para tirar del gatillo y comparar al actual Ejecutivo heleno con el gobierno pronazi de Georgios Tsolakoglou, decía que creía que «los jóvenes sin futuro cogerán algún días las armas y colgarán a los traidores de este país en la plaza Syntagma, como los italianos hicieron con Mussolini en 1945». No sé si empuñar las armas y colgar de un árbol a un par de políticos inútiles fuera a servir de algo en la actual situación, pero no estamos como para descartar toda oportunidad para descargar tensiones. Más allá, la historia nos muestra que el problema con las revoluciones es el mismo que con los jarrones chinos. Al principio son bonitos pero luego es jodido saber qué hacer con ellos. Los políticos, especialistas en ofrecer soluciones equivocadas a problemas inexistentes, ya se están encargado de colocar la venda antes que la herida. Primero fueron perroflautas y ahora ya son antisistemas, a lo loco. De esta forma, un tal Puig está por restringir el derecho a reunión porque para el prócer catalán la proliferación de personas en la calle viene a ser lo que las sacudidas, que más de tres son paja. Mientras, en el día cienyalgo de Rajoy en el Gobierno se confirma lo que apuntaban los oráculos: que sería sacrificar a Zapatero y la Bolsa y la prima de riesgo comenzarían a eyacular confianza.

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