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Nunca hay que descartar los beneficios de una buena bronca. El Gobierno español por boca de su ministro de Industria, José Manuel Soria, ha grabado un spot de campaña en el que, en tono amenazador pero sin bigote para evitar unas referencias que su físico se niega a recordarnos, señala: “El Gobierno de España defiende los intereses de todas las empresas españolas, dentro y fuera. Si en alguna parte del mundo hay gestos de hostilidad hacia esos intereses, el Gobierno los interpreta como gestos de hostilidad hacia España y hacia el Gobierno de España. El Gobierno lo que sí dice es que si hay gestos de hostilidad estos traerán consecuencias”. Lo que el Gobierno pretende evitar “con consecuencias” es el plan de su homólogo argentino para nacionalizar la mitad más un poquito de las participaciones que la petrolera española Repsol-YPF tiene en el país albiceleste. Esto de declarar guerras así porque me viene de perlas con la que está cayendo no es nuevo. Curiosamente Argentina no es tampoco una novata en el asunto. Todavía resuenan en el Cono Sur los cañonazos británicos que hundieron el buque Belgrano para acabar por reconquistar las Malvinas, después de que los milicos hijosdeputa decidieran tirar de patriotismo para que la masa se olvidara de los desaparecidos. Lo curioso del asunto es que aquella guerra benefició a los dos contendientes y jodió, como siempre hacen todas las guerras, a los pringados que la hicieron. La Thatcher estaba con el agua al cuello a nivel interno en su intento de desmantelar lo poco que quedaba del estado social británico. Humilló a los argentinos y desde entonces los trenes ingleses ya no volvieron a saber nada de la sobrevalorada puntualidad británica. La venganza se hizo esperar y confirmó que el fútbol no es otra cosa que la extensión de las hostilidades por vías pacíficas. Muchos años después, grandes firmas escriben cuentos de princesas con los que cubrir los gastos del mes. A mí esto de llegar a las manos por una empresa privada y disfrazarlo de honor llamándolo intereses nacionales me toca un poco las pelotas. La prensa que reparte carnés de patriota aunque sea para atraer a la patria a los que la han estado jodiendo durante años llevándose la pasta a paraísos fiscales se apresurará a cargar las tintas contra los dirigentes argentinos. Bien que la señora Cristina Fernández no sea más que otra muesca más en la larga tradición sudamericana en dejarse llevar por caudillos de medio pelo que ahora cargan silicona pero, echando un vitazo a nuestro alrededor más cercano, tampoco por aquí estamos últimamente para presumir. No hay que ser muy listo para saber que esto de la economía está sobrevalorado. Que Argentina haya decidido que el balón es suyo y que si no se juega con sus reglas lo pincha y nos quedamos sin partido es algo que no nos afecta a nosotros mortales lo más mínimo. Parafraseando a la infausta Ana Palacio, ya no pueden ver los españoles unos euros más en sus bolsillos a la hora de echar gasolina, y todo gracias a empresas como Repsol que presumen de españolidad sableando al ciudadano a golpe de surtidor en una mal llamada economía de mercado cuya competencia es la justa para que ellos cuadren suntuosas cuentas de gastos. El petróleo, como toda materia prima, es un asunto demasiado estratégico para dejar su gestión en manos privadas, no obstante los Gobiernos que velan por los intereses de sus ciudadanos insisten en convertirlo en un bien demasiado lucrativo para que sus beneficios sean públicos. Sería fantástico que este Gobierno español sin tiempo para achicar agua tuviera que pintarse colores de guerra para defender los salarios de los altos ejecutivos de una compañía petrolífera. Pero nunca hay que descartar la estupidez. Una lástima que hayamos enviado a Trillo a EEUU. Nada como su experiencia en devolver el honor perdido reconquistando, con viento de levante, unas piedras en mitad del mar que ni los mancillados ciudadanos sabían de su existencia. Como contrapartida podemos comenzar por cerrar pizzerías de acento porteño, pedir que depongan el dulce de leche y volver a titulares de antaño ante la avalancha de rockeros melenudos: “Otro argentino se coloca en Madrid”. Pero a Messi ni tocarlo pibe.

*Título original de la película que en España se llamó comercialmente Cortina de humo

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