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España es un país de cortarse las venas cada cinco minutos. Ahora anda cosiéndoselas a marchas forzadas mientras se indigna al conocer lo que todo el mundo podía suponer si quisiera: que el Rey pasas sus días entregado a las actividades que se le suponen a un monarca. El arte de la caza es la normalidad absoluta para una institución que lleva dedicada a matar animales desde que los plebeyos decidieran que era mejor eso a que siguiera con la tradición de matar súbditos. Estaba la guillotina, pero cortar el mal de raíz es algo demasiado racionalista y aquí siempre hemos sido más de dejarnos llevar por las prisas, entregándonos a lo urgente aunque después nos quedásemos sin tiempo para lo importante. Coincidiendo con el momento en que los especuladores jugaban al tiro al plato con su reino en los mercados internacionales, el Rey se ha roto la cadera cazando elefantes en Botswana que es un hobby muy propio de las personas de su condición: los ricos. Ha venido a jugarle una mala pasada su esqueleto, pues romperse la cadera es una lesión muy de señora en la cola del mercado, lo que no ha hecho más que certificar que todos somos iguales aunque unos lo sean más que otros. Durante años España ha mantenido a su monarquía dentro de un escaparate de Zara: en perfecto decorado, elegante pero sin estridencias, como el señorito extremeño que enseña la cabeza de toro colgada en la pared del salón a sus visitas. Una acción de gracias eterna por los servicios prestados al país según unas crónicas que aún no han conseguido despejar la mayor incógnita de la historia más reciente: el elefante blanco. Ironías del destino, el Rey se marchó de vacaciones a África en su búsqueda y nosotros no hemos sabido entenderlo. Entre todo el desbarajuste general sorprende la ira que llega desde la derecha de la derecha, que no perdona al monarca sus caricias a la izquierda republicana a cambio de que esta cerrara sus ojos a sus gustos de bon vivant, sin importar cuántos yates y negocios oscuros vinieran al mundo bajo bendición borbónica. He ahí el dilema de una monarquía cada vez menos encantada de conocerse en la que crecen las voces que piden jefe que deje paso a las nuevas generaciones antes de que sea demasiado tarde. Pero la razón de ser de la institución es bastante simple: a rey muerto, rey puesto. Si difícil es encontrar hueco para un ex presidente, imposible resulta hacerlo con un rey sin reino. A estas alturas solo faltaba añadir un rey jubilado a una Zarzuela en la que ya ocupan demasiado espacio un yerno en el banquillo, una divorciada y un nieto mutilado. Vistos los últimos acontecimientos cabe preguntarse por los pensamientos de quien destinado a heredar un reino por la gracia de dios puede acabar recibiendo una república para, al fin, descifrar una cuestión central: por qué somos del Atleti.

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