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José Ignacio Wert entró en nuestras vidas como elefante en cacharrería -yo no he inventado el lenguaje, majestad-. Tanto ruido hizo al principio, que hasta consiguió que nos acordásemos de alguno de sus predecesores, lo que es mucho en un país en el que la cartera de Educación tiende a estar maldita. Después de entrenador de fútbol, todo español lleva dentro un reformador educativo por lo que es echar mano a la cartera de ministro y entrarle a uno unas ansias que para qué. Llevamos casi una reforma educativa por Gobierno y, generalmente, el resultado ha sido el mismo: peor. Por suerte, los ciudadanos de este país azconiano se toman como algo personal vivir a pesar de sus gobernantes. Ha resultado el reto tan bien que a España se le ha ido la mano formando esa que antes llamaban su “generación más preparada de la historia de España”. Tanto, que se ha olvidado de ofrecer un tejido empresarial suficiente para absorber a tanto diplomado. Wert, que debió ser uno de esos niños repelentes al que los compañeros pegaban en el recreo, ha decidido ahora sacar la recortada y cobrarse tardía venganza. Wert no es un político profesional y se le nota. Desde sus comienzos estelares alguien le ha debido decir que levante el pie del acelerador que no hay tanta prisa. Es una mina de oro para los periodistas, capaz de generar titulares sin que se le mueva el tupé que perdió hace años. No importa que para ello sea capaz de tirar por tierra décadas de estudios en el campo del aprendizaje, comenzando por aquello que se dio en llamar periodo crítico, para decir que la enseñanza de 0 a 3 años es algo más “asistencial que educativo”. A Wert le mentas un niño lobo y le viene a la cabeza Benicio del Toro, que para eso es también el encargado del cine patrio.
Lo suyo son las encuestas y es entre los fogones de las cifras donde mejor se maneja. Desde su llegada nos ha acribillado a datos para demostrar que antes que él, el caos. Los profesores de secundaria son unos vagos, por eso deben de echar más horas en los institutos. Los alumnos unos burros, nada que ver con, por ejemplo, los franceses que como todo el mundo sabe, matan sus horas libres leyendo a Sartre y a Proust. Insiste en la vieja cantinela de que los resultados de los estudiantes españoles son inferiores a los de los países de nuestro entorno. Como buen cocinero de estadísticas, el ministro Wert debería saber que no hay nada más rápido para mejorar resultados -estadísticas, frías como el metal-, como bajar el nivel de exigencia. Y salvo en Finlandia, caso que desconozco, es norma general en la educación media de países como Francia o EEUU. Cuando llegas a EEUU para dar clases -en mi caso en una universidad pública-, te dan una semana que los americanos llaman “de entrenamiento”. Un día, la “entrenadora” tiró de estadística, eso que tanto gusta a Wert. “Esta es la curva de resultados que se espera aquí”, dijo, mientras nos mostraba una gráfica de 0 a 100 (notación americana) en la que la curva era notablemente ascendente, con lo que uno podía fácilmente ver que la mayor parte de los alumnos se movía entre los márgenes 70-100. Acto seguido sacó una que señaló como “europea”, en la que el grueso estaba, como la vida misma, entre los márgenes 40-80. “¿Está diciendo que sus alumnos son más listos y tienen mejores resultados que los europeos?”, pregunté. “No”, dijo, “solo que esta es la curva de resultados que se espera aquí”. En román paladino, una universidad -en EEUU se gestionan como empresas, lo cual ni es bueno ni es malo, solo diferente-, depende de sus resultados anuales para captar clientes/alumnos.
Algo semejante, en otro sentido, ocurre en Francia, donde el sistema de evaluación es complicado y burocrático, lleno de diferentes porcentajes que llevan a distintas medias y donde el avance del alumno es por bloques de conocimiento. No importa si se ha suspendido una asignatura con tal de que se tenga una cifra suficiente que, haciendo media con otra, consiga una media final superior a 10 puntos de un máximos de 20. En cuanto al nivel… mis alumnos universitarios me miran raro cuando pido los trabajos a ordenador. Después, hay de todo como en botica, aunque esta sea española.
Wert ha puesto ahora su diana en la Universidad española y ha tirado de manual patrio para decir que lo de fuera siempre es mejor. Ninguna de las nuestras, dice, está entre las 100 mejores del ránking mundial. Poco importa que 99 de ese centenar sean instituciones de países con un sector científico-tecnológico (I+D+i) que supera en todos los casos el 2,3% del PIB (más del 3% en el caso de EEUU), mientras que en España la inversión en I+D+i está en el 1,3%; y en franco retroceso según los últimos Presupuestos Generales del Estado. Detalles sin importancia, que diría Conde Roa. Como buen cocinero, Wert sabe que los números no impiden pero sí dificultan ver el bosque. De ahí que se permita boutades como la de decir que el Estado de California (38 millones de habitantes) tenga solo “10 universidades”, frente a las 79 de España con 47 millones de ciudadanos. El error de Wert es tomar el todo por la parte: tomar la University of California con sus diez campus por el Estado.
El titular es cojonudo mientras nadie se preocupe de contrastar datos. Por ejemplo en la Wikipedia. Porque sí yo, fui uno de esos vagos que entre sexo (lo justo) drogas (las suficientes) y rocanrol (más del que uno quisiera) no aprovechó la universidad a pesar de las dos carreras, el máster internacional y el doctorado a medias que, nos dijeron, serviría para llegar lejos. Yo he llegado a Francia que está ahí al lado después de ser despedido y gastarme el paro en vano en España.
Siguiendo la tradición de sus predecesores, Wert se ha propuesto comenzar la casa por el tejado y como la universidad española “es casi gratis” o “la más barata de Europa plantea subir las tasas más de un 50%, con lo que el coste medio de una matrícula (entre 900 y 1.000 €) pasaría a unos 1.500. Más o menos 1.400 cafés, siguiendo la nueva divisa que hace furor entre los responsable patrios, aunque ello sea menos que el salario medio de un trabajador en el tercer o cuarto país de la UE-15 con los salarios más bajos.
No tengo nada en contra en reformar el sistema universitario español. Todo es mejorable y por supuesto la universidad española lo es, especialmente a nivel de gestión, elección de profesorado e investigación. Pero me revienta un cocinero metido a ingeniero social. Wert, que miente más que habla, se ha propuesto tomarnos por gilipollas. Solo un dato, señor ministro: la tasa estándar de matrícula básica que afrontan los estudiantes en Francia para el año académico 2011-2012 quedó fijada en 177.57 € al año para un primer grado, y 245.57 € por año en caso de máster. Dejo fuera otras pequeñas tasas locales que se suman a estas cantidades pero que no las hacen variar mucho -quedando todavía por debajo de la media española-, y a las grandes escuelas, un sistema francés que no tiene nada que ver con el español, mucho más igualitario en esencia, y que son bastante elitistas y mucho más caras. Están en París la gran mayoría.
Wert no es listo pero es ese tipo de soldado dispuesto a cumplir la misión a toda costa aunque para ello tenga que decir tonterías como que en una clase con más alumnos, los chicos se socializan mejor. El problema es el elevado paro entre licenciados y la consigna es algo tan español como muerto el perro se acabó la rabia. Ahora va a resultar que el desempleo entre universitarios es responsabilidad de los ídem y no de la ausencia total de un tejido empresarial e industrial asentado, y con interés en algo más que no sea el beneficio rápido a bajo coste. En eso sí España es diferente a algunos países de nuestro entorno. Pero para cuidar de los pitufos, nosotros hemos puesto al frente a Gárgamel.

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